El Museo Jumex ha convertido su edificio en un homenaje al deporte más popular del mundo. Fútbol y arte: esa misma emoción, curada por Guillermo Santamarina con una museografía diseñada por el arquitecto Mauricio Rocha, reúne obras de más de setenta artistas de distintas partes del mundo en formatos que van de la fotografía y el video a la escultura, la instalación sonora y el textil. La transformación del museo comienza antes de ingresar a él. En la explanada, una instalación de butacas provenientes del antiguo Estadio Azteca funciona como punto de reunión. Este espacio se habilitará con pantallas para transmitir los partidos del Mundial.
Las obras de la exposición se extienden por todas partes, incluso en los lugares más inesperados. Los boletos de entrada llevan impresas algunas fotografías de jugadores –las mismas que conforman la obra de Iñaki Bonillas, uno de los artistas presentes en la muestra– y hay 72 imágenes distintas que el público puede coleccionar, lo cual constituye un guiño directo a las estampas de los álbumes de futbol tan apreciadas por los fanáticos. Hay obras que se muestran en el elevador y en zonas comunes de la planta baja; definitivamente Fútbol y arte: esa misma emoción es una exposición llena de sorpresas para los asistentes.
El acceso a la sala del tercer piso es por un túnel negro, similar al que recorren los jugadores al salir al campo. Antes de que se perciba cualquier elemento visual, ya se escuchan cantos, tambores y el rugido de una multitud. El futbol no solo se ve o se juega, también se escucha. Se trata de Vitruvian figure (Juventus) (2025), una instalación sonora de Paul Pfeiffer con audio grabado en el estadio Allianz durante un partido entre la Juventus y el Inter de Milán. Al cruzar el túnel, se abre una cancha de tierra –la más común y accesible– que cubre toda la sala con dimensiones reales. Al fondo, una portería de vidrio emplomado: Finale II (1990), de Wim Delvoye. El vitral de la portería representa una escena de una panadería, es una alusión directa a la expresión “pan y circo”: el futbol como espectáculo que alimenta emocionalmente y distrae a la vez. En ese momento uno ya no es simplemente un visitante de una exposición; nos sentimos listos para jugar.
El tercer piso, con su cancha de tierra, no es la única sorpresa sensorial del recorrido. Al bajar al segundo, el suelo cambia de nuevo. Esta vez está recubierto por caucho de gimnasio, material que amortigua, rebota y huele a vestidor.
Guillermo Santamarina confesó en la rueda de prensa que nunca ha visto un partido completo de futbol, aunque el deporte siempre ha estado muy presente en su vida y en su entorno. Lejos de ser una contradicción, su mirada distante revela la dimensión menos obvia de esta disciplina. Fútbol y arte: esa misma emoción no es una muestra solamente sobre el futbol como deporte, sino sobre todo lo que desborda del rectángulo de 105 por 68 metros de la cancha.
La fotografía de Pablo López Luz Prolongación Diagonal VI (Estado de México, 2006) muestra, a partir de una vista aérea, una cancha de tierra en medio de una colonia popular. Aunque similares en sus colores áridos, la cancha es un gran espacio vacío que contrasta con las numerosas casitas que lo rodean. Aquí, el campo de juego se presenta como el único espacio público disponible en un ambiente hacinado y de apariencia estéril.
La obra de Natalia Marmolejo, Durmiendo con el enemigo, mi único amor, mi único odio (2025), parte del video viral de una pareja grabada en la pantalla gigante de un concierto de Coldplay intentando esconder su vínculo afectivo frente a la multitud. Marmolejo editó este video con inteligencia artificial y vistió a la pareja con playeras de equipos rivales. El video va en bucle y los equipos van cambiando. Nos recuerda que la traición y la oposición también existen en el futbol.
El video de Francis Alÿs, Children’s Game #19: Haram Football (2017), muestra a un grupo de niños en Mosul, Irak, jugando futbol con una pelota invisible. Bajo el control del Estado Islámico entre 2014 y 2017, los juegos con pelotas estuvieron prohibidos. Los niños corrían, celebraban y competían como si el balón estuviera ahí. La sala donde se proyecta el video está equipada con gradas que invitan a sentarse colectivamente, como si se asistiera a un partido de verdad. El partido fantasma tiene toda la emoción de uno real. Abruptamente, una ráfaga de disparos interrumpe el partido.
Dechado de impedimentos (2025), obra de Sofía Echeverri, cuenta la historia silenciada de las jugadoras mexicanas que llegaron a la final del segundo Mundial Femenil celebrado en México en 1971, ante un Estadio Azteca lleno. El logro histórico fue sistemáticamente borrado de la memoria colectiva. Echeverri borda sobre pañuelos las frases y relatos de aquellas jugadoras. El bordado –esa actividad históricamente asociada a las mujeres y considerada menor– se convierte aquí en el medio justo para contar esta historia. Al igual que el trabajo doméstico, invisible por ser cosa de mujeres, el logro de estas jugadoras también fue ignorado. La obra los rescata a ambos.
En la serie Siegerflieger (2015), el fotógrafo alemán Juergen Teller y su hijo ven por televisión la victoria de la selección de Alemania en el Mundial de 2014 llenos de incertidumbre, tensión y euforia. Basta con observar sus gestos y rostros para recordar que la emoción no requiere de estar en la cancha para ser completamente real. Por otro lado, el fotógrafo mexicano Ilán Rabchinskey captura gradas vacías acompañadas de una pregunta: “Si un árbol cae en el bosque y nadie está cerca para escucharlo, ¿hace algún sonido?” Las gradas sin público, ¿son futbol o son solo arquitectura?
La obra de Iñaki Bonillas parte del archivo fotográfico de la Fundación Televisa y reúne imágenes de jugadores en descanso, una óptica que le devuelve humanidad y sosiego a figuras que solemos ver solo en acción. Además de aparecer en los boletos de entrada, estas fotografías están instaladas en los lockers de la planta baja del museo –un espacio donde normalmente no se exhibe obra, pero que aquí se resignifica por la temática de la muestra–. Los lockers son también el territorio íntimo de los futbolistas. El propio Bonillas describe su proyecto como un ejercicio disfrazado de futbol, que en realidad se dispone a narrar la historia de la fotografía análoga del siglo XX.
Como su propio curador lo manifiesta, no se necesita haber visto, siquiera, un partido completo para que la exposición Fútbol y arte: esa misma emoción resulte evocativa. Logra demostrar que el futbol no le pertenece solo a quien lo juega o lo sigue con fervor, sino a todos los que alguna vez sintieron algo parecido a esa emoción, dentro o fuera de una cancha. ~