El gozo de lo obvio

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Federico Reyes Heroles
Registro

Ciudad de México, Alfaguara, 2020, 216 pp.

 

¿Qué nos deja un mal libro? Se suele decir que no hay libro malo, que todo libro nos deja una enseñanza. Tal vez sea cierto. Yo me refiero a los libros mal escritos, mal planeados, libros que poco o nada nos aportan. ¿Por qué una editorial de cierto prestigio (como lo fue Alfaguara) decide publicar un libro tan malo como Registro? Por inercia: quizá los libros anteriores del autor tuvieran buenas ventas. Por falta de exigencia: ¿nadie se dio cuenta en Alfaguara de lo que decidieron publicar? ¿La editorial no tiene un editor que aconseje al autor modificar o suprimir ciertos pasajes? Por lo visto, no. Más importante aún: ¿no tiene el autor capacidad autocrítica? Yo mismo: ¿para qué perdí el tiempo leyendo un libro malo? Con cierta experiencia, un lector sabe casi desde las primeras páginas si un libro es excelente, bueno o malo. ¿Para qué continuar leyendo un libro que de entrada decepciona? Leí con mucho interés el libro anterior –Orfandad– de Federico Reyes Heroles, sobre la vida y muerte de su padre, lo que me hizo suponer que sería igualmente interesante leer las reflexiones que sobre los mismos temas ha discurrido el autor. Sin duda alguna me equivoqué.

Se trata de un libro abundante en cursilerías, mal escrito, repleto de obviedades, con reflexiones que apenas alcanzan el nivel de un libro de autoayuda. Para equilibrar algo estos duros juicios diré que es un libro escrito con evidente buena fe, sin malicia alguna, un libro donde el autor confiesa sus debilidades más benignas (escuchar música, acariciar y ser acariciado) y sus temores más hondos (a volar, a dejar desamparados a los suyos si les llega a faltar). Puede apreciarse asimismo que el autor disfruta la vida, que lo llenan de satisfacción las alegrías sencillas, como cuando a solas simula dirigir una orquesta, batuta incluida. La palabra “gozo” es la que más se repite a lo largo del libro. Estas dos cualidades –la buena fe, la capacidad de disfrutar la vida– tal vez sean raras y ellas justifiquen la publicación de Registro. A mi juicio no bastan. La buena fe deviene en muchas ocasiones en boberías, y la descripción de sus placeres es banal. ¿Qué obtiene el lector de las muchas páginas dedicadas a la descripción de cómo el autor se balancea en su hamaca? “Hamaca time” tituló al capítulo donde Reyes Heroles desarrolla su reflexión. En él nos enteramos de que su hamaca “no consume gasolina. No necesita cambio de aceite”. Es pródigo además en sabios consejos. Por ejemplo, recomienda usarla en temporada “de secas, porque usar hamaca con paraguas no es elegante”. Acostumbra el autor balancearse mientras “algún vino embrujante pasa por la garganta”. Así dice: “embrujante”. Reyes Heroles va y viene en su hamaca, mientras “algo de modorra me visita”. ¿Y?

Encuentra uno en este libro un enorme registro de trivialidades. Nos enteramos aquí de que un sacacorchos solo es útil donde se descorcha el vino. Que lo inquieto es algo “carente de quietud”. Que ver televisión “calla el alma”. Que al autor le gusta peinarse “porque verme despeinado me deprime”. Que no le interesa “ser rey”. Que para él un día sin caricias “es el infierno”. Que las uñas sucias le dan asco. Que la vida es dura ya que “no siempre estamos para el regocijo”. Que “los zapatos son un gran invento de la humanidad” y que “los zapatos para hacer deporte son una verdadera maravilla”. Que el olor de los bebés “es embrujante”. ¿Otra vez embrujante? Dedica un capítulo de su libro a describir el movimiento alegre de la cola de su perro, al que llama “mi amigo el cuadrúpedo”. Con mucha seriedad el autor nos advierte: “no pretendo hacer teorías”. Lo cual el lector agradece. A mí me parecen tonterías escritas por un hombre bueno. Serán tonterías, nos dice Reyes Heroles, “pero son mis tonterías”. Es cierto.

Insisto en que la editorial es en gran parte responsable de este libro que, además de ser trivial, está mal escrito. Una editorial seria debe ser más exigente con lo que publica. Tengo, nos informa Federico, “una idea en la mente”. ¿Dónde más podría tenerla? Azorín, además de escribir con sencillez, “tuvo otro arrojo”. Debemos ser conscientes de nuestras razones “para construir plenitud”. Cuando era joven y estudiaba en un internado “pasábamos a bañarnos en una larga hilera de lavabos”. A propósito de la eutanasia, sostiene que uno debe tener el “gozo de escoger la muerte”. ¿El gozo?

Al final de su libro se nos informa que el autor ha sido “profesor de epistemología por mucho tiempo”. Por este motivo me sorprenden frases como la siguiente: “Creo firmemente en la frescura del aire”, que es como decir que cree en la calidez del sol o en la frialdad del hielo. Afirmaciones de una trivialidad apabullante: “La vida es una chapucera.” O que se refiera a “los pícaros rayos solares”. O que se indigne con la música que ponen de fondo en las tiendas, “una musiquita con segundas intenciones”, ya que, para Reyes Heroles, constituye una “gran amenaza” que la gente escuche música “por razones equivocadas”. La música, remata con gran rigor intelectual, es un “lenguaje creado por la humanidad”.

Registro es un libro escrito con buena fe, pero de buenas intenciones está empedrado el camino que conduce al infierno. En su texto dedicado a los jardines el autor se refiere a los árboles “como nuestros amigos con sangre de clorofila”, a las plantas como “mis amigos verdes”. Sostiene que no tiene “nada de que platicar con un marciano, con todo respeto para los marcianos”…

Federico Reyes Heroles goza la vida. Las conversaciones con sus amigos. Las tardes en su hamaca. Montar a caballo. Bucear. Beber vino “embrujante”. Las cosas sencillas de la vida. Las cosas que, por banales, no suelen encontrar registro en un libro. Por algo será. ~