El hispanoamericanismo en sus cartas

Cartas con historia. Pedro Henríquez Ureña entre América y España

Consuelo Naranjo Orovio

Archivo General de la Nación

Santo Domingo, 2021, 460 pp.

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Además de arte literario, la correspondencia ha sido instrumento primordial de la articulación de redes intelectuales en Hispanoamérica. Un estudio de la historiadora española Consuelo Naranjo Orovio rehace el ancho mundo epistolar del ensayista y crítico dominicano Pedro Henríquez Ureña, figura central del hispanoamericanismo literario en la primera mitad del siglo XX. Junto a los dos tomos de su correspondencia con Alfonso Reyes, compilados por Adolfo Castañón en el Fondo de Cultura Económica, este volumen viene a completar el acervo de un linaje intelectual.

El recorrido propuesto por Naranjo invoca una periodización precisa, entre los años previos a la Revolución mexicana, cuando Henríquez Ureña se traslada de Cuba a México, y 1946, cuando fallece de un paro cardiaco en un tren argentino. Cuatro décadas que ven correr las dos guerras europeas, la consolidación del Estado posrevolucionario en México, la Segunda República, la guerra civil y el franquismo en España y la emergencia de los populismos clásicos en Brasil y Argentina.

Las cartas estudiadas incluyen a corresponsales de Henríquez Ureña en las dos orillas del Atlántico. Los españoles Miguel de Unamuno, Marcelino Menéndez y Pelayo, Ramón Menéndez Pidal, Amado Alonso, Federico de Onís y los latinoamericanos José Enrique Rodó, José Vasconcelos, Raimundo Lida, Alfonso Reyes, Eugenio Florit o Daniel Cosío Villegas son algunos remitentes y destinatarios de estas cartas.

Las dos orillas que conectan la correspondencia no son estrictamente atlánticas y cambian con las errancias y exilios del propio Henríquez Ureña y sus amigos. Él puede escribir desde La Habana, Ciudad de México, La Plata, Madrid o Minnesota, mientras Onís le responde desde Nueva York, Alonso y Lida desde Buenos Aires y Vasconcelos desde San Diego, California, o San Antonio, Texas.

La red epistolar describe también el itinerario institucional del hispanoamericanismo en las primeras décadas del siglo XX. Unas instituciones nacen, otras mueren y otras más perviven, en un recorrido por el que desfilan el Ateneo de la Juventud y la Sociedad de Conferencias, el Centro de Estudios Históricos y la Residencia de Estudiantes de Madrid, el Instituto de las Españas de la Universidad de Columbia y el Departamento de Estudios Hispánicos de San Juan, el Instituto de Filología de Buenos Aires, el Fondo de Cultura Económica y El Colegio de México.

Entre las cartas que escribe y las que recibe se leen diversas fases del hispanismo de Henríquez Ureña. En toda la correspondencia con Vasconcelos, además de una profunda complicidad filosófica, emergen las ambivalencias frente a Estados Unidos. No hay en ellos, hasta los años veinte por lo menos, el burdo antisajonismo que se apoderó del arielismo más latinófilo, aunque sí, como en José Martí, un rechazo evidente al intervencionismo de Washington en América Latina y el Caribe.

En cartas a Reyes, no recogidas en este volumen, el cambio de percepción sobre Estados Unidos se manifiesta también en el hartazgo de la estancia académica en Minnesota y los dos viajes a España, el de 1917 y el de 1919, que acaban distanciándolo de cierto sajonismo o germanofilia juveniles. Dos obras de Henríquez Ureña de aquellos años, el estudio La versificación irregular en la poesía castellana (1920), tan celebrado por los grandes referentes del campo académico peninsular, y En la orilla. Mi España (1922), no ajena a la mirada anticolonial de un joven caribeño formado en Estados Unidos, muestran la complejidad de aquel hispanismo inicial.

Las cartas de Vasconcelos, aunque no siempre acompañadas de sus respuestas, permitirían documentar un compromiso de Henríquez Ureña con la Revolución mexicana, mayor que el que tradicionalmente se le atribuye. Ese compromiso sería renovado en su segunda estancia en México, entre 1920 y 1924, cuando se involucró en la política cultural y la cruzada educativa vasconcelista y lombardista, se aproximó al socialismo y se sumó al circuito del reformismo universitario latinoamericano. Su ensayo “La utopía de América” (1925) señala la transición hacia un americanismo en que lo hispánico es más un componente que una matriz.

La correspondencia con clásicos del hispanismo peninsular como Menéndez y Pelayo, José Moreno Villa, Onís, Alonso y Lida parece girar mayormente sobre temas curriculares y logísticos, programas de estudio y estancias académicas. Se trata de un epistolario en que raras veces se alcanza la intimidad espiritual y afectiva de las cartas con Reyes o Vasconcelos, pero que permite poner a prueba los propios juicios de Henríquez Ureña sobre la literatura y el pensamiento españoles. Juicios que, como confirma su lectura entusiasta de José Ortega y Gasset, nunca están desprovistos de reparos.

Henríquez Ureña no dejaría de escribir sobre España. Sus artículos en la Revista de Filología Hispánica, sus prólogos a ediciones de clásicos españoles en Losada o sus ensayos sobre el Siglo de Oro y las generaciones del 98 y el 27, en libros como Plenitud de España (1940), así lo indican. Sin embargo, su obra de madurez está destinada, como concluye en Las corrientes literarias en la América hispánica (1945), a ilustrar, a través de la historia de la literatura y las artes, el camino de Hispanoamérica “hacia una mayor libertad y una civilización mejor”.

A medida que aquel hispanismo se desdobla en el americanismo que distingue su libro más reconocido, resultado de las conferencias que impartió, entre 1940 y 1941, en la Cátedra Charles Eliot Norton de la Universidad de Harvard, las cartas acumulan múltiples señales de inestabilidad institucional. Incluso en el largo periodo argentino o en el breve intento de regreso a Santo Domingo, al arrancar el régimen trujillista, entre 1931 y 1933, cuando llega a ser superintendente general de Enseñanza, el epistolario de Henríquez Ureña es prolijo en tentativas de viajes, estancias o traslados profesionales.

La última correspondencia con Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, en los años cuarenta, es explícita sobre esa angustiosa búsqueda de estabilidad. Reyes le escribe en 1940, invitándolo a la Casa de España, aprovechando el viaje del dominicano a Harvard. Intento infructuoso como el de Cosío Villegas cinco años después, desde El Colegio de México, con el fin de rescatarlo del peronismo e incorporarlo al Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios, que pronto fundarían Reyes y Lida. La muerte del crítico malogró el proyecto, pero ahí están las cartas, como indicios de un reencuentro posible. ~

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