Durante años, como lector de la revista Vuelta, lo primero que hacía al tener un nuevo ejemplar en las manos era leer el artículo de Guillermo Sheridan. Nunca me defraudaba –satisfacción intelectual al instante, inteligencia y humor–. Del mismo modo, durante los últimos años, abría rápidamente el nuevo número de Nexos y buscaba la columna de Fernando Escalante Gonzalbo, que ahora reúne en el libro Perplejos y descarriados, integrado por breves artículos, históricos o culturales, que ponen su atención (como ocurre en la primera escena de Terciopelo azul) en lo que bulle debajo de lo que se cuenta: los intereses ocultos, lo que las apariencias esconden, la desnudez de los reyes investidos de Causas Inapelables o de Valores Eternos. Agudeza e ironía. Atisbos sociológicos que dejan muy mal parados a los hombres que retratan.
A quienes alguna vez hemos leído la brillante estrategia con que fue resuelta una batalla, la impecable defensa de una causa noble, la vida impoluta de un caudillo o de un santo, Escalante nos dice: señores y señoras, ¿se fijaron que el caudillo de los pobres usa calzado fino? ¿Que el discurso del demagogo ha provocado más muertes que beneficios? ¿Que a la famosa antropóloga que revolucionó su materia le mintieron sus informantes? Y es que debajo de la Historia se encuentra la pequeña historia, la que aparece en el margen de los libros y que Fernando Escalante fue por años espulgando de aquí y de allá, ahora reunida no con el fin de decirnos: Esto es el Hombre, sino de confesar, perplejo, que en realidad no sabe qué es el hombre, ese animal tan voluble, al que domina la imaginación, sus creencias, sus apetitos, sus deseos e intereses, y sí, también un poco la razón.
Hace un par de meses leí de Escalante Gonzalbo su Historia mínima del neoliberalismo (2015), una investigación en forma y exhaustiva, la brillante exposición crítica de uno de los movimientos ideológicos más influyentes del siglo XX. Perplejos y descarriados es lo opuesto de aquel libro. No trata de demostrar nada, en varias ocasiones remata sus viñetas diciendo: “en todo esto hay una moraleja, pero no sé cuál”. Aunque agrupa sus textos en capítulos (“Gigantes y cabezudos”, “Los motivos del lobo”, por ejemplo) no intenta extraer al final de cada uno de ellos una conclusión o una tesis. Son viñetas sociológicas en el sentido de que nos hablan de cómo se organiza una sociedad, qué sueña o qué fantasmas rondan sus empresas. No pocos de sus textos hablan del poder, de cómo entre las autoridades y los individuos se encuentran los mediadores, que funcionan como correa de transmisión a cambio de alguna retribución o de una parcela de ese mismo poder, aunque en ocasiones estos mediadores, ante la incapacidad de la autoridad, ofrezcan soluciones inmediatas a los individuos, y estas soluciones resulten ser violentas o incluso crueles.
La política es la administración del poder. La política es la representación del poder. Todos recordamos la conmoción que causó la publicación de algunas caricaturas de Mahoma, primero en un diario danés y luego en un puñado de diarios europeos. Querían dejar en claro que en Occidente está permitida la crítica a los dioses. Hubo disturbios, en los países musulmanes agredieron embajadas y los tumultos terminaron con cientos de muertos. Todo por la libertad de expresión. Pero no se trataba solo de eso. Se trataba de dar presencia, corporeizar, a los fantasmales musulmanes que comenzaban a llegar a las capitales europeas. Estos fueron imaginados, convocados agresivamente, para poder hacer política con ellos. Lo que importa, subraya Escalante Gonzalbo, no son los hechos sino lo que estos representan. En 1534, en los Países Bajos, en vista de que se aproximaba el fin del mundo, los anabaptistas tomaron la decisión de exterminar a los infieles. Se organizaron matanzas espantosas en nombre de Dios. “Es una historia de hambre, terror, violencia y desesperado entusiasmo”, escribe Escalante, pero sobre todo de “política en su estado de más terrible pureza”.
En algunos casos la política significa la negociación de un tratado de paz de extrema complejidad. En otros, se hace política exterminando. La violencia no es la negación de la política, sino una de sus manifestaciones más descarnadas. A Escalante le fascina la figura de Calígula. Le llama la atención que la gente lo adoraba. En su tiempo se decía que vivían “la era más feliz de la humanidad”. Lo creemos loco porque nombró cónsul a su caballo Incitatus. Pero no lo nombró, amenazó con nombrarlo, para retar e insultar a los patricios. “Si amenazó con hacerlo, habría sido precisamente porque no estaba loco: estaba haciendo política.”
El libro de Escalante lleva el subtítulo de “Esperpento”. Un término acuñado por Valle-Inclán con el que definió lo trágica a la vez que cómica que podía llegar a ser una sociedad. El hombre esperpéntico es un hombre ridículo, un desastre. El hombre que dibuja Escalante Gonzalbo es capaz de acciones extraordinarias: como la de impulsar la modernización acelerada de China, y estúpidas: una modernización que provocó una hambruna que dejó 40 millones de muertos.
El mito de la Caída significa eso: que somos de barro, que la humanidad en su inmensa pluralidad lo admite todo. Las ciencias sociales –la sociología, por ejemplo– trabajan con modelos ideales, como la economía, para que cuadren bien las teorías. Pero la humanidad es variopinta, excéntrica, repleta de excepciones. Perplejos y descarriados les da espacio a caníbales y a bandoleros, a tiranos y a leprosos, a traidores y a mártires, a los predicadores delirantes, a los endemoniados y a los santos, a los fanáticos, a los revolucionarios y a los reaccionarios, a los desmesurados y a los locos.
Hay ciertas constantes que privilegia Escalante Gonzalbo en esta miscelánea humana: los casos donde la justicia se impone fuera de la ley, las historias de poderes en las sombras, los pequeños combates que se libran al interior de una gran guerra, viñetas de la humanidad degradada: venganzas, traiciones, delaciones y vilezas, actos de feroz avaricia, de inmensa esperanza, de humillaciones, mentiras y abusos. Si se mira con atención debajo de cualquier causa noble se encontrarán motivos de vergüenza. La raíz de las banderas está corrompida. No disimula Escalante su fascinación por “la sociedad que oculta su propia monstruosidad señalando al monstruo”.
Perplejos y descarriados despliega un museo de curiosidades y deformidades psicológicas y sociológicas. Revisa situaciones incómodas y terribles, y lo hace con humor. Por ejemplo, sobre la recurrente pasión, tan frecuente a lo largo de la historia, por hacer una enorme pira de libros y prenderle fuego, como el caso de Bernardino de Feltre, quien decía: “cada vez que alguien lee a Ovidio, crucifica de nuevo a Cristo”. Baja Escalante Gonzalbo a la Historia de su pedestal y la convierte en pequeñas historias, mezquinas, inocentes o malvadas. La verdad, dice, siempre es algo más complicado.
En estos artículos no encontrará el lector “vidas ejemplares” ni “ciudadanos eminentes”, sino existencias excepcionales. En algunas de ellas quisiera detenerme para invitarlo a encontrarse con este libro. La historia, por ejemplo, de Guénrij Yagoda, un gris funcionario al servicio de Stalin que le presentó un ambicioso plan para colonizar las extensas tierras vírgenes de la URSS. El plan consistía en el traslado forzoso de tres millones de personas al norte de Siberia. Entre los deportados, unos 6 mil fueron enviados a Názino, una región pantanosa y gélida. Sus sufrimientos fueron indecibles. No había forma de cultivar nada ahí y el gobierno central parecía haberlos olvidado. Tuvieron que recurrir al canibalismo para sobrevivir. La historia que nos cuenta Escalante es la de un burócrata que en su oficina solitaria diseñó una utopía que terminó en el horror.
Perplejos y descarriados abunda en relatos de este tipo. Anécdotas que podrían figurar sin problema en la Historia universal de la infamia, de Borges. Historias que podrían generar decenas de novelas. Se cuenta también la historia del juicio a Dios que se celebró el 16 de enero de 1918 en un tribunal de Moscú. Se le acusó de crímenes contra la humanidad, sin derecho de apelación. Una Biblia ocupaba el banquillo de los acusados. Lunacharski presidió el tribunal. El juicio duró cinco horas. “El tribunal lo encontró culpable y lo sentenció a muerte.” Al día siguiente, al amanecer, “un pelotón de fusilamiento disparó varias ráfagas al cielo de Moscú”. Un hecho que recuerda a Jerjes, que ordenó azotar trescientas veces al mar y arrojarle grilletes. El pelotón disparando al cielo, señala Escalante Gonzalbo, “dio con la imagen acaso más característica del mundo moderno”. ¿Qué es el hombre?, nos preguntamos luego de leer este libro. Un esperpento. ~