El legado de la no política exterior de AMLO

Durante el sexenio pasado, el gobierno mexicano tuvo uno de los peores desempeños internacionales de los que se tenga memoria: una diplomacia miope, chovinista y torpe que ha heredado sus errores a la siguiente administración.
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En diciembre de 2018, Andrés Manuel López Obrador arribó a la presidencia de México sin interés alguno en la política exterior, sin una visión articulada del lugar del país en el mundo y, sobre todo, sin comprender que en el siglo XXI la política exterior de una nación mediana como México –integrada profundamente a la economía de América del Norte, con una diáspora de más de 35 millones de personas en Estados Unidos y con una frontera de 3 mil 200 kilómetros con la aún primera potencia del planeta– no es un adorno o un ejercicio retórico: es una herramienta estratégica de primera importancia para proteger los intereses nacionales. Lo que le siguió durante seis años fue una acumulación alarmante de errores, omisiones, improvisaciones e inconsistencias que dañaron la reputación y posición internacionales de México, deterioraron relaciones diplomáticas laboriosamente construidas durante décadas y dejaron al país mucho más vulnerable de lo que lo encontró López Obrador al asumir el poder.

Es sencillo probar la pertenencia a una comunidad de democracias. Solo hay que ver el grado en que esa nación está dispuesta a cooperar para abonar a los bienes comunes globales y mejorarlos, proteger valores e intereses mutuos y un sistema internacional basado en reglas, mostrar solidaridad con los pueblos que enfrentan violaciones o limitaciones de sus derechos humanos y denunciar el retroceso democrático y el autoritarismo. En todos estos frentes, México falló a lo largo del último sexenio, sobre todo porque careció de los atributos esenciales de cualquier política de Estado: consistencia, predictibilidad, reciprocidad y anclaje en el interés nacional. Más bien, el país arropó el vandalismo diplomático y la negligencia profesional en la conducción de la política exterior por parte de su presidente, una colección de gestos, resabios y nostalgias ideológicas y reacciones ad hoc –viscerales y sobre las rodillas– que dejaron a México más solo, más débil y más expuesto al iniciar el sexenio de Claudia Sheinbaum. Y el tsunami –mediático, de mercados, de pronunciamientos y posturas gubernamentales, de organismos multilaterales y de ONG internacionales– que de ello se deriva y que hoy estamos enfrentando no solo ponen en tela de juicio la viabilidad democrática de la nación; nos podría salir muy caro a todos los mexicanos más pronto de lo que muchos piensan.

La “no política exterior”: la ausencia como sistema

Al final del día, lo que sucedió con nuestra política exterior recuerda al suicidio ritual japonés por evisceración, el seppuku. El primer y más grave error de López Obrador en materia internacional fue, paradójicamente, el de la omisión. Durante seis años, México brilló por su ausencia en foros multilaterales, renunció a ejercer el liderazgo regional que históricamente le corresponde a una potencia media de su calibre y optó sistemáticamente por el silencio o la complicidad disfrazada de neutralidad como sustitutos de la acción y reputación diplomáticas. López Obrador es el único líder mexicano de la era moderna que –en uno de los momentos de mayor fluidez y cambio en el sistema internacional del siglo XXI– esencialmente no viajó al exterior en su sexenio. A diferencia de sus antecesores, que entendieron que la presencia del jefe de Estado en escenarios internacionales es moneda diplomática insustituible, López Obrador –el presidente más provinciano e intelectualmente menos curioso e interesado en el mundo, en lo que ocurre en él y cómo afecta a México– ejerció su galimatías de política exterior desde el atril presidencial de la mañanera, convirtiendo el vacío en una especie de doctrina: su infame y malhadado postulado de que “la mejor política exterior es la política interna”. Y el resultado fue algo que yo ya había alertado desde los tiempos de mi gestión como embajador mexicano en Washington: que un país como México tiene dos opciones en el sistema internacional del siglo XXI: o nos sentamos a la mesa o estaremos, invariablemente, en el menú.

Esta renuncia al activismo diplomático tuvo consecuencias concretas. México perdió relevancia en el G20, en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, en Naciones Unidas, en la Organización de Estados Americanos y en múltiples espacios y foros más donde la voz del país había tenido peso específico. Se renunció, en la práctica, al liderazgo en la gestión de la crisis migratoria centroamericana –un fenómeno que afecta de manera directa a México tanto en su frontera sur y su reputación sobre todo en América Latina y el Caribe, como en su relación con Washington–. Y el país se marginó voluntariamente de conversaciones multilaterales sobre cambio climático, seguridad alimentaria, desarme nuclear y gobernanza tecnológica que definen el futuro del sistema internacional, demostrando la ausencia de norte geopolítico y carencia total de brújula moral cuando de política exterior, diplomacia y relaciones internacionales se trata. Sería fácil descontar el rosario de errores y desbarrancos como prueba de que López Obrador nunca entendió que no entendía. Los siguientes tres rubros me parece que lo ilustran nítidamente.

Del pragmatismo forzado a la vulnerabilidad como norma

La relación bilateral con Estados Unidos es, por definición, el eje vertebral de la política exterior de cualquier gobierno mexicano. López Obrador la gestionó con una combinación de servilismo hacia Donald Trump –cuya primera administración coincidió con los dos primeros años del sexenio– y de tirria (como resultado de su peculiar lectura de que el Partido Demócrata no lo arropó en 2006 con sus alegatos de fraude electoral) y fricciones crecientes con la administración de Biden que derivaron en una erosión profunda de la confianza institucional entre ambos gobiernos.

El episodio más revelador del primer tramo fue su visita a Washington en julio de 2020, en medio de la pandemia y en plena campaña electoral presidencial estadounidense. López Obrador se convirtió en el único líder mundial que visitó a Trump en ese periodo, regalándole una foto de campaña de valor incalculable ante votantes mexicoamericanos a cambio de nada. Ninguna concesión negociada, ninguna agenda bilateral sustantiva, ningún avance en los temas que más apremiaban a México. Para rematar, articuló sendos discursos en la Casa Blanca aliñados con zalamerías para su anfitrión, al estilo de “usted nunca ha buscado imponer nada a México” (después de que un año antes aquel lo había “doblado”, Trump dixit, obligándolo a detener flujos migratorios centroamericanos con la amenaza de aranceles punitivos) y “usted siempre ha respetado a México” y a los mexicanos (ante el hombre que usó a México como piñata electoral en su campaña de 2016 y que en el discurso y en las acciones acosó a migrantes mexicanos). Fue un gesto de cortesanía disfrazado de acto de Estado.

Con la administración de Biden la dinámica fue distinta pero igualmente dañina. López Obrador acumuló fricciones en temas críticos: se negó a condenar la invasión rusa a Ucrania con la claridad que la situación demandaba, bloqueó y evisceró la cooperación en materia de seguridad –y no solo en la lucha contra el narcotráfico y las organizaciones criminales trasnacionales operando a ambos lado de nuestra frontera– y convirtió la autonomía estratégica en un pretexto para eludir compromisos de Estado que México había asumido durante años y con la propia renegociación del tlcan tan solo dos años antes.

Para cuando terminó el sexenio, la relación bilateral había llegado a su momento de mayor vulnerabilidad en más de cuatro décadas, justo en el umbral de un nuevo mandato de Donald Trump y en vísperas de la revisión estatutaria del T-MEC en 2026. Y lo que es peor, dejó sembrado un reflejo pavloviano en Trump y un legado tóxico para la conducción de su agenda de política exterior de cara a su segundo mandato: la convicción y prueba de que la estrategia de contaminación, vinculación y palanqueo de los temas de la agenda bilateral, o el uso de la interdependencia como arma de presión, rendían frutos para chantajear y presionar a México. López Obrador acabó heredándole a su sucesora una relación bilateral –de por sí estructuralmente asimétrica– seriamente dañada, una agenda de cooperación en seguridad reventada, una imagen de México como socio poco confiable en los corredores de Washington, y la creciente percepción –bipartidista y pública– de que uno de los principales flancos de vulnerabilidad de la seguridad nacional y territorial estadounidenses es la frontera con México.

El principio de no intervención como coartada selectiva

Como señalé en múltiples ocasiones a lo largo de su sexenio, López Obrador recurrió a los principios de política exterior consagrados en el artículo 89 constitucional como si fueran luces intermitentes: ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no. Recurría a ellos según las conveniencias de la narrativa política de cada momento y, convenientemente, uno de esos principios –la defensa y promoción de los derechos humanos en el mundo– se lo pasó por el arco del triunfo todo el sexenio, particularmente en lo que respecta a regímenes autoritarios y represores o a los crímenes de lesa humanidad cometidos por Moscú en su guerra de agresión premeditada e invasión injustificada a Ucrania. Con sus acciones, el lopezobradorismo no solo arropó la agresión internacional, sino que mandó la señal de que en las relaciones internacionales solo importa cuando Estados Unidos es el agresor o el que viola el derecho internacional.

La inconsistencia fue sistemática. Guardó un silencio cómplice ante las violaciones de derechos humanos perpetradas por los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua en nombre de la no intervención y libre determinación de los pueblos –o directamente las arropó–. Pero al mismo tiempo, no vaciló en pronunciarse sobre procesos políticos internos de otros países cuando el gobierno en cuestión era de derecha, o a recurrir al principio del asilo diplomático de manera facciosa. Intervino con sus declaraciones en las crisis políticas de Bolivia, Perú y Ecuador, convirtiendo a México en blanco de expulsiones de tres embajadores mexicanos en una cadena de escándalos diplomáticos regionales sin precedente en nuestra historia. El caso de la Cumbre de las Américas de 2022 en Los Ángeles fue paradigmático: López Obrador, picándole el ojo a Biden y en una bravata y lance que no se habría atrevido a aventarse con Trump en el poder, amenazó con boicotear el encuentro si no se invitaba a Cuba, Venezuela y Nicaragua, regímenes explícitamente excluidos por sus violaciones democráticas.

El desmantelamiento institucional y sus costos diplomáticos

La política exterior de un Estado no se gestiona únicamente en foros multilaterales o en cumbres presidenciales: se construye y se sostiene sobre instituciones, carreras diplomáticas profesionales y redes de cooperación. López Obrador destruyó ProMéxico, una herramienta central de promoción internacional del país y, peor aún, desmanteló sistemáticamente las capacidades institucionales del Servicio Exterior Mexicano, sustituyendo, con números récord jamás registrados en el pasado, a diplomáticos de carrera por perfiles políticos leales o afines a Morena, sin formación ni experiencia diplomática, al frente de nuestras misiones en el extranjero. El resultado fue una red consular y de embajadas debilitada, politizada y, en muchos casos, convertida en extensión facciosa del gobierno y una moneda de cambio política y de pago de favores.

La politización de los consulados tuvo consecuencias concretas: algunos cónsules designados por criterios de lealtad política se lanzaron a un activismo comunitario inapropiado para la función consular, buscando movilizar a los mexicanos en Estados Unidos para apoyar al régimen de Morena. Esto daría, ya en 2026, municiones a los sectores más radicales de la extrema derecha estadounidense y antimexicana para construir la narrativa –falsa en su conclusión, aunque con elementos que les permitieron engordar el caldo– de que la red consular mexicana operaba como agente de influencia política en suelo estadounidense.

El legado: un México más solo y más vulnerable

Para muchos trasnochados de la llamada 4T, que a lo largo del sexenio lopezobradorista estuvieron convencidos de que la política exterior mexicana jugaba al ajedrez geopolítico, “equilibrando” la relación con Estados Unidos, les tengo una noticia: a lo que jugaron, en el mejor de los casos, es a las matatenas, hipotecando el peso y la reputación internacionales de México. Y ante las ñoñerías de que durante el sexenio lopezobradorista “nos llevamos bien con todas las naciones”, solo hay que recordar que Churchill en algún momento de su larga carrera política atajó que “la diplomacia no tiene como objetivo extender elogios; se trata de asegurar y garantizar beneficios”.

Al final del sexenio, el balance de la política exterior de López Obrador es inequívoco: México llegó a 2024 más solo, más débil y desacreditado diplomáticamente y más vulnerable ante los desafíos que ya se perfilaban en el horizonte: un segundo mandato de Trump, la revisión del T-MEC la presión por la penetración del crimen organizado en las instituciones del Estado, la volatilidad geopolítica. La obsesión de López Obrador con la política interna, su desdén por la exterior y su tendencia a convertir la diplomacia en un ejercicio de nostalgia ideológica dejaron al país sin los aliados, sin la credibilidad y sin las instituciones necesarias para navegar un entorno internacional que se volvía crecientemente hostil y complejo.

Cada una de las crisis y los desafíos que enfrentó el país a lo largo del sexenio anterior no solo dejaron muestra de que el entonces titular del ejecutivo carecía de la capacidad, imaginación, agilidad y banda ancha de acción para responder a ellos, sino que mostraron de manera palmaria que López Obrador jamás aprendió ni asimiló las lecciones sobre cómo afrontar crisis y desafíos futuros y recalibrar posturas y la toma de decisiones. Sus errores no son únicos; son típicos de los que cometen líderes populistas, demagogos y autoritarios que acaban creyéndose y consumiendo su propia propaganda. Pero con López Obrador México galopó en tropel hacia el pasado de una política exterior trasnochada, ensimismada, autárquica, miope, plagada de chovinismo nacionalista, rancio y decimonónico.

¿Y la paradoja más irónica de su mantra sobre lo que hace la mejor política exterior? Que fueron precisamente los errores, debilidades y carencias de sus políticas públicas al interior del país los que le abrieron vulnerabilidades y flancos de presión a México en el exterior, particularmente en esta coyuntura y con esta administración estadounidense en el poder, un legado tóxico que ha heredado la presidenta Claudia Sheinbaum. Fortalecer la soberanía no es un ejercicio retórico ni simbólico. Implica construir instituciones, honrar compromisos, mantener la coherencia en la aplicación de los principios que se predican y posicionar al país como un actor confiable, predecible y estratégicamente relevante en el sistema internacional. López Obrador hizo exactamente lo contrario. Su sucesora heredó esa factura –y el país entero, inevitablemente, la está pagando. ~


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