El Mundial que no veremos

Es poco probable que Estados Unidos relaje sus políticas migratorias por la Copa del Mundo. ¿Cómo podrá entonces manejar la presencia internacional en su territorio? Este reportaje explora la paradoja de organizar el mayor evento deportivo global en un país que no puede garantizar los derechos de quienes lo visitan.
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El balón rueda sobre un campo de césped. Durante unos segundos solo existen la pelota y las piernas que la persiguen. El polvo se levanta en cada cambio de dirección. Un jugador cae, otro se enreda con el balón y las piernas de su contrincante. El juego continúa sin pausa, como si nada pudiera detenerlo. La pelota llega a la cabeza de Héctor Castro, un jugador manco. El disparo entra en el arco. Uruguay acaba de ganar la primera Copa del Mundo de la historia. Es 1930, el gastado registro fílmico da cuenta de ello.

De ese año a la fecha, los Mundiales han cambiado de un modo sustancial: el número de países participantes, el de los espectadores, la cantidad de estadios en donde se juegan los partidos, las reglas de arbitraje, el valor de los boletos, el prestigio del futbol, el acceso al futbol, el precio de los jugadores, el estatus del deporte. Pero hay cosas que se mantienen y no son la rivalidad, la emoción ni el abrupto nacionalismo que brota entre los conciudadanos durante unas semanas.

Organizada por la FIFA luego de introducirla en las Olimpiadas, y con sede en Uruguay por ser el país que ganó las dos primeras medallas de oro en esa competición, la primera Copa del Mundo no fue un éxito si la valoramos desde los parámetros actuales. Participaron trece países, mayoritariamente de América –Estados Unidos incluido– y solo cuatro de Europa. Aunque Uruguay había ofrecido pagar los gastos de los equipos en el país, la mayoría de los europeos se rehusó a participar: ¿viajar durante días en un trasatlántico a un lugar tan remoto?

Pero al igual que el Mundial de ese entonces, Europa no era la misma que ahora. Reponiéndose de la destrucción causada por la Primera Guerra Mundial y recuperándose de la depresión económica de 1929, estaba en los albores de la siguiente gran guerra. En el año del primer Mundial, en Alemania el Partido Nazi liderado por Adolf Hitler obtenía 18% de los votos en las elecciones parlamentarias, un pequeño paso para una asociación política que habría de causar estragos en el viejo continente, pero uno grande para un fascista ambicioso.

El antropólogo Roger Magazine, miembro del Sistema Nacional de Investigadores y de la Academia Mexicana de las Ciencias, y académico de la Universidad Iberoamericana, dice que el Mundial es como un cuento de hadas: el de los atlas, los mapamundis con fronteras trazadas sobre la abstracción de los mapas, una Organización de las Naciones Unidas que hace pensar en una verdadera unión entre países, en igualdad y paz. Un mundo en el que creemos de niños. Luego está el mundo real.

A su modo de ver, este evento nos ofrece un mundo ordenado y sin conflictos mayores que el de perder un juego, no llegar a la final. Y, cuando eso sucede, elegimos otro país al que apoyar. El Mundial, agrega, funciona como un dique: durante el tiempo que dura, las guerras, las crisis económicas y políticas que se suceden con mayor frecuencia en los últimos años, el crimen y la violencia quedan solapados. Mientras duran los juegos, la evasión no solo resulta sencilla y catártica, sino que es también emocionante. Pero el dique no resiste cualquier fuerza. A tal punto es así que las únicas dos veces en que se canceló la Copa del Mundo fue durante la Segunda Guerra Mundial.

¿Resistirá el dique esta vez? “Este año parece difícil pensar que la versión caótica y desordenada de la realidad quede en segundo plano ante la ideal.” Para el antropólogo, el muro tiene fisuras: “Si Irán decide que no jugará en Estados Unidos, por ejemplo, no será algo fácil de disimular.”

En el mismo evento que proyecta apertura global conviven mecanismos de control y exclusión. El orden del mundo ideal del que habla Magazine podría resquebrajarse si, como menciona la politóloga Leticia Calderón Chelius, llegara a viralizarse aunque sea un caso de redadas o detenciones en el contexto del espectáculo.

Las redadas del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) han mostrado una leve disminución. Sin embargo, parece poco realista pensar en un Donald Trump cumpliendo el pedido del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, de desactivar sus operaciones al menos por unas semanas. El académico y profesor de relaciones internacionales de la American University Robert Kelly opina que no hay forma de que eso ocurra. “Lo más probable es un cambio de postura y táctica en la línea de lo que ya hemos visto en Estados Unidos tras Mineápolis: reducir la demostración de fuerza en las calles. Menos redadas masivas y un retorno a operaciones más selectivas.” En línea con esta idea, Calderón Chelius admite que a lo sumo podrían verse algunos videos de casos que ocurran durante el evento, algo que probablemente terminará por olvidarse en poco tiempo.

El deporte es mucho más que emoción, entretenimiento y negocio. Es también distracción, persuasión y dominio. En los años ochenta el politólogo estadounidense Joseph Nye acuñó el concepto de soft power para hablar de un modo de ejercer el poder sin caer en la violencia o la coerción. El mecanismo funciona por influencia y se distribuye a través del espectáculo, la cultura y, por supuesto, el deporte. El futbol es quizá una de las mejores plataformas para entenderlo.

La Copa del Mundo apela a valores que se exacerban en cualquier momento, pero en particular durante las crisis: el orgullo nacional, la identidad compartida, el esfuerzo en equipo, el apoyo de las masas. Y en un sentido negativo: la masificación, el nacionalismo y hasta la venganza simbólica.

Sin embargo, el soft power va más allá de esto si se lo mira desde los organismos (como la FIFA) o los países que organizan los eventos: acarrea prestigio, modifica la percepción del país receptor, posiciona al país (lo “brandea”), produce admiración y afinidad emocional sin coerción, influye a largo plazo en el turismo de ese destino, y crea conexiones afectivas y no racionales. Incluso puede moldear la percepción global del país anfitrión.

El soft power es diplomacia fuerte ejercida con suavidad.

Lo vimos en Catar en 2022 (un pequeño Estado del golfo Pérsico, más famoso por sus recursos naturales que por el deporte), pero también a través de la forma en que algunos países modificaron su imagen exterior por medio del triunfo de sus equipos o jugadores, desde el Brasil de Pelé (un país vinculado al sol, el mar y la tropicalia convertido ya en líder indiscutido del futbol) o España, que a través de la Eurocopa y equipos como el Barça se posicionó masivamente por encima de otros aspectos de su cultura.

El futbol tiene algo de lo que carecen otras manifestaciones culturales –como los libros, el cine (a excepción quizá de Hollywood) y otras disciplinas científicas y académicas–: está masificado. Por eso le sirve al poder blando. Pero ¿es capaz el soft power de resolver la contradicción de tener un país anfitrión que, al tiempo que busca proyectar apertura al mundo, simultáneamente tiene una agencia de control migratorio como el ICE operando en las mismas ciudades donde se juegan los partidos, sin garantías de una moratoria durante el torneo?

“En toda América la admiración por Estados Unidos está disminuyendo en este momento. Esta erosión del soft power se alimenta de una narrativa perjudicial para la imagen y la percepción del país a pocos meses del inicio del Mundial, que fue concebido como un megaevento norteamericano”, dice Kelly. “Esa narrativa está señalando a ciertas poblaciones –en realidad, a muchas– que, en primer lugar, no son bienvenidas en Estados Unidos, y en segundo lugar, que incluso si deciden ingresar cumpliendo todas las reglas para asistir al Mundial, aún corren el riesgo de ser detenidas, retenidas o deportadas.”

Kelly advierte cómo su país creó una percepción de faro de libertad para el mundo, a pesar de haber tenido históricamente dificultades para garantizar esa libertad en su propio territorio.

La seguridad es otro tema: mientras se escribe este reportaje continúa el conflicto de Estados Unidos con Irán, la guerra en Ucrania, también las amenazas del crimen organizado en México y su presunta connivencia con actores del gobierno o de las fuerzas públicas.

Converso con Juliette Kayyem, exsubsecretaria de Política del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. ¿Cuáles son las probabilidades de que la celebración sirva como escenario para una represalia por parte de Irán u otro país en conflicto con el país?, le pregunto. En su opinión, el riesgo de un ataque terrorista es bajo: la seguridad se basa en antecedentes como el maratón de Boston, y se enfoca en otro tipo de riesgos, además de contar con guías de preparación para casos de terrorismo, ciberseguridad y control de multitudes. Sin embargo, sí consideran con preocupación la posibilidad de que aparezcan actores solitarios domésticos con motivaciones políticas.

“La duración prolongada del evento y su gran extensión geográfica aumentan la complejidad de la coordinación y el intercambio de inteligencia”, explica de manera sucinta, y añade que experiencias como la del Super Bowl y las de grandes conciertos son la base sobre la que se construyeron los protocolos de seguridad. Otro agente que menciona como una potencial amenaza sorprende: los drones. “La reacción del público ante estos puede generar pánico”, explica la experta. Por ello, se impondrán zonas de exclusión aérea para evitar intrusiones.

Calderón Chelius ve una amenaza solapada respecto al ICE. Sostiene que continuarán con las redadas pero de un modo contenido. No sería la primera vez que un Mundial se juega en un territorio que viola los derechos humanos sin que el resto del mundo se entere o inmute. Hablamos del Mundial de Argentina 1978, durante la dictadura militar. El eslogan que eligió el gobierno de facto y que se reprodujo en carteles y pegatinas fue: “Los argentinos somos derechos y humanos”. La magia de la televisión hizo el resto.

Si se miran los datos históricos desde que Trump asumió su segunda presidencia, el tema migratorio es más que alarmante. Tan solo entre octubre de 2024 y septiembre de 2025, el gobierno detuvo en redadas a 442 mil 637 inmigrantes,1 aunque otras fuentes mencionan más.2 También existen datos dispares en cuanto a la cantidad de deportaciones. El autoritarismo y la transparencia en la información no suelen ir de la mano.

Un temor compartido ya no solo por los latinos que viven en Estados Unidos ni por los que viajarán a ver la Copa del Mundo, sino también por ciudadanos de otras nacionalidades, es la posibilidad de ser detenidos aunque se haya entrado legalmente al país con boleto de regreso, cuenta en dólares, hospedaje pagado y demás. Para esto Amnistía Internacional preparó una guía que incluye algunas estrategias en caso de que eso ocurra.3

Kelly comenta que, incluso los ciudadanos estadounidenses de nacimiento como él, cuando piensan en viajar al exterior, consideran no solo cómo serán recibidos, sino también las posibles complicaciones al regresar, es decir, el propio proceso de reingreso a su país. “¿Todo saldrá bien? Da la sensación de que no hay garantías cuando se trata de las leyes y prácticas de control fronterizo y aduanero.”

Roger Magazine se detiene un momento y conjetura si la FIFA no habrá organizado este Mundial en tres países a modo de prueba. “Tal vez sea una forma de decir ‘no importa dónde ocurra, está en la televisión’.” La ubicuidad tiene sentido cuando se piensa que la cobertura mediática se centrará en el evento deportivo y no en el contexto que lo rodea. Después de todo no deja de ser un negocio y como tal hay formas de protegerlo de este mundo que el antropólogo llama caótico y desordenado.

El Mundial es uno de los eventos que mejores rendimientos da en cada edición, opacando a sus competidores, las Olimpiadas y el Super Bowl. Para tener una idea, los Juegos Olímpicos de París 2024 dejaron ganancias por 5 mil 240 millones de dólares. El Mundial de este año podría superar esa cifra en un 70%.4

¿El Mundial 2026 será recordado de un modo distinto que los anteriores? Es el primero en realizarse en tres países sede. El primero con 48 delegaciones. No el primero en realizarse al tiempo en que hay guerras en otra parte. Tampoco será el primero en el que asistir sea casi impagable, aunque muchos dicen que sí será el primero en el que la FIFA intervenga para bajar los precios de las entradas. Finalmente, no será el primer Mundial en acumular denuncias que parecen imposibles de ignorar.

Tampoco será el primero en convocar esa forma breve de unidad: banderas, himnos, abrazos, la ilusión de un nosotros. Quizá el espectador –no el jugador, no el dirigente– mida en cada desplazamiento, en cada frontera, la posibilidad de quedarse fuera, incluso si cumple las reglas.

Y después, como suele ocurrir, quedará una imagen borrosa. Una canción. Alguna fotografía repetida hasta volverse inofensiva. La copa levantada en cámara lenta. Como si todo pudiera sostenerse al mismo tiempo –la celebración y lo que se omite–. Como si, al final, este espectáculo pudiera decir con ironía: contengo multitudes. ~


  1. Billal Rahman, “ICE missing Trump admin’s deportation target”, disponible en newsweek.com. ↩︎
  2. Aaron Reichlin-Melnick, “New ice arrest statistics shed light on who the agency is targeting in American communities”, disponible en americanimmigrationcouncil.org. ↩︎
  3. “2026 World Cup travel advisory”, disponible en amnestyusa.org. ↩︎
  4. Amir Somoggi, “The 2026 FIFA World Cup will be the most lucrative in history, with revenues expected to exceed US$ 10.9 billion” disponible en sportsvalue.com.br. ↩︎


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