El peso de una nube

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Comúnmente ubicada en la poesía, Anne Carson es en realidad una de esas raras y portentosas artistas que han engendrado una escritura libre de apegos a un género literario, caracterizada por un flujo que acciona entre la lección filológica, la erudición de literatura clásica y los momentos de brillante reflexión poética. Su declarado nexo con la tradición helenística (“la enseñanza de griego antiguo es su sustento de vida”, declara su escueta semblanza) funda parte de su estilo y establece un diálogo constante dentro de su obra al operar como una didáctica que provee una lectura sobre eventos personales e históricos en la que los mitos clásicos se utilizan para formular desde su paradigma una visión crítica sobre el presente.

Este es precisamente el caso de Norma Jeane Baker de Troya,un texto identificado como “teatral” dado que fue escrito bajo comisión para un espectáculo escénico en el centro cultural The Shed de la ciudad de Nueva York y que llega a nosotros en una versión ejemplar bajo el sello Vaso Roto con traducción de Jeannette L. ClariondEn esta obra la autora realiza una operación fantástica al trasponer a Helena de Troya y Marilyn Monroe, dos figuras míticas eclipsadas en el destino infausto de su belleza, condenadas a ser meros ídolos en su acepción etimológica: imagen, fantasma, capaces de convertirse en réplicas de sí mismas y causar problemas, como es la confusión que suscita el rescate de la primera en medio de un conflicto bélico cuando ni siquiera se trataba de ella, sino de una nube. Esta transposición resulta lógica por las evidentes similitudes que ambas comparten por ser consideradas más que mujeres: señuelos o espectáculos, vehículos del deseo ultrajados para el servicio de potencias oscuras de dominación y poder que, bajo la disección y óptica de la autora canadiense, se presentan como víctimas propiciatorias de una tragedia superior y permanente como es la guerra, el tema en el que en realidad se centra la pieza.

Presentada como una versión de la Helena de Eurípides, Carson utiliza la trama como un punto de anclaje para transgredir y trasladar sus elementos a una lectura contemporánea en la cual Norma Jeane Baker (la mujer detrás del ícono cinematográfico) declara de inicio el tono de la pieza como “una mentira” y asume el papel de “la ramera de Troya”, causante de una guerra ubicada ahora en el campo de la secrecía y competencia de los estudios cinematográficos de Hollywood. Su esposo Arthur (Miller, obviamente), rey de Esparta y Nueva York, libra una batalla para rescatarla en la costa contraria de Norteamérica y Truman Capote, amigo íntimo de la actriz, estiba el rol de un peculiar coro que narra el fatídico destino de las niñas que “nacieron buenas y crecieron malas”. Entre escenas sucede una lección sobre la historia de la guerra en donde se explican con la erudición poética de Carson los sentidos históricos que conlleva este vocablo, un recurso habitual para la autora, ya que considera el origen de las palabras como un medio para “aclarar los sistemas de creencias, incluso cuando estos son confusos, contradictorios o locos”.

Puesto a la luz de sus propios acontecimientos, el universo de esta Helena-Marilyn parece un delirio controlado en donde los personajes se saben estratos que provienen de moldes anteriores y actúan dentro de capas que superponen tramas y acontecimientos disímiles, anacrónicos (como es el caso del Tsunami del 2011 en Japón), coordinados a placer de la autora quien se regodea en el recurso constante de un deus ex machina evidente y travieso. El conocimiento erudito de Carson es crucial para el ejercicio de semejantes recursos, ya que las múltiples variantes de los mitos griegos se convierten aquí en la mecánica de una puesta en acción que opera directamente sobre la disolución de las fronteras del personaje protagónico, quien finalmente no es más que una silueta que puede ser invadida por distintos relatos. Esta característica permite vincularla por sus elementos técnicos con el teatro post-dramático instaurado en Alemania en los años setenta en tanto que ambos presentan una puesta en abismo sobre personajes míticos o literarios, como es el caso de Hamletmachine (1977) de Heiner Müller, texto emblemático de esta corriente.

La partitura dramática de Carson (también denominada “poema para ser escenificado”) ha sido señalada por sus “dificultades técnicas”, ya que sin duda representa un interesante desafío para ser traducido a su realidad escénica. El espectáculo para el que fue comisionado, dirigido por Katie Mitchell en 2019, resultó para la crítica especializada una elección tibia pese a los artilugios narrativos e interdisciplinarios que la directora propuso (como tener a la cantante de ópera Renée Fleming como una de las intérpretes), ya que se consideró desaprovechada la riqueza imaginativa del juego de representación que propone la autora.

Anne Carson no es ajena al funcionamiento del arte dramático contemporáneo. En su creación personal ha integrado estrategias escénicas para vislumbrar sus textos fuera del territorio del libro, como es el caso de Albertine. Rutina de ejercicios (Vaso Roto, 2015) que ha sido presentada por ella misma como una conferencia performática. De igual forma el nivel de conocimiento intestino que ha adquirido como traductora de Eurípides, Esquilo y Sófocles le permite ofrecer creaciones más doctas y enteradas que otros productos que se promueven como adaptaciones contemporáneas de los dramas clásicos, como lo ejemplifica su labor sobre la Antígona de Sófocles (New Directions, 2012), considerada más una reescritura que una traducción.

Más allá de su ejercicio estético, Norma Jeane Baker de Troya ofrenda a través de Helena-Marilyn el escenario perfecto para desarticular un estereotipo, consciente de la urgencia de hallar “nuevas formas de pensar los iconos femeninos” que aporten algo a la discusión sobre las luchas feministas del presente, así como hacer patente a través de sus lecciones versadas de cómo el pavimento de la guerra está conformado por los cuerpos de mujeres raptadas, ultrajadas y vueltas esclavas. Un escenario nada distante y para el cual la autora ofrece una salida apocalíptica que quizás encuentre su continuación en el Hades.

Por encima de sus posibles dificultades de lectura o representación, como dramaturga Anne Carson posee un don que sabe equilibrar la intensa reflexión intelectual con instantes de poesía que ayudan a ubicar la exposición dentro del terreno emocional, una praxis que evoca el modo de operación de la tragedia clásica como vehículo didáctico para azuzar la sensibilidad del público. Su efecto puede no ser inmediato, pero se antoja cercano al proceder de algunos medicamentos cuyo resultado se percibe tiempo después de haber ingresado al cuerpo. ~

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