El señor de los domingos

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Creo que es Francis Scott Fitzgerald quien comienza uno de sus cuentos con la siguiente inapelable sentencia: “Era domingo; no un día exactamente sino una grieta entre dos días.” Compruebo (este tipo de comprobaciones ahora demoran tan poco que casi no dejan tiempo y espacio para la duda; y me pregunto si esto, esta certeza inmediata pero también algo artificial, será algo en verdad bueno) que así fue, así es y así será: el cuento se llama “Crazy Sunday” y está entre sus mejores textos breves y, también, entre los más melancólicos y más crepusculares suyos.

Pienso (recuerdo) esto un domingo con un ejemplar de Los domingos de Guillem Martínez (Cerdanyola del Vallès, 1965) en mis manos y en mis ojos. Y me digo que este es el mejor libro mejor escrito que he leído en mucho tiempo. Y, mientras lo pienso, soy plenamente consciente de esa grieta entre el febril y nocturno sábado (día en que un padre contempla su obra terminada) y el siempre madrugador lunes (día en que un hijo ya resucitado decide irse para ya no volver). Y me digo que sí, está más que bien puesto el título: porque estos son textos/ranura (como ese espacio que queda entre los libros de una biblioteca y el siguiente estante, más arriba) publicados siempre en el ambiguo y volátil e inasible último/primer día de la semana en la revista digital ctxt desde principios de 2016 y sumando aún días rojos en el calendario.

En la nota final Martínez explica que los escribe los lunes y, a lo largo de la semana, va refinando su condición de carbón combustible hasta elevarlos/mutarlos hasta la inamovible naturaleza del diamante. Porque los textos aquí reunidos en selección del también presentador Ignacio Echevarría (quien, muy acertadamente, ha optado por el orden de aparición privilegiando “las piezas de contenido más abiertamente autobiográfico, a veces casi confesional” hasta conseguir “una mitografía personal, en la que juegan un importante papel la historia familiar, la tradición republicana y anarquista, cierta estética de la derrota y cierto swing del charneguismo asumidos durante la infancia en Cerdanyola del Vallès, un municipio de la periferia de Barcelona”) acaban ensamblándose en uno de esos volúmenes de condición mestiza y palpablemente inasible. Y ya habrá tiempo y espacio (espero) para recolectar las entregas más ligadas a lo coyuntural e informativo y procesal. Aquí y ahora, por suerte, algo de personalidad atemporal y en suspenso (como los domingos) y que puede leerse de un tirón como novela, de a dos o tres textos como si se tratase de un libro de cuentos, o de uno en uno como si fuese una manual de instrucciones para armarse o desarmarse una visión del mundo de otro que de inmediato (y aunque, dicen, no hay dos pupilas iguales entre los hombres) comparten en más de un parpadeo y guiño una forma de mirar primero y una forma de ver enseguida. También, por último pero no en último lugar, Los domingos es un virtual y virtuoso método para si no aprender al menos admirar las maneras en que alguien puede apoyarse en una columna.

Y así se presenta y lo representa Martínez, de entrada, en la primera pieza: “Hola. Esta es una nueva sección. Semanal. La idea es plantear en ella hechos inquietantes de la vida. Concretamente, de mi vida, que es la vida que tengo más a mano. He estado pensando, para iniciarla, en el hecho más determinante de mi vida. Pero he llegado a la conclusión de que no existe. Si analizas tu vida, los hechos más determinantes acostumbran a venir a ti desde otras vidas. O, directamente, del azar. Nunca sabes si todo eso es tu vida, o su ruido. Igual lo sabes cuando estás a punto de morir, y de ahí la pesadilla. La vida ocurre en la cabeza y en las manos, dos objetos, por lo general, siempre repletos, por lo que es difícil adivinar cuáles son los importantes. Igual, lo más importante que ha pasado por tu cabeza o por tus manos ha sido una cintura. O, como en la peli, un trineo. O quizás no. Esas cosas se saben –volvemos a lo de la pesadilla– cuando es demasiado tarde.”

Para ahorrarnos el mal despertar (o al menos advertirnos con elegancia de su inevitabilidad), Martínez nos administra aquí, como si fuesen dosis, más de cien colosales miniaturas (todas tituladas, siempre, con un engañoso y clínico/catalogante Sobre,ejemplos: “Sobre los zombis”, “Sobre la mierda”, “Sobre la víctima”, “Sobre los muebles”) que a veces te estallan en la cara y otras te susurran al oído con una voz y una cadencia que evoca indistintamente a la de un Michel de Montaigne amanecido luego de caerse del caballo, a la de un Jack Kerouac crepuscular y al costado de un camino por el que ya casi no pasan automóviles, a la de un felizmente desencantado Kurt Vonnegut entre ruinas invulnerables, y a la de aquel replicante Roy Batty quien, en Blade Runner, utiliza los últimos segundos que le quedan de batería para comunicar que “he visto cosas que ustedes no creerían”.

Sin embargo, resulta imposible no creerle a Martínez todo lo que cuenta y rememora (desde su primera exposición a las radiaciones del punk y del acid, pasando por las transformaciones orgánico/espirituales a las que recién se llega con el amor eternamente efímero y la paternidad para siempre, hasta acceder a una idea final acerca de lo humano en general y la particularidad de abandonarlo como a “una casa en plena noche”). Y su método-truco-estrategia para conseguir nuestra de inmediato rendida y agradecida y atenta credulidad es el de la emoción más y mejor (pero, atención, no fríamente) calculada. Y no hay reproche en ello porque me cuesta no imaginar a un Martínez no emocionado mientras escribe sus domingos para emocionar recién después de haberse emocionado él. Y no: no hay aquí arrebatos exagerados o maniobras sensibleras. Lo que sucede en todos y cada uno de los domingos (a veces produciendo un encandilamiento casi insoportable) es algo mucho más noble a la vez que volátil y que tiene, al mismo tiempo, la sólida condición de lo marmóreo y la inasible cualidad de lo gaseoso. Porque Martínez, de tener que completar un formulario, a la altura de la línea donde se pide profesión debería allí poner/definirse como epifanista. Sí: Los domingos es un aluvional arrebato de epifanías, una tras otras. Eso que en el budismo zen también se conoce como satori (o “patada en el ojo” y “momento de no-mente” y “presencia total”). Pero Martínez es también el más disciplinado de los libres asociadores de ideas (otra posible profesión suya) y así, lo que aquí impera y se disfruta es el modo en que este recordador hacia adelante hace equilibro y malabarismo con lo que es explicando lo que fue para sí aventurar un lo que habrá de ser. Y para entender claramente lo que aquí quiero decir, mejor pasar de la teoría a la práctica y acudir a la librería más cercana y abrir Los domingos por la página 85 y perderse y encontrarse allí en la breve inmensidad de “Sobre la traición” (que produjo en mí el mismo efecto de aquel telescópico microscópico “I was trying to describe you to someone” de Richard Brautigan al que regreso una y otra vez desde hace tantos años como, seguro, regresaré a “Sobre la traición”) para comprender a lo que me refiero.

Vuelvo a leer ahora, este pasado domingo 18 de julio (día de mi cumpleaños entre tantas otras efemérides) el domingo en Los domingos titulado “Sobre el 18 de julio”. Allí, Martínez arranca invocando al Hemingway corresponsal de guerra en España, salta a sus propias incursiones/excursiones a la Francia de su infancia con familiares en el exilio incluyendo a tío legendario, propone dos categorías de la heroicidad (la de “lo urgente” y la de “lo importante”), para acabar despidiéndose con un “No hubo piedad. No hubo matices entre lo importante y lo urgente. Pero eso es otra historia.”

Los domingos es un libro urgente e importante y, en su vital ruido, paradójicamente, acaba obsequiando al lector la paz más duradera pero agrietada y, en ocasiones, más crazy que cualquier conflicto. O, al menos, la mejor redactada de las treguas de quien, frágil pero aquí bien defendido, descansa aquí en la memoria anticipando que todo recuerdo no es más que una de las formas de la resurrección. Curiosamente (o no), entre sus páginas no se ofrece un “Sobre los domingos”.

Por algo será y es y fue, pienso y miro.

Feliz domingos. ~

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