El teatro no es definitivamente lo primero que viene a la mente cuando se piensa en José Revueltas. Antes aparecen el incomparable narrador, el cronista e incluso el guionista de oficio. En todas esas facetas su enorme capacidad creativa, alimentada por la experiencia, por una aguda observación de la realidad y por la certeza de que la tragedia humana constituye un sino inevitable, estuvo siempre atravesada por convicciones ideológicas y una militancia política que no solo cincelaron su pensamiento y su obra, sino que intervinieron, una y otra vez, en el drama de su propia vida.
Sobre su dramaturgia pesan tanto el desconocimiento como un severo dictamen, repetido incluso por algunos de sus lectores más cercanos, entre ellos José Agustín, quienes la han juzgado discursiva e ineficaz para la escena. Ante una lectura contemporánea, este último juicio exige por lo menos algunos matices, pues Revueltas poseía un buen conocimiento de los recursos del arte dramático, reconocible en su oficio de guionista, que lo sostuvo económicamente durante buena parte de su vida. Si acaso convendría señalar que, aunque el propio autor insistía en que teatro y cine respondían a objetivos y formas distintas, en su obra destinada a la escena parece confundirlos por momentos, pues la mirada del dramaturgo conduce efectivamente la nuestra, como si se tratara de una cámara que se detiene en una cantidad de detalles que exigen una complicada traducción escénica.
Frente a este juicio sorprende sobremanera descubrir que El cuadrante de la soledad, estrenada en 1950 bajo la dirección de Ignacio Retes, amigo y comparsa en diversas aventuras teatrales, fue la primera obra de un autor nacional en alcanzar las cien representaciones. Un logro notable si se toma en cuenta que, aun en medio de la renovación que atravesaba el teatro mexicano, una obra de esas características difícilmente alcanzaba semejante permanencia en cartelera. La contradicción resulta todavía más llamativa si se considera que la obra dramática de Revueltas constituye un aparte casi inexistente dentro de la atención dedicada a su obra. De ella se han publicado apenas cuatro piezas: el drama social Israel, la farsa Pico Pérez en la hoguera, libre recreación del célebre personaje creado por José Rubén Romero, El cuadrante de la soledad y la pieza política Nos esperan en abril. Revueltas consideraba esta última su mejor obra teatral y la juzgaba difícil de representar ante un público al que consideraba escasamente politizado. Llegó incluso a asegurar que Bertolt Brecht la había leído y preparaba su montaje cuando murió en 1956. Este episodio, del cual solo se cuenta con el testimonio del propio escritor, no ha podido comprobarse, pero permite advertir la dimensión de unas aspiraciones teatrales que por diversos motivos terminaría por abandonar.
Acaso por su acercamiento al realismo y por la tendencia a extender en las acotaciones una mirada más cercana a la narrativa, se ha querido reconocer en el teatro de Revueltas la influencia de Tennessee Williams, una filiación que el propio autor rechazaba al afirmar que sus verdaderos ascendientes eran Strindberg y los expresionistas alemanes. El dato resulta importante para una lectura contemporánea de El cuadrante de la soledad, pues su crudeza no se limita a reproducir el bajo fondo de la ciudad, sino que exagera y deforma sus rasgos a través de un conjunto de seres que han caído de la gracia humana en casi todos los sentidos posibles.
La obra sorprende todavía por la violencia con que representa una zona que aún existe en la Ciudad de México y cuya sordidez parece intacta, poblada por prostitutas, traficantes, adictos y personajes de otras clases sociales que buscan ocultar en este barrio sus bajas pasiones bajo la mirada de la Virgen de la Soledad. Entre quienes habitan la pieza se urde algo común al universo revueltiano, una especie de complot en el que las carencias individuales, la culpa y un conato de levantamiento social se ven involucrados. La trama abre más asuntos de los que alcanza a cerrar, aunque puede seguirse con atención, como si se tratase de una buena película antigua, gracias al fino detalle con que están construidos los personajes y a la calidad de sus diálogos, que van de lo crudo a lo poético. En una crítica, Efraín Huerta decía que Revueltas “siempre habla de cosas que existen, hasta cuando está inventando”.
Uno de los mayores hallazgos de la pieza consiste en hacer del espacio no solo una locación, sino la expresión de un sentido ideológico, lo que constituye además una cualidad característica de la obra de Revueltas. En este caso, la simultaneidad espacial permite trasladar al escenario el caos y la multiplicidad de situaciones, una concepción que más tarde sería considerada antecedente de obras tan importantes como Los signos del zodiaco, de Sergio Magaña, y Olímpica, de Héctor Azar. Dentro de esta disposición, Colombina, una prostituta anciana que deambula por el barrio, recorre casi todos los ámbitos sin lograr situarse en ninguno. Su movimiento constante no expresa libertad, sino todo lo contrario, pues cuanto más circula, más estrecho se vuelve para ella el cuadrante. Ahí reaparece la idea de prisión aun dentro de un espacio abierto, una constante que atraviesa la obra del autor.
Para trasladar semejante concepción al escenario, Revueltas encontró en Diego Rivera, un viejo amigo de la familia, al cómplice ideal. Al leer la obra, el pintor declaró que, ya que no había tenido la suerte de escribirla, quería pintarla y dotar a la escenografía del clima de angustia y dolor que reconocía en la pieza. La afinidad no era casual, pues Rivera pudo reconocer en aquella simultaneidad una lógica cercana a la composición mural. Más que diseñar un decorado, concibió una estructura múltiple dispuesta sobre un escenario giratorio que permitía conducir la atención del público entre las distintas historias, aunque para lograrlo fuera necesaria una maquinaria costosísima, manipulada a mano por tramoyistas que realizaban una ardua labor en cada función.
Con semejante aparato escénico, El cuadrante de la soledad se estrenó en mayo de 1950 en el Teatro Arbeu, hoy sede de la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada, presentada por la Compañía Mexicana de Comedia. La reunión de Revueltas, Retes y Rivera, acompañada por un reparto en el que figuraban Rosaura Revueltas, una jovencísima Silvia Pinal y Prudencia Grifell, entre otros actores, despertó una curiosidad considerable que se tradujo en las cien representaciones ya mencionadas. Sin embargo, para Revueltas aquel éxito pronto quedó atravesado por un complicado embate personal, pues tanto la pieza como su novela Los días terrenales fueron atacadas por críticos comunistas, quienes creyeron reconocer en ellas una supuesta filiación existencialista incompatible con las convicciones marxistas del autor. En medio de aquella polémica, Revueltas decidió retirar la novela de circulación y suspender las representaciones precisamente cuando El cuadrante de la soledad alcanzaba ese éxito sin precedente.
A la distancia, estos eventos producen un efecto dramático fascinante, ya que tal vez este episodio de la vida real sea el más profundamente teatral de su dramaturgia. Revueltas sostenía que las ideas debían encarnar en los personajes, pero las suyas terminaron por abandonar la ficción para intervenir en el destino material de la obra. El desenlace pareciera digno de la pluma de su amado Pushkin, a quien había llevado a escena al dirigir una adaptación de Mozart y Salieri, con un creador confrontado por sus propios ideales hasta la ofuscación. Quizás se hizo realidad aquello que declaró en uno de sus escritos, cuando afirmó que “el teatro no viene después, sino que nace al mismo tiempo que el hombre”. ~