La confidencia pública

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La comunicación establecida entre el líder político y el pueblo, o entre el charlatán mediático y el público masivo, degrada al auditorio a la condición de rebaño, pero también falsea el discurso del orador, que adapta su lenguaje y sus opiniones al perfil sociocultural de su clientela, previamente investigado por medio de encuestas. En los felices tiempos anteriores a la masificación, hablar para todos y para nadie se consideraba una majadería. Yoshida Kenkō –el mejor exponente japonés de un antiguo género literario muy parecido al ensayo occidental, que consistía en anotar reflexiones al vuelo, sin los afanes sistemáticos del filósofo– propuso una regla de urbanidad para los narradores orales del siglo XIV: “Cuando el hombre bien educado cuenta una historia se dirige a una sola persona, aunque haya muchas otras presentes y naturalmente puedan escucharlo. En cambio, el hombre maleducado lanza sus palabras a la multitud, sin dirigirse a nadie en particular.”

La primacía del interlocutor individual exigida por Kenkō lleva implícito un pacto de respeto mutuo que deberíamos recuperar. Elegir a una sola persona para contarle una historia en voz alta no se consideraba en aquel tiempo un gesto desdeñoso hacia los demás escuchas: más bien indicaba que el narrador desearía tener con ellos el mismo trato personalizado. Kenkō tal vez adivinó que el mal hábito de lanzar palabras a la multitud sin rostro encerraba un grave peligro: que de tanto renunciar a la singularidad, los miembros del ser colectivo dejaran de pensar por cuenta propia. Hasta los esclavos analfabetos pueden alcanzar la sabiduría por medio de un esfuerzo intelectual, como demostró Sócrates, pero no existe nada parecido a un “pueblo sabio”, porque al meter en el mismo saco a millones de personas, sean ricas o pobres, se les despoja automáticamente de inteligencia.

Antonio Machado tal vez no haya leído a Kenkō, pero coincide con él en su crítica del idilio entre el orador y la masa. “El hombre masa no existe; las masas humanas son una invención de la burguesía, una degradación de la muchedumbre de hombres. El que no habla a un hombre no habla a nadie.” ¿Por qué los manipuladores de masas tendrán tanto éxito en el mundo moderno, si en el fondo están insultando a sus feligreses? ¿Cómo puede halagarlos que su pastor les niegue la condición de individuos, mintiéndoles descaradamente con la absoluta certeza de que no buscarán otras fuentes de información? Por supuesto, la anulación del individualismo ajeno viene acompañada siempre por el endiosamiento del yo apoderado del micrófono. La clave para ser deificado en vida consiste, sobre todo, en apelar a las emociones más primitivas del auditorio. En el terreno de las ideas las adhesiones nunca son incondicionales, pero los odios y los amores son irreflexivos y contagiosos. Dejarse arrastrar por ellos encumbra al líder a costa de embrutecer a sus seguidores.

En el campo de la literatura, la poética de Kenkō comprometería al escritor a configurar un lector que puede abandonar la lectura cuando no se respeta su inteligencia, es decir, su condición de individuo. El arte de narrar no es un asunto de buenas o malas maneras, pero el tipo de narración recomendado por Kenkō tiene una ventaja adicional: aprovecha nuestra proclividad a escuchar conversaciones ajenas, a meter las narices donde no nos importa. Horacio y Juvenal ya se habían dado cuenta de que escribir para un interlocutor ficticio, aparentando excluir a los lectores, exacerbaba su curiosidad por enterarse de un relato que en apariencia no les incumbe. Aunque esa discriminación fingida era también un gesto desdeñoso hacia el vulgo, los satíricos romanos tenían ya una clara conciencia de su utilidad para sostener el interés del lector. Nació desde entonces la confidencia pública, un recurso empleado sobre todo en la novela epistolar, que consiste en hablar con un íntimo delante de los extraños, para incitarlos a seguir leyendo con una fruición voyerista. Explotar esa curiosidad malsana es un pecado venial comparado con la estrategia comunicativa de la demagogia, en la que el amado público adora con frenesí al merolico supremo que le roba el alma. ~

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