La guerra cultural del mesías

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João Cezar de Castro Rocha

Guerra cultural e retórica do ódio. Crônicas de um Brasil pós-político

Goiânia, Caminhos, 2021, 460 pp.

En junio de 2016, durante la votación del juicio político contra Dilma Rousseff en Brasil, el entonces diputado federal por Río de Janeiro, Jair Messias Bolsonaro, acompañó su voto a favor con un elogio de Carlos Alberto Brilhante Ustra, coronel del ejército brasileño, jefe de los órganos represivos de São Paulo durante la última dictadura militar.

Ustra fue uno de los oficiales brasileños investigados y procesados por delitos de represión a partir del gobierno de Lula da Silva, pero, a diferencia de muchos de sus colegas, defendió públicamente su actuación en libros como La verdad sofocada (2006). Durante los días que siguieron a la apología de Bolsonaro en el Palacio Nereu Ramos de Brasilia, la venta de libros de Ustra se disparó.

El ensayista brasileño João Cezar de Castro Rocha, uno de los mayores expertos en la obra de Joaquim Machado de Assis y editor de las obras completas de José Guilherme Merquior, recuerda la escena en un estudio reciente sobre la “guerra cultural” y la “retórica de odio” impulsadas por Bolsonaro en los últimos años. Militar él mismo –como Hugo Chávez, el joven Bolsonaro fue paracaidista de asalto–, el actual presidente de Brasil ha articulado su proselitismo político en torno a la reivindicación de la vieja doctrina de la seguridad nacional, en la Guerra Fría, aplicada como recurso de legítima defensa contra el comunismo.

Si el proyecto de Bolsonaro se redujera a una visión nostálgica de aquel anticomunismo de Guerra Fría no configuraría, como sostiene Rocha, una guerra cultural. Para llegar a lo que ha sido en los últimos años se requería de una actualización del anticomunismo por medio del diseño de una ofensiva contra múltiples enemigos. Al igual que Trump, Bolsonaro eligió como enemiga a la corrección política y localizó en el bando de los detractores de la grandeza nacional brasileña a los homosexuales, los antirracistas, las feministas, las comunidades indígenas y los protectores del medio ambiente.

El rango de guerra cultural se alcanza una vez que todos esos actores se encorsetan como rizos de una marea de cambio global que atenta contra una vieja identidad nacional, rígidamente definida en términos étnicos, religiosos o ideológicos. La obra del publicista de derecha Olavo de Carvalho es central en esa operación, ya que intenta una complicada genealogía entre la derecha católica tradicional brasileña y el nuevo evangelismo conservador que respalda a Bolsonaro.

En libros de Carvalho, que glosa Rocha, como O jardim das aflições (1995) y O imbecil coletivo (1996), se partía de una premisa posible –la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la urss no habían producido el declive del marxismo-leninismo sino una mutación más poderosa de esta ideología que, vía Gramsci y Foucault, aspiraba a la hegemonía cultural en Occidente– para desembocar en una conclusión brutal: era preciso combatir radicalmente las ideas del multiculturalismo y la diversidad con el fin de preservar la estructura de la civilización cristiana.

Las tesis de Carvalho entroncaron con el nuevo conservadurismo estadounidense y él mismo se radicó muy cerca de Washington D. C. y llegó a codearse con el círculo de Steve Bannon y Breitbart News, antes del arribo de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Carvalho, a quien en Breitbart llaman “prominente filósofo y astrólogo”, tuvo que ver con el viaje de Bolsonaro a Washington en 2019 y con la aproximación del presidente brasileño a la Internacional de Derecha que reunió, en Roma, a Viktor Orbán, Marion Maréchal, Santiago Abascal y otros líderes del reaccionarismo occidental.

De hecho, Bolsonaro es el único líder latinoamericano bien afincado en esa red global del nuevo conservadurismo. En Estados Unidos y Europa, las guerras culturales de derecha se construyen sobre mitos de naciones étnica y religiosamente homogéneas, que han visto desvirtuarse sus identidades en las últimas décadas con el avance de la inmigración y el multiculturalismo. En Brasil, ese tipo de construcción simbólica es más difícil pero no imposible, ya que, según Bolsonaro y sus ideólogos, el gran país latinoamericano también habría sido una víctima del marxismo cultural.

Dada su falta de sustento histórico, en una nación construida sobre la colonización, la esclavitud y el racismo, la hostilización del bolsonarismo tiene que apelar a un lenguaje de odio que Rocha expone al detalle. Por medio de un método que llama “etnografía textual”, el ensayista se detiene en todos los giros posibles de la retórica bolsonarista. Es así como cada frase homofóbica, racista o misógina adquiere sentido dentro de una gran ofensiva verbal contra el viejo ideal varguista, goulartista y lulista del “Estado Novo” y la democracia racial, que Stefan Zweig suscribió en su ensayo Brasil, país del futuro (1941).

Bolsonaro combate ese mito con otro, el de una sociedad jerárquica y una nación cristiana homogénea, pero es incapaz de reconectar con el viejo linaje del monarquismo católico brasileño a lo Eduardo Prado, el Partido Conservador y el Jornal do Brasil. Ni siquiera logra hacer suyo el legado del conservadurismo anticomunista tradicional, tipo Plinio Corrêa de Oliveira y el grupo Tradición, Familia y Propiedad. Sus guerras culturales tienen que buscar el auxilio de una extrema derecha 2.0 global que, sin Donald Trump en la Casa Blanca, pierde empuje en el mundo. ~