Foto: Rodrigo Oropeza

“La historia reconstruye el pasado, pero la novela histórica nos incita a soñarlo”. Entrevista a Enrique Serna

El escritor conversa sobre los clichés y las zonas oscuras que modelan nuestro desconocimiento de las culturas precolombinas.
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Enrique Serna, uno de los más destacados novelistas históricos de la lengua española, este año ha publicado El dios hambriento, una novela sobre el mundo prehispánico. En esta entrevista con León Krauze, conversa sobre los clichés y las zonas oscuras que modelan nuestro desconocimiento de las culturas precolombinas, sobre el artificio literario de la novela y sobre la luz que la historia nacional ofrece para interpretar nuestro presente.

Nos hemos acostumbrado a mirar el mundo prehispánico casi exclusivamente desde la conquista, pero tú vas más atrás, a un mundo en el que los españoles todavía no estaban ni siquiera en el horizonte. ¿Por qué decidiste adentrarte en ese momento del mundo prehispánico?

Bueno, porque al investigar y empezar a estudiar a fondo la historia de los mexicas, me di cuenta de que la literatura mexicana estaba en deuda con nuestro pasado remoto. Las principales novelas sobre el México prehispánico, que son Azteca de Gary Jennings y El corazón de piedra verde de Salvador de Madariaga, ocurren en tiempos de la conquista, como si fuera el único acontecimiento novelable. Yo quise retroceder noventa años, justamente a la gestación del Imperio mexica, porque me parecía que el excluir a los españoles de este retrato me permitía ver cómo era ese mundo sin ese elemento extraño y retratarlo con la mayor verosimilitud posible. Es un asunto poco conocido por la mayoría de los lectores, pero yo creo que a una persona que no sepa nada sobre esa época de nuestra historia, mi novela le puede servir como una introducción porque no exige un conocimiento previo del tema.

Precisamente en ese espíritu me gustaría pedirte que nos expliques en términos muy generales quién era Tlacaélel, cuál era su relación con Nezahualcóyotl. Estamos hablando de figuras centrales, pero muy distintas, del mundo del siglo XV. ¿Qué encontraste en tensión entre ambos que te hizo pensar que ahí había una gran historia?

Me lo hizo pensar tanto un hecho histórico como las cosmovisiones antagónicas que ambos defendían. El hecho histórico es que cuando el ejército de Nezahualcóyotl y el de Moctezuma Ilhuicamina vencieron a los usurpadores del reino y por fin, después de un largo exilio, Nezahualcóyotl pudo regresar a Texcoco con una entrada triunfal, Tlacaélel –el consejero supremo de los mexicas y a quien el tlatoani Itzcóatl le había dado una enorme cuota de poder– exigió que se liberara una guerra ficticia entre los dos bandos ganadores en la cual resultaran vencedores los mexicas, para que quedara claro, a los ojos del mundo, cuál de esos miembros de la Alianza era más fuerte. Y tanto los historiadores antiguos como los modernos coinciden en que esto fue una humillación para Nezahualcóyotl, un golpe muy duro a su honor militar que, además, no se merecía porque había sido un aliado leal de los mexicas.

Entonces a mí me surgió la pregunta de por qué le hicieron este agravio, si fue un ajuste de cuentas, y ahí fue donde yo empecé a elucubrar una intriga palaciega –por supuesto, enteramente ficticia–, que desemboca en esa exigencia de Tlacaélel. Yo no pretendo ser un poseedor de la verdad histórica, sino que solo aspiro a que mi novela sea verosímil. ¿Por qué Tlacaélel hizo esa exigencia y humillaron de esa forma a Nezahualcóyotl? Los historiadores no lo saben. Es un enigma. De modo que ahí hay un gran campo para las conjeturas novelescas. Esta es la mía. Se podrían escribir veinte diferentes sobre el mismo hecho. Lo que a mí me importaba era que esto hubiera podido suceder, ese es el reino de la novela histórica. Mientras que la historia dice “esto sucedió”, la novela histórica busca una verdad subjetiva que solo tiene validez dentro de los límites de la ficción.

Eso por un lado. Y luego está el hecho de que Tlacaélel ejerció al mismo tiempo el poder político y el poder espiritual, porque convenció a su pueblo de que era el portavoz de Huitzilopochtli. Eso le daba un poder a veces superior al del tlatoani y lo convirtió en una figura que llevó las riendas del Imperio durante un largo periodo. Tlacaélel vivió más de noventa años, se murió ya casi llegando al siglo XVI. Él fue un político que quiso intimidar a su pueblo y a los pueblos vecinos e imponerles una dictadura del terror. Además, siempre quiso guardar una prudente distancia de la plebe porque notó que la lejanía le daba un aura de semidiós. Y del otro lado está Nezahualcóyotl, que es como una especie de humanista del Renacimiento, porque era poeta, arquitecto, astrónomo, precursor de la ecología. Él sembró de ahuehuetes el Bosque de Chapultepec para cuidar el manantial que había ahí, porque se percató de que los manantiales se secan. Y era un líder que buscaba el poder para hacer algo bueno con ello. Tiene además un pensamiento religioso diametralmente opuesto al de Tlacaélel, eso lo sabemos por sus poemas que son reproches dirigidos al dios de la dualidad Ometéotl, el único dios en el que él creía, un dios a quien le reprocha su indiferencia ante el destino de los mortales. Es una poesía, hasta cierto punto, blasfema. Por ello, está en las antípodas de la teocracia militarista de Tlacaélel. Me pareció interesante confrontarlos porque son personajes arquetípicos, pero yo quise que esos arquetipos se volvieran seres de carne y hueso, que es justamente la misión de la novela.

Son dos maneras completamente distintas de mirar el mundo, dos personalidades contrastantes que chocaron históricamente y chocan en tu interpretación novelística, ese es el centro de este libro.

En efecto. Pero yo no quise nada más contar la lucha por el poder entre estos dos personajes, sino también contraponer a dos personajes femeninos que introduje para contrarrestar el predominio de la egolatría machista. Quise mostrar cómo era la otra mitad del género humano en esas sociedades, que fueran mujeres valientes y talentosas. Una de ellas, Quilaztli, representa el mundo de la marginalidad: es una esclava lesbiana que, al recuperar su libertad, incursiona primero en la brujería y luego en la prostitución, de modo que nos da la visión de cómo era el subsuelo de aquel mundo. Y Chimalma, su amante, es una princesa de Texcoco, media hermana de Nezahualcóyotl, que sufre una violación colectiva y eso la lleva a los brazos de Quilaztli. Ella recibió una educación esmerada en Texcoco, que era entonces como la Atenas del mundo prehispánico, donde los nobles mexicas llevaban a sus hijos para que aprendieran el náhuatl más puro. Y ahí ella aprendió a dibujar, a componer poemas, rivaliza con su hermano en ese talento, etcétera. De modo que ella es una noble, una noble que también ha tenido que ver el mundo desde abajo por los infortunios de su existencia. Son personajes que tienen libre albedrío, algo que es muy difícil de encontrar en aquel tiempo, porque todos los estratos sociales estaban muy estrictamente reglamentados. Había un sistema de valores comunitarios que les dejaba a los seres humanos un pequeñísimo margen de libertad. Eso les pasaba, por ejemplo, a los macehuales, plebeyos, mayeques, jornaleros, pero también a la casta sacerdotal, a los comerciantes… No se podían salir del ingreso social que les habían impuesto y yo necesitaba personajes sobre los que no pesara ese determinismo porque en la novela siempre tiene que haber personajes que eligen su propio destino, que toman decisiones autónomas.

Octavio Paz decía que, en menor o mayor medida, el mundo prehispánico resulta impenetrable. Hay una distancia cultural, religiosa, lingüística, que, por cierto, tú resuelves con la traducción de todo ese lenguaje al español. Después de estos años de dedicarte a este mundo fascinante, y que a ti te ha fascinado desde que eras un niño, ¿piensas que el pasado prehispánico es, hasta cierto punto, impenetrable?

Hay una gran zona oscura, que no hemos logrado iluminar. Porque, entre otras cosas, los españoles destruyeron una gran cantidad de códices que hubieran podido ser una gran fuente de información. Pero creo que se sabe lo suficiente como para podernos imaginar, sobre todo con las libertades que permite la novela, cuáles eran las motivaciones profundas de los personajes de aquel tiempo. Y pues esto me representó un desafío, como bien dices, sobre todo un reto estilístico. Porque es la primera vez que escribo una novela en donde los personajes hablan un idioma distinto al mío. Esto es una convención que existe ya en la literatura universal, porque hay novelas como Yo, Claudio de Robert Graves, en la que los personajes del Imperio romano hablan en inglés, o las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, en donde hablan en francés. En mi libro los personajes del Imperio mexica hablan en español. Yo quise que fuera un español emparentado con el náhuatl, aprovechando todas las huellas que ha dejado en nuestro léxico, y que de ese modo fuera un estilo más o menos creíble para los lectores.

La novela histórica es un género que tú dominas. Has recorrido, utilizando ese género, distintas épocas de la historia de México. Un historiador investiga el pasado con la aspiración de establecer, hasta donde permiten las fuentes, qué ocurrió realmente. El novelista histórico ¿comparte esa búsqueda de la verdad o utiliza la historia como materia prima para construir una versión de esa realidad?

Lo segundo, porque la historia reconstruye el pasado, pero la novela histórica nos incita a soñarlo. Yo tenía muy presente, mientras escribía esta novela, una anécdota de Flaubert, a quien llegaron a ver los hermanos Goncourt cuando él estaba escribiendo Salambó, una novela histórica que ocurre en la mítica ciudad de Cartago. Les dijo que lo que buscaba con esa novela era darles a los lectores unas bocanadas de hachís histórico. Me encantó esta fórmula porque creo que es justamente lo que buscamos los novelistas: que haya una suspensión de la incredulidad para cautivar al lector y que te quiera acompañar en esta visión del pasado. Como te decía antes, no aspiro a la verdad, sino a la verosimilitud. Curiosamente, creo que para ser verosímil hay que tener bastante rigor en la reconstrucción histórica, porque de lo contrario la novela no podría tener los efectos alucinógenos que uno está buscando provocar.

¿Qué compromiso tienes tú como novelista con el rigor histórico? Hilary Mantel, una maestra del género, sugería que ella no estaba dispuesta a alterar un hecho conocido para mejorar una novela, sino que más bien obligaría a la ficción a adecuarse alrededor de los hechos. ¿Tú compartes ese límite? ¿Partes de hechos que son intocables y de ahí construyes?

Sí, en efecto. Yo no tengo por qué alterar los hechos históricos porque ahí hay una veta novelesca muy atractiva, pero la trama es una secuencia de causas y efectos: un acontecimiento desemboca en otro y en otro y en otro. Aparte de hacer una cadena de causas y efectos, el novelista tiene que hacer una especie de partitura emocional de los personajes, de qué cosas le van a desencadenar qué sentimientos. Entonces esa es la principal tarea, pero yo coincido con Mantel en que hay que respetar los hechos históricos y sencillamente hacer este tejido de causas que es la laguna que dejan los historiadores.

La historia nunca es solo pasado. También se convierte en un instrumento del presente. Hemos visto en México, en tiempos recientes, cómo vuelve a discutirse la conquista y, de manera muy particular, la figura de Cortés. ¿Qué te provoca el uso político de la historia, quizás específicamente de la conquista?

Yo creo que la utilización de la historia como instrumento de propaganda, que ha sido una de las características de los gobiernos de la Cuarta Transformación, lleva a falsear los hechos. El colmo fue el libro de López Obrador Grandeza, en el que negó los sacrificios humanos en aquel tiempo. Yo ya había terminado mi novela cuando apareció su libro y en ese momento lo desmintieron muchos historiadores, antropólogos, arqueólogos, etc. De modo que, supongo, se dieron cuenta de que el poder no te permite abolir los hechos históricos. En mi novela quise mostrar una sociedad con lo bueno y lo malo que tenía. Obviamente no comparto esta idea de que el mundo prehispánico fue una edad de oro en donde solo reinaba la concordia. Es una falsedad que los dos últimos gobiernos han intentado imponer como dogma.

Para mí tu libro es formidable, conmovedor, por momentos aterrador. El título me parece extraordinario, El dios hambriento. Hay dioses en la novela que necesitan, digamos, sangre. Pero también hay hombres hambrientos de poder, prestigio, reconocimiento, amor, trascendencia. Si tú, con este ojo histórico que tienes, repasas la trayectoria de nuestro país, ¿cuál ha sido el dios más hambriento de México? ¿De qué tiene hambre el dios mexicano?

Creo que el gran dios mexicano es insaciable, su voracidad tiene que ver sobre todo con mantenerse en el poder. Esto puede tener, además, como origen el resentimiento que se transforma luego en voluntad de poder. Me parece una combinación terrible que se ha repetido muchas veces en la historia. Ocurría en tiempos del Imperio romano, en tiempos del Imperio azteca y en la actualidad. Forma parte de la condición humana. Justamente explorar esas motivaciones fue lo que yo traté de hacer en mi novela. A pesar de que, como decía Paz, este sea un mundo impenetrable, hay que tomar en cuenta que eran seres humanos como nosotros. Con nuestras mismas flaquezas, con nuestras mismas ambiciones, con nuestras mismas pasiones. Y yo quise meterme en ese mundo a la manera de un médium que intenta adivinar lo que los espíritus del pasado están queriendo decir.

En función de este presente que vivimos, ¿estás de acuerdo con aquello que decía Paz de que México contiene todos los siglos?

Sí, es asombroso. Yo empecé a escribir novelas históricas cuando tenía cuarenta años. Mi primera novela de este tipo fue El seductor de la patria sobre la vida de Santa Anna. Y creo que, en aquel tiempo, la escribí por una necesidad de evasión, pues me sentía expulsado del presente. La Ciudad de México, especialmente mi barrio donde pasé la infancia y la adolescencia, estaba completamente transformada. Es una ciudad que está en perpetua demolición, de modo que llega un momento en que sientes que no queda nada de lo que viviste. Y eso tal vez me llevó a buscar, digamos, un refugio en el pasado. Pero, curiosamente, cualquiera que estudie más o menos a fondo la historia de México se da cuenta de que las lacras de nuestro presente son atavismos que tienen cientos o miles de años de antigüedad. Desde luego la Colonia nos dejó tres lacras: dos son el patrimonialismo, el sistema de gobierno en el que los funcionarios son propietarios de los cargos que ocupan y los utilizan para enriquecerse de la manera más rápida posible, y la omnipresencia de la delincuencia. En aquel tiempo las familias que salían en carruaje de México a Puebla iban a pedir la extremaunción porque temían que pudieran ser atacadas por los bandidos de Río Frío. Y la tercera: el sistema de castas. La discriminación racial también es una lacra que, hasta la fecha, tenemos todavía en México. Pero de la época prehispánica también quedan herencias. Por ejemplo, un paralelismo: para el Imperio azteca la mayor fuente de ingresos eran los tributos que cobraban a los pueblos conquistados; en la actualidad los carteles que se apoderan de un territorio ya tienen la nómina del jefe militar, del gobernador, y extorsionan a comerciantes, transportistas, agricultores, para cobrarles tributo. Hay una vuelta a los orígenes que me parece aterradora.

El eterno retorno de lo mismo en México. Cuando uno lee tu obra aparecen esas estructuras de poder. Me pregunto si historia es destino y no tenemos realmente una manera de escapar de estos hombres fuertes, de estas estructuras que nos acompañan desde hace cientos de años. Hay una suerte de destino inescapable.

No creo que exista esa fatalidad histórica que pese sobre los pueblos. Muchos pueblos se han levantado de cosas peores. Yo creo que México se caracteriza porque aquí el pasado tiende a desaparecer del paisaje, pero no desaparece por completo porque lo tenemos metido en el alma.

Has recorrido México desde hace medio milenio hasta el siglo XIX, has pasado por el siglo XX, por supuesto, de manera célebre y extraordinaria. Tras ese recuento, ¿cómo describirías la herida principal de México?

La herida principal de México es el estancamiento. El no poder evolucionar, el no dejar atrás ese tipo de rémoras. Aquí hay una disputa ideológica hasta cierto punto, porque un sector de la sociedad cree que esas rémoras forman parte de nuestra identidad y por lo tanto son algo sagrado. Yo creo que es bueno tener un conocimiento profundo del pasado, porque eso te permite justamente vencer ese tipo de rémoras. El conocimiento de la historia te incita a superarlas y a tratar de no cometer esos mismos errores. ~


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