La humanidad de Agustín

Peter Brown revisitó su canónica biografía de Agustín de Hipona en una edición que incluye nuevos materiales.
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Peter Brown, que en julio cumplió 91 años, está considerado como uno de los mayores historiadores vivos. En 1967 culminó una hazaña al alcance de pocos, escribir la biografía canónica de uno de los principales autores del canon occidental. Y uno de los más prolíficos: conocer a san Agustín como él lo hace conlleva visitar los cinco millones de palabras que dejó escritas. Escribió un volumen de 36 capítulos cortos, muy bien escrito y psicológicamente sutil. Pasaron décadas sin que nadie lo emulara en lengua inglesa. Lo revisitó en el año 2000 para añadir un ensayo crítico inmejorable y una discusión de los nuevos textos hallados desde su primera publicación.

Este es el Agustín de un historiador social. Como escribió treinta años después: “[e]ra posible contemplar un periodo completo de la historia romana tardía refractado a través de la lente de una personalidad que en sí misma parecía cambiar profundamente a lo largo de los años”. Escribir su vida le daba a Brown la oportunidad de contemplar el final del Imperio de occidente desde el interior de un sujeto.

Esto no quita importancia al libro para la historia del pensamiento, en primer lugar, porque algunas ideas fundamentales se volvían hacia aquel interior. Esta es la biografía de alguien que reflexionaba sobre la continuidad de la persona, la memoria, la debilidad de la voluntad, los límites de la razón y el peso de los hábitos y las terquerías. Un reto, porque era un pionero (le atribuimos el descubrimiento de la voluntad); pero también una ayuda, pues escribió sobre sí mismo. En segundo lugar, porque es la biografía de un religioso revolucionario y un polemista formidable: sus ideas sobre la comunidad cristiana y la Iglesia también fueron parte del devenir de su vida.

Se trata de un Agustín “sin la teología”, como dijo Henry Chadwick –profesor de teología de Oxford–, y no como crítica. Su respetada biografía del santo apareció de forma póstuma en 2009 con un bonito prólogo de Brown, que lo tuvo como maestro, y que opinaba que bien suplía la suya en materia de doctrina. La vida más reciente, la de Catherine Conybeare (2025), subraya esos asuntos que espera nuestro siglo: la africanidad de san Agustín y la influencia de las mujeres en su existencia y sus quehaceres; además de otros menos frecuentados, como el cruce de lenguas en su medio cultural.

A lo largo del libro conocemos a un hombre muy gregario, que no podía vivir solo, sin el estímulo de la compañía, la comensalía y la conversación de los amigos, fueran estos maniqueos, jóvenes filósofos o, finalmente, hermanos de comunidad monástica. A un hombre sentimental, que lloraba mucho y amaba de forma que le costaba explicar. A un profesor que venció su repugnancia a viajar para huir de la maldición de los malos estudiantes de Cartago y en busca de unos mejores en Roma. Como el viaje cambió su vida, terminó viendo en sus insoportables alumnos la mano de Dios. A un escritor inagotable que como muchos grandes autores aseguraba que prefería leer y que solo escribía obligado. Casi enternece ver cómo intentaba esquivar comprometerse con la larga redacción de su Ciudad de Dios. A un hombre al fin menos intransigente que su legado, pues como muchos grandes polemistas no quiso que sus libros se leyeran dogmáticamente, aunque así es como se haya hecho.

Era ciertamente un hombre de la periferia, un africano (púnico); pero más aún lo habría sido de haber nacido britano, como Pelagio, su coetáneo y rival. ¿Sería Pelagio pelirrojo? No veríamos nada notable en ello si ocupara el lugar del santo en el canon occidental. Que en este siglo nos intriguen cuáles fueron los probables rasgos físicos de san Agustín, o los de su madre (a Brown no tanto), dice mucho más de nosotros que del siglo iv. Con todo, es útil pensar en la exageración de que se le haya llamado el primer europeo. Un africano que solo pasó unos pocos años en Italia. Esto nos recuerda que para bien o para mal Europa es una cultura, no un territorio concreto o un pigmento. Los libros de san Agustín nos han llegado porque entraron en la tradición y en las instituciones occidentales. En otro caso, puede que estuviéramos buscando los trozos, como los de la obra de Mani, su primera seducción.

“Ama (dilige) y haz lo que quieras” es –junto con aquello de “Señor, dame castidad, pero no ahora”– una frase agustiniana que la mayoría hemos escuchado antes de leerlo. Aime et fais ce que tu veux se llamó una revista femenina francesa, una especie de Cosmo católico. Brown solo la comenta en pie de página: Agustín la citaba para explicar la severidad en las reprimendas y condenas. Comparto el pequeño chasco de los allegados a esa poética exhortación, pues como fórmula de la familia de “ama al pecador y odia el pecado” nos hace pensar más en el Santo Oficio que en la suavidad del amor bien alentado. Pese a que el amor en san Agustín es un asunto que ha atraído a muchos lectores y no solo en la cultura popular (piénsese en Hannah Arendt), no ocupa demasiado espacio propio en esta obra.

Las dos primeras partes del libro narran la juventud y primera madurez del filósofo, hasta la redacción de lo que Brown considera su obra maestra, las Confesiones. En la primera (años 354-385) sabemos de un joven brillante en un municipio apartado, hijo de Mónica, devota católica, estudiante y después profesor de retórica en Cartago. Un “vendedor de palabras”, según su propio recuerdo. Su curiosidad y sus amigos lo hicieron adepto al maniqueísmo. Era un hombre que también se dijo esclavo de la pasión sexual, que vivía con una concubina, según era costumbre para quien aún no tenía medios con los que hacer una buena boda; a la que seguramente amaba, pero abandonó y devolvió a África cuando se asentó en Italia. Brown le reprocha secamente que nos haya narrado estos episodios sin escribir su nombre, que desconocemos. De ella tuvo un hijo, Deodato.

Conoció Milán, la capital imperial, y a san Ambrosio, su obispo; así empieza la segunda parte (386-395). Se entregó primero a la filosofía, la de los platónicos, y se convirtió después a la religión de su madre. De esta conversión Brown destaca el “sentido de propósito y continuidad” de quien era un filósofo y no un “creyente”. Regresó a África como Siervo de Dios. De Tagaste la Iglesia católica lo reclamó como obispo de Hipona, ciudad costera de mayoría donatista. Allí vivió el resto de su vida. En Italia había inventado un género, los soliloquios, curiosamente pensados para discutir con sus amigos. A los 43 años publicó sus Confesiones.

Las partes tercera y cuarta muestran al Agustín de la acción verbal, su vida como escritor, predicador, corresponsal y polemista. La tercera parte (395-410) nos introduce en su disputa con los donatistas, hasta su derrota y proscripción, a través de panfletos, concilios y debates de alto y bajo nivel. Un “insospechado” gusto por el periodismo encuentra Brown en el santo, a quien en un momento describe como embriagado por el periodismo de batalla. La querella doctrinal era insignificante, explica el autor, no así sus consecuencias para la construcción de un pueblo cristiano y su Iglesia.

Mucho más importantes para la historia de las ideas son los años 410-420, que abordan los capítulos de la cuarta parte. En ese tiempo redacta y publica su obra magna, La ciudad de Dios, que aspira a demostrar el triunfo intelectual, religioso y moral del cristianismo sobre el paganismo. También entonces tiene lugar el combate contra Pelagio, el otro genio religioso de su tiempo. Allí se desarrolla la concepción agustiniana del pecado original, de la hermandad mediante “lazos oscuros”, dice Brown, de todos los humanos como iguales.

La última parte (420-430) es casi un melancólico final, que parte de un capítulo sobre la fiera oposición de san Agustín a Juliano de Eclano, católico que se resistió a condenar a Pelagio y de quien Brown hace un retrato favorable como una de las últimas cimas de la antigüedad. En esta etapa final de su vida madura la doctrina agustiniana que más reverberó en el futuro, además del pecado original: la predestinación. Su vida termina con el último aliento de la civilización romana en África, asediada y conquistada por los vándalos. Contra su costumbre, quiso morir en soledad.

San Agustín por poco me amargó la selectividad, y cuando me examiné de filosofía medieval copié. Debo a Brown, quién sabe si a la providencia, haberlo estudiado ahora. Tras recorrer su vida, mi modesta lectura ve a un hombre que encontraba en el milagro social la huella del Creador; en las extrañas fuerzas que nos empujan a tomar buenas y concordantes decisiones, siendo tan débiles y de racionalidad tan limitada como somos, la providencia divina. Esto era nuevo y no era trivial para la piedad en un mundo poblado de demonios (en los que él creía como el que más, según explica Brown), donde el prestigio religioso –de paganos o de maniqueos– se buscaba en la interacción con las fuerzas de la naturaleza. Alejando al cristianismo de la cosmología y acercándolo, si puede decirse así, a la sociología y a la psicología, con la igualdad como premisa, contribuyó a hacer del cristianismo la peculiar religión que es. ~


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