La palabra sin firma

Escrituras sin rostro. El antagonismo como estrategia subversiva del zapatismo

Gaëlle Le Calvez

University of North Carolina Press

Chapel Hill, 2025,, 206 pp.

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Leer Escrituras sin rostro. El antagonismo como estrategia subversiva del zapatismo supone entrar en una reflexión exigente sobre la escritura como forma de intervención política. A partir del análisis del zapatismo y de ciertos feminismos contemporáneos en México, Gaëlle Le Calvez explora cómo determinadas prácticas discursivas –el anonimato, la autoría colectiva, el borramiento del nombre propio– cuestionan los regímenes dominantes de representación y autoridad. El libro propone pensar la política no solo como acción o programa, sino como una serie de gestos textuales que interrumpen la soberanía del autor y desplazan la pregunta por el poder hacia el terreno de la escritura: quién habla, desde dónde se habla y qué significa escribir cuando el rostro, lejos de garantizar identidad o responsabilidad, se vuelve un lugar problemático que conviene sustraer.

La estructura del libro revela su apuesta teórica. Lejos de organizarse como una demostración lineal, Escrituras sin rostro avanza por movimientos de aproximación y retirada. Tras una introducción en la que el antagonismo se plantea como punto de cruce entre literatura y política, los primeros capítulos se concentran en la escritura zapatista y en la construcción de una autoría colectiva que renuncia explícitamente al rostro y a la firma. El concepto mismo de antagonismo, tal como lo trabaja Le Calvez, muestra que lo político no se funda en el consenso, sino en un conflicto que ninguna representación logra suturar del todo. Pero el libro se desplaza también más allá de esa teoría, hacia lecturas donde el antagonismo ya no designa la simple oposición entre fuerzas identificables ni la lógica amigo/enemigo, sino una estrategia de disenso que se niega a ocupar el lugar del poder. Los capítulos centrales examinan la figura del subcomandante Marcos –su proliferación simbólica, su fetichización cultural, su persistencia como huella– y las múltiples reapropiaciones de su imagen y su voz en el campo literario e intelectual. El tramo final traslada el foco hacia la escritura feminista contemporánea. Esta estructura no solo ordena el material, sino que pone en práctica la propia tesis del libro: que el antagonismo no se acumula como programa ni se resuelve en una síntesis, sino que se desplaza, persistiendo como conflicto abierto en el corazón mismo de la escritura.

El punto de partida del estudio es ambicioso y preciso: pensar la política como forma de escritura, y no solamente como programa, acción o discurso. Tanto el zapatismo como ciertos feminismos contemporáneos no se limitan a producir consignas, sino que ensayan modos específicos de decir, firmar –o no firmar– y dirigirse a un lector. Desde esta perspectiva, los comunicados zapatistas dejan de ser documentos complementarios para convertirse en artefactos literarios complejos, atravesados por procedimientos narrativos, retóricos y performativos. El análisis de las seis Declaraciones de la Selva Lacandona permite mostrar cómo el zapatismo construye una poética del disenso que no busca ocupar el poder, sino más bien sustraerse a su lógica. Esta política de la sustracción se condensa en el símbolo del pasamontañas. Cubrir el rostro no equivale a ocultarse, sino a hacer visible una ausencia: la ausencia de representación política real, la ausencia de lugar en la narrativa nacional, la ausencia de voz en el archivo. La máscara no añade identidad sino que la quita. Y en ese gesto abre un espacio de alianza con otros “sin rostro”. A este desplazamiento se suma la inestabilidad de la firma. La alternancia de nombres, seudónimos y siglas no responde a un juego posmoderno con la autoría ni a una estrategia de confusión, sino a una ética de la autoría colectiva.

En diálogo con Barthes y Foucault, Le Calvez muestra que la escritura zapatista no se limita a proclamar la “muerte del autor”, sino que desconfía del vacío que deja su desaparición y lo llena con una proliferación de voces, de firmas provisorias, de textos que no reclaman propiedad. La autoría se vuelve relacional, contingente, expuesta a la lectura y al desacuerdo. Una idea que se profundiza en el análisis de la figura del subcomandante Marcos como fantasma, mercancía y huella. Su presencia persistente en la cultura revela una dificultad todavía vigente: leer un texto sin buscar detrás a un rostro o a una autoridad última. Las múltiples reescrituras de Marcos evidencian hasta qué punto la ansiedad por el autor sigue operando incluso allí donde la escritura insiste en borrarlo. El libro no clausura esta tensión, más bien la mantiene abierta como parte constitutiva de toda práctica antagónica.

Es precisamente en este punto donde Le Calvez introduce un giro decisivo: el análisis del tránsito de “Todos somos Marcos” a #MeTooMx. Le Calvez examina cómo ciertas estrategias zapatistas reaparecen en el activismo feminista mexicano, ahora mediadas por las redes sociales y por una economía de la visibilidad radicalmente distinta. #MeTooMx no se presenta como un movimiento homogéneo ni como una simple importación de modelos ajenos, sino como un espacio profundamente conflictivo, donde se encuentran la denuncia, la exposición, el anonimato y el archivo. La pregunta por el rostro –quién habla, desde dónde, con qué consecuencias– reaparece aquí con una urgencia distinta: como negociación constante entre la necesidad de decir y el riesgo de hacerlo. El libro no romantiza el anonimato ni la denuncia colectiva; examina sus límites, sus ambigüedades y su potencia política en un contexto marcado por la violencia estructural y la impunidad. Este recorrido prepara el terreno para el análisis de la escritura feminista contemporánea, particularmente en la obra de Cristina Rivera Garza. Aquí, las estrategias de borramiento, fragmentación y reapropiación se radicalizan en un contexto atravesado por el feminicidio, la violencia estructural y la precarización de la vida. La llamada “escritura castrada” no busca producir obras cerradas ni originales, sino trabajar con restos, archivos rotos y voces ajenas.

Lejos de idealizar sus objetos de estudio, Le Calvez insiste en las contradicciones internas del zapatismo y del feminismo, en sus fricciones, en sus zonas incómodas. El antagonismo no se resuelve ni se sublima: se habita. La escritura no clausura el conflicto, lo mantiene visible y abierto. En ese sentido, Escrituras sin rostro no ofrece modelos ni respuestas cerradas, sino una invitación exigente a repensar qué significa escribir –y leer– en un mundo saturado de rostros, de firmas y de discursos que reclaman autoridad. El alcance del libro no reside únicamente en los corpus que analiza, sino en la manera en que devuelve a la escritura un lugar central en la reflexión política contemporánea. Frente a la tentación de reducir la literatura a ilustración ideológica o a testimonio, Le Calvez muestra que la escritura puede ser un espacio privilegiado de pensamiento, un lugar donde se ensayan formas de disenso que no pasan por la conquista del poder, sino por su desplazamiento.

El libro nace de un diálogo riguroso con la teoría política y literaria contemporánea, pero su gesto más singular consiste en no cristalizar ese diálogo en un aparato académico cerrado: Le Calvez elige el ensayo, una prosa abierta que avanza por aproximaciones, que sostiene la pregunta más que la conclusión, que piensa desde la escritura misma. En un tiempo dominado por la exhibición y la urgencia de nombrarse, insiste en abrir un lugar donde la palabra no funcione como capital ni como sentencia, sino como escucha y como responsabilidad. Esa apuesta adquiere una resonancia particular en un presente marcado por la polarización, donde el espacio público tiende a organizarse según repartos inmediatos –adhesión o condena, pertenencia o exclusión– y donde toda complejidad corre el riesgo de volverse sospechosa. Escrituras sin rostro se sitúa en otro registro: el de una escritura que mantiene abierto el desacuerdo sin reducirlo a consigna, que se resiste a la clausura moral y a la violencia de las posiciones absolutas. Tal vez por eso estas escrituras incomodan: porque no prometen salvación ni ofrecen consuelo, pero tampoco renuncian a responder. Permanecen, sin rostro y sin nombre, allí donde decir sigue siendo una forma de responsabilidad. Y en esa fidelidad a lo abierto –a lo irresuelto, a lo común, a lo que todavía exige ser pensado– reside la aportación mayor del trabajo de Le Calvez: devolverle a la escritura su potencia crítica y su capacidad de insistir, incluso ahora, como forma de resistencia. ~


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