La universidad y la diáspora

Los Netanyahus

Joshua Cohen

Traducción por Javier Calvo

Conatus

Madrid, 2022, 276 pp.

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En su estupendo ensayo Jokes, el filósofo Ted Cohen se preguntaba por qué el humor judío se había convertido en el humor estadounidense por excelencia. Una de sus características –ejemplificada, a su juicio, en los hermanos Marx, con un Groucho que habla sin acento, un Chico con una imposible dicción italianizante y un Harpo que ni siquiera habla– era que se trataba de un humor de los outsiders, vinculado inicialmente a la inmigración (la segunda, una preocupación por la lógica y el lenguaje). Cohen atribuía a su esposa una observación: en Estados Unidos todo el mundo es un outsider. Para el filósofo, esa era una de las claves de la extensión de ese humor.

Los Netanyahus –por alguna razón en la portada lleva “s” al final, pero no en el folillo ni en los créditos–, de Joshua Cohen (que no es familia de Ted), es, en cierto modo, una novela cómica sobre la sensación de ser un outsider, sobre algunas variantes de la idea de inadecuación. El protagonista y narrador es el historiador económico Robert Blum, que recuerda en un estilo ágil, meticuloso y un tanto neurótico un episodio transcurrido décadas atrás, a finales de los años cincuenta, en Corbin college, una universidad del norte del estado de Nueva York que Blum era el primer judío que pisaba (incluyendo alumnos). Ese origen es el motivo de que le encarguen preparar la visita de un candidato como profesor visitante de su departamento: Benzion Netanyahu, padre del ex primer ministro israelí, un historiador nacido en Polonia e instalado en Israel especializado en la Inquisición en la Península Ibérica.

El encargo es, en el mejor de los casos, desconcertante y como poco levemente ofensivo: le cae a él solo porque es judío. El propio Blum, que acepta porque cree que puede ayudarle para obtener una plaza fija, no sabe mucho de la especialidad y debe estudiar la obra de Netanyahu.

La tesis de Netanyahu postula que la Inquisición no era un mecanismo que buscaba la pureza religiosa sino que pretendía expulsar a los judíos que ya se habían convertido al catolicismo: “mientras los católicos tuvieran un pueblo al que odiar, los judíos tenían que ser un pueblo condenado a sufrir”. No era solo antijudaísmo religioso: la idea de la limpieza de sangre era un programa de pureza racial, que perseguía revertir la asimilación. Para Blum, Netanyahu intenta hacer pasar “una teología por historia”; sus críticos creían que proyectaba la experiencia del antisemitismo racial de los nazis, la experiencia del Holocausto, a la España y Portugal de la Baja Edad Media. Blum también recibe dos cartas: una a favor del personaje, de una universidad estadounidense, otra en contra, de otro pensador israelí. Si la primera carta destaca su capacidad de trabajo y su actividad a favor de Israel en el extranjero, la segunda señala su postura intransigente –revisionista, cercana a Jabotinsky, desdeñosa con figuras como Weizmann y Ben Gurión– en los años que llevarían a la creación de Israel y su pasada actividad como panfletista incendiario. “Todos sabemos lo que les pasa a los hombres cultos cuando se los deja de lado: que este abandono los inflama. Y todos sabemos qué reacciones se pueden gestar entonces: la herejía, la apostasía y el mesianismo. La Historia judía está llena de hombres brillantes cuya arrogancia herida les hizo volverse contra la tradición”, dice el corresponsal; Netanyahu sería uno de ellos. La novela mezcla por tanto el retrato personal, que incluye aspectos muy poco favorecedores, con la polémica historiográfica y la mirada oblicua a la fundación de Israel y las polémicas dentro del propio sionismo.

Blum, que va leyendo sobre el tema con cierta perplejidad, tiene preocupaciones adicionales: vive con su mujer Edith (que trabaja en la biblioteca) y su hija Judith (que se prepara para ir a la universidad y es una estudiante buena aunque un poco rebelde, o molesta por estar lejos de su ciudad, Nueva York, y quizá sometida a mayor inseguridad académica por la exigencia neurótica de su padre: el proceso de selección de su hija, parece, es un proceso donde lo eligen o rechazan a él). Para sus suegros, judíos adinerados provenientes del Rin e instalados en Manhattan, el campus es una especie de destierro de Nueva York, una prueba de que algo anda mal en su yerno. Para sus padres, de origen ruso-ucraniano y del Bronx, también está lejos: además, no hay una sinagoga cerca. El antagonismo entre las dos familias políticas es evidente. Es indiscutible, dice el narrador, “que a mediados del siglo casi todos los judíos del mundo estaban ocupados en convertirse en otra cosa, y en ese punto de la transformación, las antiguas diferencias internas entre ellos –de antigua ciudadanía y clase social, por no decir nada del idioma y del grado de observancia religiosa– se volvieron por un momento más palpables que nunca, mientras emitían un último estertor jadeante”.

El libro, aparentemente sencillo y a menudo divertidísimo, a veces tiene el tempo de una nouvelle. No cae en la monserga de la ortodoxia literaria estadounidense actual ni comparte la estilizada mediocridad de los productos de la escritura creativa yanqui.

Cohen juega con los géneros de la novela de la identidad –y el subgénero de la identidad judía– y la novela de campus. A veces hace pensar en un cruce entre The ghost writer de Philip Roth y Pnin de Nabokov (Leo Robson la vinculaba, por el ambiente académico, con Pálido fuego, pero Los Netanyahus, pese a toda su erudición, es una novela más accesible y menos metaliteraria que la de Nabokov). Hay guiños y referencias: el primer Roth parece de las más importantes, con relatos como “El defensor de la fe”; Judith, como Brenda Patimkin, la novia de Neil Klugman en Goodbye, Columbus, se opera la nariz. Se menciona a autores como Malamud y Saul Bellow. Pero quizá las personas reales más importantes, y que aparecen también en un juguetón epílogo, son el crítico Harold Bloom, a quien Cohen dedica el libro y que le habría contado, entre un montón de historias y chismes (aparece Cormac McCarthy llamándole por teléfono desde la bañera, Gershom Scholem hablando de sí mismo en tercera persona), una anécdota autobiográfica de una visita de Netanyahu a Cornell que es la base del libro, y el propio Benzion Netanyahu.

La novela –una “farsa doméstica de sitcom”, ha escrito Cynthia Ozick– se estructura tersamente en torno a tres visitas: la de los suegros (con una escena memorable de conversación entre Blum y su suegra sentados en la cama matrimonial, mientras el suegro aprovecha para defecar en el cuarto de baño de la pareja), la de los padres (con clímax y visita onírica) y finalmente la de los Netanyahu (Benzion llega con su mujer, que apenas habla inglés, y tres hijos que rápidamente son denominados los “Vándalos”, y que atesoran sobrados méritos para el apodo). Las tres visitas incrementan el efecto cómico con variaciones grotescas como sueños y la coreografía de la logística familiar. Las visitas y hasta cierto punto la relación que tiene Blum con todos los personajes del libro representan diferentes modos y matices de ese “convertirse en otra cosa” y van modificando, a veces un poco y a veces brutalmente, la imagen que Blum tiene de sí mismo. Son distintos tipos de gente: inmigrantes de clase media originarios del oeste, inmigrantes de una clase más baja y provenientes del este, inmigrantes del este que han creado otro país (pero que no es el que querían crear). Son expectativas siempre frustradas. A veces es lo que los suegros esperan de él, o que él cree que esperan de él, otras veces es lo que espera el resto de profesores universitarios, en un círculo updikiano. La visita de los Netanyahu tiene algo de visita de un estereotípico primo del pueblo: alguien de quien te sientes lejano pero a la vez responsable, alguien que te avergüenza un poco, y ese sentimiento es un incómodo vínculo entre los dos que no llegas a explicarte a ti mismo. Es una muestra de la habilidad de Cohen para hacer calas en la trayectoria del sionismo y el debate sobre la relación del pueblo judío con la historia, mientras traza un relato inteligente e hilarante, con personajes expresionistas y memorables, específico y lleno de referentes concretos, autoirónico y contagiosamente disfrutable. ~

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