Las nuevas utopías reaccionarias

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Pablo Stefanoni

¿La rebeldía se volvió de derecha?

Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2021, 224 pp.

 

No hace mucho Mark Lilla lamentaba la escasa capacidad del liberalismo estadounidense para restablecer el lugar de lo común en medio de los discursos identitarios predominantes desde fines del siglo XX. Advertía entonces el autor de La mente naufragada (2017) que con el ascenso del trumpismo y otras nuevas derechas en Occidente se consumaba el regreso del conservadurismo a su gran afición por la captura del hombre común.

En su más reciente libro, el historiador argentino Pablo Stefanoni muestra lo lejos que ha llegado aquella movilización demagógica en los últimos cinco años. El grado de articulación global de esa derecha pudo constatarse en el proyecto de una Internacional Conservadora, impulsado por Steve Bannon, que produjo un par de reuniones memorables, una en Washington y otra en Roma, encomendadas al par de máximas de resonancia militar: “Dios, honor, país” y “Reagan, Juan Pablo II y libertad de las naciones”.

En el centro o los alrededores de aquellas reuniones estuvieron políticos como el húngaro Viktor Orbán, la francesa Marion Maréchal, nieta de Jean-Marie Le Pen, el líder de Vox Santiago Abascal, el nacionalista holandés Thierry Baudet y Giorgia Meloni, dirigente de Hermanos de Italia. La presencia de Clark Judge, escritor de los discursos de Reagan, y John O’Sullivan, consejero de Margaret Thatcher, buscaba tender un cordón umbilical entre el neoliberalismo conservador de fines del siglo XX y la nueva derecha filofascista. Pero lo cierto es que los nuevos acentos de esta derecha –nacionalismo, antiglobalismo, racismo, xenofobia– poco deben al reaganismo o el thatcherismo.

Stefanoni repasa con agilidad la nueva literatura acerca del derechismo alternativo o 2.0 (Marina Garcés, Enzo Traverso, Jean-Yves Camus, Chantal Mouffe, Anne Applebaum, Corey Robin…) y concuerda con quienes prefieren términos como “posfascismo” o “reaccionarismo” al indiscriminado uso de la etiqueta “populista”, que puede llegar a integrar en una misma tendencia a regímenes y políticos disímiles como Bolsonaro y Putin, Trump y Maduro.

Hay, desde luego, conexiones entre la nueva derecha y la vieja, como el anticomunismo, pero lo distintivo de la última generación conservadora parece ser la vuelta a la arcadia del hombre común por medio de la incorrección política. Junto con el desgaste de las identidades nacionales, la globalización ha difundido normas multiculturales para la convivencia en la diversidad. Los nuevos reaccionarios llaman a desafiar esas normas en nombre de un pueblo llano que, como parte de sus usos y costumbres, defiende el machismo, la homofobia y el racismo.

Paradójicamente, argumenta Stefanoni, el culto a la incorrección política recurre a mecanismos propios de las izquierdas desde los años sesenta, como el utopismo y la rebelión. Steve Bannon no ha tenido empacho en imaginarse como un Lenin reaccionario que desde su Iskra (Breitbart News) convoca a una revolución popular contra el establishment liberal de Washington. El asalto al Capitolio por las turbas trumpistas, el 6 de enero, fue apenas el primer “ensayo”, como llamó el propio Lenin a la revuelta rusa de 1905, de la nueva revolución conservadora.

Salir a las calles a gritar, con la vena en el cuello, contra la clase política y el mainstream liberal o aplaudir a rabiar cualquier desplante misógino de Trump son escenas que reorientan el activismo político hacia la derecha. Es cierto que son escenas con una sólida tradición en los fascismos de la primera mitad del siglo XX, pero también en los populismos de la izquierda latinoamericana, en los socialismos reales de Europa del Este, en la Revolución cubana o en el mayo francés del 68.

Además del estilo rebelde y contestatario, la nueva derecha se apropia del utopismo izquierdista de fines del siglo XX. Un tono extrañamente emancipatorio aparece en textos de Mencius Moldbug, Michael Anissimov y otros ideólogos del reaccionarismo tecnológico. Según estos lo que anda mal no es únicamente el liberalismo sino la propia democracia, ya que el ejercicio del sufragio es mayormente irracional, distorsiona la representación política y solo crea oligarquías sectarias o tiranías de masas.

Las soluciones que se vislumbran son tan diversas como el mapa mismo de las nuevas derechas: una nación étnicamente homogénea, un imperio wasp, una federación de mónadas libertarias… No recomienda Stefanoni despachar a la ligera fenómenos como el libertarianismo o el anarcocapitalismo pero sí localizar las zonas en que esas y otras corrientes entroncan con una reacción global contra el liberalismo, la democracia y el socialismo, en la que la bestia negra puede ser lo mismo el “marxismo cultural” que las políticas de la diversidad.

Aunque escrito en Buenos Aires, el libro habla muy poco de América Latina. En algún momento se menciona a Jair Bolsonaro y hay pasajes dedicados al ascenso del libertarianismo en Argentina, especialmente a través de las figuras de Javier Milei y Agustín Laje. La ausencia tal vez se deba a algo que apunta Stefanoni en relación con el macrismo: las derechas latinoamericanas siguen siendo mayoritariamente neoliberales y democráticas, por lo que tienen mucho más que ver con Hillary Clinton que con Donald Trump.

Pero la extrema derecha también avanza en América Latina a través de plataformas, como las religiosas, las racistas o las nacionalistas, que no acceden tan rápida o visiblemente a los partidos y liderazgos políticos. Si logran acceder, finalmente, lo harán echando mano de un llamado a la rebelión conservadora y de una venta de utopías reaccionarias que pueden involucrar amplios sectores de poblaciones desiguales y empobrecidas. ~