Los años turbulentos de Christopher Isherwood

En enero se cumplieron cuarenta años de la muerte del escritor británico. En este texto se repasan sus años alemanes, poco antes de la llegada del nazismo.
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Christopher Isherwood pisó Berlín por primera vez en 1929. Diez años antes, en 1919, el profesor Magnus Hirschfeld había fundado allí el pionero Instituto para el Estudio de la Sexualidad. En su sede del Tiergarten, que bien podía decirse la biblioteca de Alejandría del sexo, una inscripción rezaba “Consagrado al amor y al pesar”. Pese a que no estaba únicamente dedicado a las relaciones entre personas del mismo sexo, fueron muchos los homosexuales que encontraron en este sitio una suerte de hogar. En el caso de Isherwood, que había llegado a Alemania huyendo de la Inglaterra gazmoña, esto fue literal: la hermana de Hirschfeld fue su casera en un edificio adyacente al instituto. A una hora de allí, en el 7 de Zossener Straße, estaba El Rincón Acogedor,un destartalado bar en el que Isherwood y su inseparable amigo, el poeta W. H. Auden, alternaban con otros miembros de su hermandad.

Se sabía lo que sucedía dentro de lugares como El Rincón Acogedor, pero se aplicaba un cierto laissez- faire, un dejarlo estar: no en vano, en Berlín se había empezado a publicar en 1896 la primera revista dirigida a homosexuales: Der Eigene, de intrincada traducción pero que en español podría ser algo como Tú Mismo. En 1919 también se había estrenado la película muda Anders als die andern (Diferente a los demás), que se considera la primera cinta que ofrece una visión benéfica de la homosexualidad, y en cuya producción colaboró el profesor Hirschfeld. Y, si bien el artículo 175 del Código Penal vigente castigaba las relaciones sexuales entre hombres –no así entre mujeres–, a finales de los años veinte existía un proyecto de ley que, de prosperar –y había motivos para pensar que así lo haría–, las habría despenalizado.

En 1929 la siempre inestable República de Weimar venía de asomarse al abismo. Un año antes, la derrota sin ambages de los nazis en las elecciones alemanas –apenas consiguieron un dos por ciento de los votos– permitía cierto optimismo respecto a la estabilidad del régimen de Weimar. No obstante, el fracaso electoral no podía disimular la amenaza creciente que suponía el movimiento nacionalsocialista –sus miembros habían pasado de 27.000 en 1925 a 100.000 a finales de esa década–. Weimar era un polvorín. Con todo, la vibrante y liberal Berlín se mantenía relativamente aislada del peligro, y el Isherwood escritor, que contaba con el apoyo de todo un E. M. Forster –a quien consideraba su único maestro–, tenía un lugar donde desarrollarse.

La película Los amigos de Peter comienza con estas palabras del protagonista, interpretado por Stephen Fry: “Hay amigos que sabes que son para toda la vida. Estáis unidos firmemente por el amor, la confianza, el respeto o la pérdida. O, en nuestro caso, simplemente por la vergüenza.” Pese a que en los ambientes en los que se movía Isherwood muchas amistades se trababan tras los pesados cortinajes de El Rincón Acogedor a partir de la vergüenza o el ocultamiento que nacían de la homosexualidad, las de Christopher no se basaban solo en esa condición compartida. Como miembro de la élite cultural de su tiempo, la literatura y la política eran catalizadores inevitables de la amistad, más potentes si cabe en la ciudad donde el escritor se había instalado. Entre 1929 y 1933, los años en los que Isherwood residió en Berlín, amigos como Stephen Spender, Erika Mann o Jean Ross –la Sally Bowles de Cabaret–, junto a visitantes ocasionales como el férreo comunista Edward Upward, insuflaron en él un compromiso político inequívocamente antinazi.

En 1932 conoció a Heinz Neddermeyer, alemán, también homosexual y once años menor que él. Isherwood quedó prendado de él en circunstancias poco halagüeñas. En enero de 1933 Hitler fue nombrado canciller. Neddermeyer quería huir de su país para así evitar el servicio militar. En una Europa sin zona Schengen, esto no era sencillo: entre que los desertores alemanes eran vistos como criminales y que otras naciones ofrecían únicamente visados temporales –la concesión de la nacionalidad era un proceso que merece con justicia el adjetivo kafkiano–, los traidores como Neddermeyer quedaban en un limbo, sujetos al humor de funcionarios sobornables. Además, los países compartían entre sí listas de indeseables,lo que provocaba que cualquiera que figurase en estas pudiera ser capturado y devuelto. La picaresca permitía ciertas trampas, como la de Erika Mann, que, sabedora de que el régimen nazi iba a despojarla de su nacionalidad, pergeñó uno de esos matrimonios lavanda entre hombre y mujer homosexuales que luego tanto proliferaron en Hollywood. Se lo ofreció primero a Isherwood –que desechó la invitación– y luego a Auden –que la aceptó con entusiasmo–.

En mayo de 1933 Isherwood abandonó Berlín llevando consigo al prófugo Neddermeyer. En ese mismo mes los nazis, ya investidos de la fuerza del poder, irrumpieron en el edificio del Tiergarten del Instituto para el Estudio de la Sexualidad, que como centro corrupto y corruptor resultaba incompatible con el nuevo hombre alemán. Confiscaron varios ejemplares de su imponente biblioteca que luego lanzaron a una hoguera, alimentada ya por otras obras prohibidas.

Al albur de decisiones en despachos lejanos, Isherwood y Neddermeyer emprendieron una huida a ninguna parte con etapas en Grecia, Canarias, Cádiz, Gibraltar, Ceuta, Sintra –desde donde supieron de la sublevación de Franco en España–, Copenhague o Ámsterdam. De alguno de estos viajes queda constancia –novelada, pero indudablemente biográfica– en Down there on a visit, obra de 1962 recientemente publicada por Acantilado como Amigos de paso, y que abunda en el rescate del legado de Isherwood que la editorial lleva impulsando desde hace más de diez años. Otras obras biográficas como los Diarios de Sintra editados en Gallo Nero o Christopher y su gente, editado en su momento por Muchnik y, en la actualidad, desgraciadamente descatalogado, permiten conocer estos años turbulentos del escritor.

Las esperanzas de la pareja estaban depositadas en la concesión de la nacionalidad mexicana a Neddermeyer. Para ello, Isherwood confió la gestión a Gerald Hamilton, buscavidas de dudosa reputación, también homosexual. Sin embargo, la vida nómada de Isherwood y Neddermeyer a la espera de un salvoconducto se truncó en 1937, cuando este último fue apresado en Luxemburgo y retornado a su país. En Isherwood quedó, ya perenne, la duda de si el granuja Hamilton llegó en algún momento a mover algún papel por Neddermeyer o lo mantuvo engañado durante meses.

Separado de Neddermeyer, el rechazo de Isherwood hacia Europa y todo lo que esta representaba se acentuó. En 1938 viajó junto a su leal Auden hacia China para escribir sobre la guerra sino-japonesa. Surcando el Índico sintió lo que los personajes de Maugham y Conrad. El trayecto en barco y los viajes por China y Japón fueron la época en la que Christopher y Wystan, tan amigos y tan distintos, pasaron más tiempo el uno con el otro, y donde terminaron de perfilar qué sería de ellos en el futuro más inmediato. Para enero del año siguiente ambos estaban ya en Nueva York. Allí Auden escribió su poema 1 de septiembre de 1939. En ese año Isherwood publicó Adiós a Berlín. Quedaban todavía trece años para que conociese a Don Bachardy, el segundo gran amor de su vida. Estuvieron juntos hasta la muerte de Isherwood, de la que el pasado 4 de enero se cumplieron cuarenta años. ~


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