Los nietos del Ajusco

También el ámbito deportivo se vio enriquecido por el arribo de los exiliados españoles. Fundada hace más de medio siglo, una liga de futbol amateur, a la fecha, se conserva como estela de aquel legado cultural y como uno de los últimos nexos que las nuevas generaciones mantienen con sus ancestros.
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Muerta mi abuela, del exilio español me queda el futbol amateur. Desde hace quince años, juego en una liga llanera que me ha dotado de aferre y pertenencia, tanto o más que cualquier otra comunidad. Ahora que me encuentro en la frontera de la competencia y la veteranía, y que vislumbro el retiro o la desescalada, no sé si después de esto tendré algún otro vínculo con el exilio español tan continuado como durante años fueron las sobremesas con mi abuela –más mexicana que española– y luego las visitas semanales a los llanos del Ajusco. Y eso que, viniendo de donde vengo, es casi imposible no tener alguna conexión con el exilio: ahí estarán siempre García Lorca, Cernuda y María Zambrano, los libros de Era y Joaquín Mortiz, las canciones de Serrat, Lluís Llach y Paco Ibáñez, y las miles de anécdotas familiares. Pero, si bien en estas manifestaciones culturales la huella republicana es notoria, en los campos del Ajusco, donde cada sábado comprometo cuerpo y tendones, lo es menos.

No estudié en uno de esos colegios tan populares entre la clase cultural chilanga, aunque muchas personas juran que sí; incluso he escuchado a exalumnos del Colegio Madrid asegurar que yo iba una generación arriba o abajo de la suya, pero no es cierto. Sin embargo, la liga de futbol del Ajusco, que en su origen congregaba a los exalumnos de estas escuelas, ha secuestrado mis sábados más que cualquier otra relación o compromiso. Y aunque un pequeño porcentaje se obsesiona con mantener el legado del exilio, hoy, por fortuna, en los campos del Ajusco reina un mestizaje que excede a las clases medias y altas que acudieron a dichos colegios; en la cancha rigen otros códigos y otra tradición, y muchos de los acólitos ni siquiera saben de la escuela cuyos exalumnos se organizaron en pos de esta liga.

Podríamos decir que la huella del exilio en el deporte mexicano es vasta, pero, hasta donde llega mi pesquisa, sería falso. Hace poco Joaquín Díez-Canedo Flores publicó una extensa relación de los traductores que habían llegado a México debido a la guerra de España: José Gaos, Tomás Segovia, Wenceslao Roces; habiendo yo estudiado en la Facultad de Ciencias Políticas de la unam, me percato de que casi todo el corpus teórico, de franceses, ingleses y alemanes, son traducciones de los exiliados españoles. Luego, está la huella editorial: Séneca, Joaquín Mortiz, Era, Aguilar –la de las obras completas de Wilde o Dostoievski, que operaba en España y que por censura abrió una sucursal en México en la que, por cierto, trabajó mi abuela–, y la huella poética, y así en muchos otros campos, sobre todo académicos o humanistas, encontramos aquí o allá aportes célebres de esta diáspora. Sin embargo, en el deporte no ocurre lo mismo. Acá la huella del exilio es menor. Acá palidece. Y por más que lo intenté, no llegué a más. Subsanen este artículo aquellos expertos en tenis, atletismo y otros deportes olímpicos, y hagan un listado de figuras deportivas sobresalientes. Por mi parte, ofrezco pocos casos.

En 1937, con la Guerra Civil ya empezada, el País Vasco resistía a los embates franquistas. El presidente de Euskadi envió a su selección de gira por el mundo para hablar de la causa republicana y conseguir fondos. Una selección que era como los Globetrotters: enamoraban, convencían, derrotaban a cualquiera. En el Mundial de Italia 1934 habían participado con España –muchos jugadores eran los mismos, la mayoría del Athletic de Bilbao más algunos del Barça y del Madrid y uno del Oviedo, Isidro Lángara, fenómeno que brillaba en todos lados–. Aquella vez no ganaron porque se enfrentaron al equipo de Il Duce en cuartos de final. Mussolini estaba obcecado con que su selección demostrara grandeza; a sus jugadores los amenazó, lo mismo que a los árbitros y a otras selecciones. Además, Italia había nacionalizado exprés a otros jugadorazos argentinos y uruguayos para reforzar a los azzurri, y en el partido contra España lesionaron a siete, no ganaron en tiempo regular e hicieron un segundo partido para definir, en el que España llegó parchado.

Tres años después, los vascos recorren el mundo. Van a Francia, a Polonia, a la URSS. En la URSS son recibidos como héroes. Ganan todos sus partidos, excepto el último, que por lo visto era una obsesión tanto de Viacheslav Molotov como de Iósif Stalin: los vascos no se van hasta ser derrotados. Los rusos, futbolísticamente, se curtieron: hay quien divide la historia rusa futbolera en antes y después de la visita de los euskaldunes.

Finalmente, llegan a México y muchos no regresan al país gobernado por Franco. La liga mexicana de futbol profesional apenas empezaba. Había siete equipos; dos de ellos, de hecho, de raíces hispanas: el Centro Asturiano y el Club España. De los vascos, sobresalen Isidro Lángara: goleador en su país, en México, en Argentina; el día que desembarcó en Buenos Aires, jugó contra River Plate y en el primer tiempo anotó cuatro goles; Luis Regueiro, que jugó para el Asturias mexicano y el América, y cuyo hijo fue de los Pumas y representó a nuestra selección; Ángel Zubieta, que también sería entrenador de Pumas; Gregorio Blasco, mítico arquero, que formó a varios futbolistas en el país; y Guillermo Gorostiza: algunas fuentes dicen que sí vino a México y otras que no; si estuvo, me temo que su muy lejano primo José no fue a verlo por estar revisando las últimas versiones de Muerte sin fin.

El Barça también estuvo en el país, invitado por Lázaro Cárdenas. De los catalanes, algunos tampoco regresaron a territorio franquista. En México hizo carrera Martí Ventolrà; no volvió a su patria, pero lo fichó un equipo llamado Club España. Luego se fue al Atlante –con los colores de sus rivales catalanes, pues había salido del Espanyol– y fue goleador. Su hijo Pepe jugó en el Toluca y representó a la selección mexicana en el setenta. Es uno de los pocos casos –quizá el único– en que padre e hijo juegan dos Mundiales representando a distintas selecciones.

Después, de la misma región exiliada que dio tantos buenos futbolistas –y a la fecha–, otro juego de pelota tiene recorrido en México: el jai alai –en vasco: fiesta alegre–, o cesta punta. No llega con el exilio, pero sí se refuerza, pues es un juego muy representativo de Euskadi, y muchos de los exiliados españoles provenían de ahí. Jai alai: un deporte que se juega en frontón, en donde la pelota –hecha de goma de pino, de látex, de tamaño menor a una de beisbol, pero más dura y botona– se recoge en la cesta de mimbre y se lanza contra la pared del frontón; alcanza cientos de kilómetros por hora, a nivel profesional hasta 380. Por eso es el deporte más rápido del mundo.

Los pelotaris tienen apodos que sobresalen por fuerza o agilidad o radiografía mental. Son fuertes como caricaturas y ágiles como felinos, y nos gusta contemplar sus cuerpos tanto más capaces que los nuestros, como nos gusta que los cronistas nos narren sus hazañas. De los que llegaron durante la guerra española, destacan el Tarzán Ibarlucea o el Loco Izaguirre, y después existió la Chita Ibarlucea y el Popeye Guenetxea, quien me comentó: “México ha sido un padre del exilio.” Varios pelotaris se integraron acá; participaron de las competencias y de las apuestas, en que acudían al Frontón México lo mismo políticos que empresarios o actores como Cantinflas, además de que, una vez retirados, se dedicaban a formar a futuras generaciones en suelo nacional, en un deporte de raíces vascas muy notorias, tanto que se puso la regla de que la comunidad euskalduna no superara el 80% de los competidores.

Alguien que no llegó al país, pero merece un lugar en este recuento, es Margot Moles, una de las atletas españolas más destacadas durante la República. La nacida en Terrassa fue una campeona todoterreno –hockey, natación, esquí– y también pionera en el lanzamiento de disco. Aunque permaneció en territorio español, se apegó a los republicanos, como su familia que sí arribó a México a bordo del Sinaia. En España las deportistas fueran relegadas y Margot Moles se retiró cuando aún tenía carrera por delante. Otra figura que no llegó a competir en México, pero logró sobresalir en su tierra, fue la poeta Concha Méndez. Ganó certámenes de natación y cruzó con sus brazos como remos la bahía de San Sebastián; llegó a nuestro país ya retirada del deporte.

Por último, tenemos a la liga de futbol llanera del Ajusco, que se fundó en los setenta, y en la que originalmente era obligatorio que los miembros tuvieran nexo con las escuelas de exiliados; luego las reglas se relajaron y con que uno o dos miembros del equipo lo fueran bastaba, hasta que ya ni siquiera eso, pues nadie de mi equipo comparte ese pasado, y ya es una comunidad felizmente mestiza, en la que también conviven talacheros, o sea, futbolistas talentosos que habitan la frontera semiprofesional, donde cobran por lo bajo, en efectivo y sin seguro médico, y que elevan el nivel de la liga y meten la patita duro.

En dicha liga, los equipos se llaman obligatoriamente como un pueblo o ciudad española. Ha habido cierta originalidad y las grandes ciudades están excluidas; así, nadie se llama Madrid o Sevilla sino Almagro, Alicante, La Sierpe, Matalascañas, Palma, Atotxa, Alcorcón, Sahara. El Mixcoac es el único toponímico de este lado de la región, cuyo equipo lleva ese nombre porque ahí estaba el colegio que aglutinó a la liga, y también otros nombres interpelan a momentos clave de la historia republicana, como el Guernica o el Sinaia, nombre de uno de los barcos en que los refugiados llegaron al país.

Previo a esta liga y luego en paralelo, estuvo la española, nutrida por el exilio pero también por la colonia existente antes del desembarco republicano. El Asturias y el España salen de la Primera División mexicana por pleitos tanto en la cancha como en la tribuna, y fundan esta liga de muy buen nivel, donde hubo un par de equipos republicanos –por familia o por colegio de exiliados, como el Catalonia–, y donde jugaron elementos de la talla de Cuauhtémoc Blanco o Miguel España. Quizás el mejor equipo llanero al que me he enfrentado, entre muchos otros lugares, jugaba ahí: La Fama. Nada que ver con el exilio español; es más, a ojo de buen cubero, me atrevería a afirmar que, en sus setenta años de historia, nunca jugó ahí alguien ligado a esta diáspora. Formado en Tlalpan y en Peña Pobre, ganadores de la delegación múltiples veces, y fuente de talachas en varios lados y hasta de profesionales, aún recuerdo el toquín y el verbo amedrentador para dejar sentado a mi equipo en dos ocasiones. En su momento, hasta los comparamos con los buenos equipos de España de mis tiempos: la selección de Vicente del Bosque y el Barça de Pep Guardiola.

De las escuelas famosas fundadas por exiliados, una se borró un tanto del mapa: la Academia Hispano Mexicana. En su equipo de futbol estaban mi abuelo y Tomás Segovia. Tomás era portero. Para efectos de este artículo, me habría gustado pensar que jugaba bien. Un tío me dijo eso, y otro lo desmintió. En cualquier caso, en mi historia importan los puntos de fuga. El mismo punto de fuga que tiene la liga del Ajusco, es decir, un agujero en la endogamia. En mi familia empieza con mi abuelo. Mi abuela llegó con el exilio, y además como hija de un político e intelectual de renombre republicano, por lo tanto, pasados los primeros años de penurias y adaptación, recibió algunas flores en su comunidad. Pero mi abuelo era de Real del Monte, donde los ingleses jugaban futbol. Era hijo de asturianos. Su familia no era republicana, y como estábamos en una época de bandos pre-Guerra Fría, quienes no eran republicanos eran franquistas, según la absurda lógica dicotómica. Pero mi abuelo fue un rebelde, y esa rebeldía empezó cuando eligió un colegio al que nadie de su familia había ido; fue a la Academia Hispano Mexicana, compuesta por exiliados, donde se afianzó en la defensa central para proteger a Tomás de su no tan probada seguridad en el marco.

Me tocó merendar exilio cada domingo y hasta cierto punto me cansa. ¿De veras? En licenciatura, maestría y doctorado he tenido que rendir cuentas con mi legado, así sea tangencial. Para mí fue un tema omnipresente, y eso que no estudié en una escuela como las ya mencionadas.

Hace una o dos décadas, cuando el traductor de Pere Calders al español mexicano, Carlos Guzmán Moncada, le propuso a un editor de Siglo XXI algunos autores para una colección, englobados en dos o tres categorías (una de ellas el exilio español en México), el editor –él mismo proveniente del exilio– respondió que “ya chole” con el tema.

Con cierto dolor que no es del todo mío, a veces suscribo la frase. Como sea, me pregunto constantemente qué hacer con esa huella de algo que no viví. ¿Nos toca a los nietos o bisnietos perpetuar esa memoria, o ya chole? En mi caso, ¿basta con calzarme los tachones y acudir cada sábado al Ajusco?

El futbol que practico confronta y amalgama en torno a una pelota y un pasado que en algún momento tuvo línea directa con estos transterrados; mi vida en México no tendrá tanto que ver con la guerra de España y sus efectos, pero en mis múltiples memorias de los campos del Ajusco guardo una foto en la que, sudado y con espinilleras, abrazo a mi abuela, la muy republicana y exiliada, la única vez que subió al monte. ~


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