Puede obtenerse la idea de una trama en las páginas de Fiebre, el último texto de Gabriel Wolfson (Puebla, 1976): termitas invaden la biblioteca de una casa habitada por un matrimonio. La relación entre los insectos y la domesticidad marital sugiere algunas interpretaciones. Una superficie es físicamente carcomida por unos insectos a los que la pareja no percibe. Al contrario, siguen encontrando grietas en el piso de duela a pesar de que han sido contratados exterminadores. ¿Las termitas, entonces, simbolizan algo? ¿Algo inquietante que subyace en la convivencia cotidiana de los dos individuos? ¿Su relación aparenta cierta estabilidad, pero en realidad está siendo devorada? En algún momento, aquello se plantea como un punto de partida narrativo: “Como calle en descenso resbaloso, como ropa seca, alguien secamente plantea: ¿es la invasión de termitas en la casa de ese otro una metáfora de su vida conyugal?” Se concede esa vía exegética: “del matrimonio se pueden buscar o esculpir o proyectar metáforas, rasgar metáforas, hallarlas debajo de esa piel o esa pared tan afectuosa y hogareñamente descascarada”. Posteriormente, para inquietud del lector, se niega la certidumbre que ofrece una metáfora más bien obvia: “He aquí nuestra declaración: no hay trampa ni hay metáfora. He aquí nuestra declaración ampliada: no hay trampa puesto que no la hay y puesto que si la hubiera no hay forma de demostrarlo, y no hay metáfora ni huella de metáfora.”
¿De qué trata Fiebre, entonces? El epígrafe con que abre el texto es de Walter Benjamin, y habla sobre las operaciones mentales y motrices que, una vez aprendidas, no pueden ser desasimiladas: “Puedo también soñar del mismo modo como aprendí a caminar, pero no es cosa que me sirva de mucho. Ahora sé caminar; no podré aprenderlo nunca más.” Compuesta por un párrafo de sesenta y dos páginas seguido de una oración simple, la prosa de Wolfson constituye una indagación sobre el ejercicio paradójico de narrar. Por un lado, es imposible para la escritura otorgar los apoyos que guíen el entendimiento de los lectores, como lo es un símil fácilmente desmontable: el que se establece entre las termitas y la pareja. Por otro lado, iniciar la narración desata una serie de consecuencias que, de menos, afectan los espacios y personajes de la ficción: sí “hay resultados físicos, huellas nunca metafóricas” sobre la duela; sí hay marcas de termitas que no ceden ante los gases tóxicos, contratiempo que orilla a la pareja a mudarse momentáneamente a un hotel y a sospechar de unos muebles que fueron adquiridos en una tienda especializada de antigüedades. Una vez se comienza a caminar, no se puede volver a un estado anterior; una vez iniciado, el acto de narrar enrarece los hechos, a pesar de que no se cuente con demasiada información que permita afirmar que los personajes tengan una convivencia ríspida y que la casa sea el repositorio de su callada desesperación.
“La tentación de interpretar, extrapolar, metaforizar, es muy grande”, nos repite la voz narradora. No obstante, la diégesis está siendo organizada mediante dispositivos lingüísticos, soportes que van ensamblando los episodios y las digresiones. Se tienen unas fichas que contienen información sobre las termitas, las cuales, conforme avanzan las páginas, dejan paulatinamente el tono enciclopédico y van insertándose en una poesía en prosa que pasa de lo descriptivo a lo más lírico. Dos ejemplos: esos insectos de especie obrera van “disminuyendo su cuerpo hasta que solo queda su arrugada piel”. La anteposición del adjetivo arrugada a su sustantivo resultaría toda una licencia en un libro sobre termitas. Más adelante, las fichas revelan su mensaje de la siguiente forma: “los comejenes se apoderaron de la biblioteca oigo su áfono rumor el canto cero de las termitas”. Los espacios en blanco entre los enunciados, mayores que en otros renglones, semejan una disposición entre versos y no entre pedazos de información vertidos en esa suerte de acordeón que el narrador baraja constantemente.
Igualmente, los libros estimulan las bifurcaciones del texto. “La imagen es la siguiente: ante cualquier pregunta, la esposa lectora no entrega respuestas, entrega libros.” Los volúmenes que conforman la biblioteca son acumulados por la mujer y, además de representar sus propios hábitos de “lectura divagatoria”, dan algunos contornos al sentido de Fiebre. Con las fichas y los libros se crea un montaje que da una “ilusión de orden”. Incluso, activan reflexiones sobre el lenguaje y la comunicación. La voz narradora se resigna a que no se puede “hacer mucho más que buscar las palabras raras en el diccionario, ajustarnos a la definición, plegarnos a ella”. Sin embargo, el hombre recuerda, ante los libros y las fichas, el día en que “aprendió a leer y escribir viendo a su hermano mayor aprender a leer y escribir”. Esto trajo consigo que, desde ese momento, pudiera descodificar los signos y, de manera irremediable, “la palabra escrita sobre la mesa” comenzara a representar, de hecho, a una mesa. Pero, a la manera de la melancolía de Benjamin por los estados anteriores al aprendizaje, el hombre se cuestiona: “¿o no es cierto […] que a veces te lamentas de no conocer la sensación de aprender a escribir y a leer, no conocer el estado de no saber hacerlo ni el tránsito de ese estado al opuesto?”.
Así como el acto de narrar, la lectura y la escritura son operaciones irreversibles una vez que se asimilan y se emprenden. Los libros, las fichas y los trazos sobre una hoja en blanco comienzan a ser evidencias del vértigo que trae consigo el lenguaje, provocado por el infinito de “una tarjetita junto a otra tarjetita junto a un libro junto a otro libro encima de otro libro”. Una vez se comienza a narrar, no se puede borrar lo que ya se ha escrito y leído, y dicha acumulación de oraciones acarrea un vacío semejante al hueco subterráneo de las termitas, la contundente “prueba de la incomunicación de la especie”, su grado/canto cero.
La edición de Impronta se piensa a sí misma como un objeto: quinientos ejemplares numerados con una caja de texto formada con linotipos. Fiebre es, además, un texto confeccionado con paciencia por uno de los formalistas más afinados de la literatura mexicana contemporánea. ~