Pasado, presente y futuro de Canadá

Breve historia de Canadá

Jean Meyer

Libros de la Catarata

Madrid, 2025, 214 pp

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Aunque ya lejana en el tiempo, aquella temprana impresión que tuvo don Luis González y González acerca del jovencísimo historiador francés que llegó a México, hacia el año de 1964, para estudiar la guerra cristera, cuyas secuelas se mantenían prendidas –en algunos casos todavía en estado incandescente–, vale la pena tanto ayer como hoy: “Creyó en la conseja de que solo hablando con ella es posible entender a la gente. Por medio de andar e inquirir, a través de la contemplación, de la lectura y de la plática, supo cosas de los mexicanos que sus colegas de los institutos de alta cultura ni se las olían.”

Viene a cuento la afectuosa remembranza de don Luis porque, desde entonces, Jean Meyer no ha dejado de escribir esclarecedores libros de temas varios, ninguno que resulte carente de importancia ni urgencia históricas: sea la posición de los católicos estadounidenses respecto a México entre 1914 y 1936, sea el sinarquismo, Rusia y sus imperios, el antisemitismo europeo entre 1880 y el estallido de la Gran Guerra, o bien la controversia que arranca en 1504 y resultado de la cual implosiona “el gran cisma” que escindió al cristianismo entre las dos iglesias de Oriente y Occidente. Antecedido por la biografía del líder del pueblo métis y fundador de la provincia de Manitoba, Louis Riel, El profeta del Nuevo Mundo (2022), el vigoroso e infatigable historiador está de regreso. Para decirlo con su maestro: se fue a enterar Jean Meyer de cosas de los canadienses que sus colegas de los institutos de alta cultura mexicana y canadiense tampoco se olían, y presenta ahora la que resulta una imprescindible Breve historia de Canadá.

Hasta 1994, año en que se firmó el Tratado de Libre Comercio, el lector de aquellos años solo tuvo a su disposición, publicada a la carrera por el Fondo de Cultura Económica, la disfuncional antigualla compilada por Craig Brown, La historia ilustrada de Canadá, un tabique que reunía las contribuciones inconexas –cajones apartados que ni siquiera acomodados uno tras otro lograban dar cuenta cabal de una historia nacional compleja y no exenta de enredos– de una multitud de historiadores cuya suma final, a pesar de sus 664 páginas, no sobrevivió la prueba del tiempo y terminó por esfumarse incluso en la propia historiografía canadiense. Un año antes, en 1993, como preparando el camino, el Fondo publicó un libro, ese sí notable, y que de hecho recupera Jean Meyer: La división continental. Los valores y las instituciones de los Estados Unidos y Canadá, cuyo autor, Seymour Martin Lipset, era miembro del distinguido club de sociólogos de la política y la cultura del cual formaron parte Reinhard Bendix, David Riesman, así como los colaboradores de las revistas Plural y Vuelta Daniel Bell e Irving Howe.

Sostengo, entonces, que, por el amplio scope o arco histórico, la Breve historia de Canadá lleva al lector más allá de la fecha de su publicación y que su concisión histórica también se traduce en un mapa que prefigura el futuro y retos que tienen ante sí los canadienses; es decir, trascurridos varios desastrosos meses del arranque de la segunda administración de Donald Trump y una vez iniciado, el 14 de marzo de 2025, el gobierno del liberal Mark Carney, quien parece estar erigiéndose en el estadista de su tiempo, un sólido liberal no precisamente del Estado de bienestar canadiense sino un liberal en dos vertientes que no están en el adn de su partido: su británica y trasatlántica forma de concebir el liberalismo y sus dotes de economista con ideas claras –más cercano al liberalismo heterodoxo, necesario y capaz de adaptarse a los gigantescos desafíos que se presentan una vez franqueado el primer cuarto del siglo XXI.

Empero, es indispensable regresar a la parte más rica, notable y difícil de hilar para cualquiera que se arroje a las aguas torrenciales y gélidas en la historia temprana de Canadá como lo hace Jean Meyer. Me refiero al cuidadoso e inteligente desgrane de las “seis inevitables etapas históricas” –según las llama el autor– en la formación, desarrollo, consolidación y deudas históricas pendientes a la fecha, con las Primeras Naciones de Canadá; a saber: “las Primeras Naciones hasta el contacto con los europeos, Nueva Francia (1663-1763), la América del Norte británica (1763-1867), la confederación y la expansión (1867-1914), el primer siglo XX y las crisis de crecimiento (1945)”.

No hay espacio aquí para comentar cada uno de los seis inexorables periodos marcados por Jean Meyer –no por ningún tipo de inevitabilidad histórica al modo de E. H. Carr, sino por, entre otros motivos, “la inmensidad del país”, “los retos físicos y climáticos”, entre otros–. Baste decir que en cada una de dichas etapas se presentan el tipo de problemas y limitantes, tanto de índole interna como extracontinentales; ejemplos: el imposible –y a la postre forzado, violento– acomodo/sometimiento entre las Primeras Naciones y el avance de las iglesias protestantes en el caso de los colonos ingleses y católica en el caso de los franceses; o bien las disputas europeas como la Guerra de los Treinta Años que derivó en la Paz de Westfalia (1648) y en un nuevo orden de Estados soberanos, así como asuntos con el vecino del sur que solo pudieron ser dirimidos con la guerra de 1812 entre Canadá y la república estadounidense, sin descartar aquellos conflictos de alcance global que impactaban y desestabilizaban los esfuerzos por consolidar, a pesar de las diferencias y coincidencias políticas entre colonos ingleses y franceses, a Canadá como una colonia o Dominio de Su Majestad, unificada e integrada. Me refiero a los juegos encubiertos y de larga tirada en los que participaban las grandes potencias europeas –principalmente la Gran Bretaña victoriana y la Tercera República una vez derrotado y exilado Napoleón III– en contra de Rusia y los afanes expansionistas del zar Alejandro III en el Asia Central, desde Kabul hasta Kandahar, Teherán, los desiertos de Kerman y Helmand (historia ejemplarmente contada por Peter Hopkirk en The great game. On secret service in High Asia, 1990).

Como historiador que entiende el peso del pasado, Jean Meyer no omite advertir que “en los años que vienen, Canadá se enfrentará a varios retos mayores”, entre ellos, la política expansionista de Trump, que amagó con convertir a Canadá en el estado 51 de la Unión Americana. La reciente victoria electoral del Partido Liberal, el 13 abril, antecedida por la defección que diezmó a los conservadores y al Nuevo Partido Democrático, de corte progresista, ya más bien ornamental, le ha otorgado al primer ministro Carney la mayoría y solidez parlamentaria para poner en práctica su mundialmente comentado discurso en Davos y hacer una declaración, difundida por Reuters el domingo 19 de abril, históricamente inaudita en las relaciones entre Canadá y su vecino del sur desde al menos la Primera Guerra Mundial: “Los vínculos estrechos de Canadá que antes fueron una fortaleza, ahora se han convertido en una fuente de debilidad para el país.”

Por no recurrir a retórica anestésica alguna, el discurso de Carney en Davos entusiasmó a buena parte de la comunidad de naciones que padecen a Trump: “Permítanme ser directo: estamos en plena ruptura, no en plena transición […] Las y los canadienses comprenden que nuestra concepción tradicional y tranquilizadora de que nuestra situación geográfica y nuestras alianzas nos garantizaban automáticamente la prosperidad y la seguridad ya no es válida.”

Al final de una vasta historia concentrada en poco más de doscientas páginas, Jean Meyer presenta una apuesta a futuro no menos desafiante que la formación de ese inmenso y desconocido país para los mexicanos: “Queda la amenaza del cambio climático, que se manifiesta ya con el Gran Norte y puede causar la desaparición de muchas especies animales y vegetales, y amenazar el estilo de vida de los inuit, de las Primeras Naciones y de los métis.”

Canadá, me consta, es un país demasiado grande: contiene varias naciones, culturas, formas de vida, además de ser el principal bastión de la democracia en nuestro hemisferio. Ojalá las amenazas se disipen. ~


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