En Uruapan hay muchas historias sobre Rita Carrión “la diabla”. Entre las más conocidas se encuentra aquella que sugiere que esta mujer pasaba la mayor parte de sus días en la parroquia de San Miguel, se sentaba cerca del arcángel y durante mucho tiempo los feligreses pensaron que era devota del angelito, hasta que descubrieron que, en realidad, al que le rendía culto era al “diablo”.1
Rita Carrión dormía siempre con una garra de tejón bajo la almohada. “Ella misma sabía preparar amuletos”, casi siempre tenían de base pequeñas piedras sacadas del río Cupatitzio o raíces con formas extrañas. “Ella era bruja, tenía una gran colección de amuletos y de máscaras.” Un artesano de Tócuaro2 iba a visitarla con frecuencia y siempre le llevaba una nueva máscara del diablo.
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En el siglo XVI, uno de los hombres que acompañaron a Cristóbal de Olid en la exploración de la ribera de Pátzcuaro se encontró en el bosque un altar dedicado a Curicaveri.3 Acostumbrado a ver ya diferentes dioses paganos, al principio no le prestó atención; parecía simplemente una fogata, leña de encino a medio consumir, algo de humo, piedras y flores. Pero, conforme se fue acercando se dio cuenta de que en medio del fuego sobresalía una figura “grotesca”, no había duda para él, “se trataba del diablo”.
Su interpretación no podía ser otra, hijo de la cultura barroco-renacentista, la imagen del diablo atravesaba cada centímetro de su ser. El dios de los p’urhépecha emergía del fuego, tenía un aspecto híbrido, probablemente era cornudo como un axuni (venado), enorme, rojo. Era el fuego mismo que a veces se antropomorfizaba para acercarse a los suyos.
En la página de difusión del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) se encuentra catalogada una imagen como Curicaveri (Ch’upiri k’eri), descrito como dios de la lluvia, muestra ojeras grandes y bigotes y tiene forma acuosa. Pero ese no es Curicaveri, pues, como su nombre mismo lo dice, Curicaveri está vinculado con el fuego, kuricani (v. ‘hacer fogata’). Podemos intuir que su aspecto era tenebroso. El fuego es poder, sus llamas pueden destruir todo, pero también es capaz de proteger y purificar, con la dosis precisa, incluso cauteriza heridas.
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En el llamado Códice Magliabechiano,4 folio 84r., aparecen representados sacerdotes indígenas que están ingiriendo plantas y probablemente fumando tabaco. Entre los p’urhépecha, los sacerdotes conocidos como ch’upiri pats’ari (los que guardan el fuego) tenían permitido fumar porque era una manera de comunicarse con su dios. “Los hombres se alimentaban de humo como los dioses.” Pero, para los primeros exploradores de América, el acto de fumar tabaco tenía un sentido diabólico, “solo Satanás podía conferir al hombre la facultad de expulsar humo por la boca”.5
La Herba nicotiana fue inmediatamente vinculada con el diablo. Incluso, hay estudios que sugieren que uno de los hombres de Cristóbal Colón, llamado Rodrigo de Jerez, vio a un indígena en la isla de Cuba fumando hoja de tabaco y quedó fascinando. Algunas versiones sostienen que él y su compañero Luis de la Torre adoptaron esa práctica, y cuando Rodrigo de Jerez regresó a su natal Ayamonte causó gran asombro y alarma entre sus vecinos, pues “nunca habían visto a una persona exhalar humo por la boca y nariz”.6 Algunas mujeres corrieron hacia la parroquia del pueblo para acusarlo y pronto llegó la Inquisición por él.
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A finales del siglo XIX se produjo una turba en las inmediaciones de la Charanda. Entonces, este sitio se encontraba a las afueras de Uruapan. Estaba lleno de cañaverales, maizales y árboles de aguacate criollo. Eran los territorios de Rita Carrión. En su libro, Michoacán. Paisajes, tradiciones y leyendas (1900), Eduardo Ruiz la describe como “una india de raza pura, hermosa, de ojos oscuros y brillantes. [En aquellos años en los que ocurre la turba] Rita tendría unos treinta años, estaba en la plenitud de la vida”.7
Había demasiados rumores de que en su casa, allá, en las faldas del cerro de la Charanda, ella guardaba una imagen. Una figura que había sobrevivido a los trágicos días de la destrucción de las deidades realizada por Nuño de Guzmán durante la segunda expedición española a la tierra de los p’urhépecha.
Habían pasado ya siglos desde que los españoles habían destruido los sitios de culto de los p’urhépecha, habían quemado recintos, imágenes, y la piedra que alguna vez brilló entre las yácatas (pirámides) había sido reutilizada en la construcción de la catedral de Pátzcuaro y algunas iglesias y capillas. Pero en los años siguientes a la destrucción y, sobre todo, tras la llegada de los primeros frailes y el inicio de la evangelización un joven artesano p’urhépecha realizó una escultura del arcángel San Miguel y colocó bajo sus pies la derrotada figura de Curicaveri (Ch’upiri k’eri).
La imagen estaba rodeada de fuego. Esa escultura fue enviada a una de las primeras haciendas que se establecieron en Jurío (Tierra Caliente) y después no se supo más. Hasta que a mediados del siglo XVIII, específicamente el 29 de septiembre de 1759, a unos 50 kilómetros de Uruapan, el volcán Jorullo hizo erupción destruyendo todo a su paso. El volcán nació en las tierras de la hacienda Jorullo, propiedad de José Pimentel. En la capilla de esa hacienda estuvo, al parecer, durante más de dos siglos la escultura del arcángel San Miguel que tenía bajo sus pies la imagen de Curicaveri. El dios del fuego de los p’urhépecha había sobrevivido emulando al diablo.
Pero, tras la erupción, la lava comenzó a devorarse todo a su paso. El fuego líquido se extendió sobre las tierras del Jorullo. Pronto, consumiría también la capilla de la hacienda. Pero, nuevamente, la escultura volvió a salvarse. Tenía algunas quemaduras, pero estaba completa. En la hacienda del Jorullo, la escultura de Curicaveri fue separada del arcángel y llevada a la ciudad de Uruapan. Durante casi un siglo seguiría a salvo, bajo el resguardo de la familia Carrión. Rita era su sacerdotisa. Por eso la llamaban “la diabla”.8 Y porque era una mujer muy hermosa, libre e inteligente. A diferencia de las mujeres de la época, Rita Carrión fumaba tabaco. Lo hacía sobre todo en su casa, pero lo que la gente no sabía es que se trataba de una práctica ritual; al igual que los sacerdotes indígenas de antaño, Rita Carrión fumaba para comunicarse con los dioses destruidos.
Los indígenas bajaban de las montañas, de la meseta y llegaban a casa de Rita Carrión, con pretexto de vender pieles, cabezas de venado, hasta gallinas, pero, en realidad, iban a ver su antiguo dios. Esto, a finales del siglo XIX, ya era un secreto a voces. La vida misma de Rita había comenzado a verse como escandalosa para algunos habitantes de Uruapan, que ya se habían olvidado de los dioses antiguos; se habían entregado a un dios ajeno, de otra cultura y de otro territorio. Habían sido espiritualmente conquistados.
En las últimas décadas del siglo XIX, tal y como lo narra Eduardo Ruiz, una turba de católicos entró a la casa de Rita Carrión, allá en la Charanda. El párroco que la dirigía amenazó con destruir todo, quemar todo, si Rita no les entregaba al diablo. Y fue ahí, en las faldas del cerro de la Charanda, donde ardió la última imagen de Curicaveri.
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En los barrios antiguos de Uruapan, es decir, los barrios de origen p’urhépecha, se narra otra historia. Unos días antes de que la turba de fanáticos entrara a la casa de nana Rita para amenazarla y destruir al dios p’urhépecha, la llamada “diabla” había hecho una figura de barro, de charanda (tierra rojiza) a imagen y semejanza de aquella deidad. Nana Rita había entregado a Salustiano, un joven indígena que bajaba de la meseta, esa copia de Ch’upiri k’eri.
¿Quién era ese joven?, ¿de qué pueblo era? Me gusta imaginar que era Cocucho, Ocumicho, Charapan, otro pueblo cercano. Y que esa figura que Rita Carrión envió a la meseta fue la que “se le apareció” en el bosque, en las siguientes décadas, al artesano Marcelino Vicente,9 oriundo de Ocumicho, y le dijo que hiciera copias de él, muchas copias. Tantas como fuera posible. Me gusta pensar que las japinguas (conocidas también como diablitos de Ocumicho) son en realidad una herencia que nos dejó Rita Carrión, “la diabla”. ~
- Tradición popular.
↩︎ - Tócuaro es un pueblo de la ribera de Pátzcuaro dedicado a la creación de máscaras.
↩︎ - Dios de los p’urhépecha, conocido también como Kurhikuaeri, Ch’upiri k’eri (el gran fuego).
↩︎ - Este códice perteneció a la colección de Antonio Magliabechi (Florencia, 1633-1714), actualmente se encuentra en la Biblioteca Nacional de Florencia. Se puede consultar en línea.
↩︎ - Cf. Idem.
↩︎ - Cf. Antonio Escohotado, Historia general de las drogas, Madrid, Espasa-Calpe, 1989, p. 68.
↩︎ - Cf. Eduardo Ruiz, Michoacán. Paisajes, tradiciones y leyendas, México, 1940, p. 740.
↩︎ - Cf. Eduardo Ruiz, op. cit.
↩︎ - Existen muchas versiones, pero todas coinciden en que este artesano se encontró al diablo en el bosque. ↩︎