Si uno se limitara a leer el prólogo de esta Antología personal para saber quién es Luis García Montero (Granada, 1958), creería que es un poeta mexicano, estudiante de excelsos hispanoamericanos y, en consecuencia, de los grandes mexicanos: José Emilio Pacheco, Bonifaz Nuño, Jaime Sabines. Él lo reconoce y el prologuista, Marco Antonio Campos, así lo confirma: nadie en la península “ha mantenido un diálogo más sostenido” con la poesía latinoamericana y mexicana que García Montero.
En los años ochenta y noventa García Montero practicaba una variante soft de la poesía civil. Algo que, en un volumen de ensayos editados en coautoría con Antonio Muñoz Molina, el poeta cabeceaba sin recato: “Observaciones en defensa de una poesía para los seres normales” –subtítulo de su ensayo “¿Por qué no sirve para nada la poesía?” (1993)–. En esa época de tecnocracias enloquecidas, los poetas de la experiencia reivindicaban y se comprometían con la salud de una lírica confiada y natural, lo más distante posible de los juguetes enrarecidos de los “novísimos”, la generación inmediatamente anterior que había vapuleado a la poesía social de posguerra (abanderada por Blas de Otero, quien escribió Pido la paz y la palabra en pleno franquismo). Según José María Castellet, antologador de los “novisímos”, al grupo lo integraban seniors como Vázquez Montalbán y Martínez Sarrión, más una hiperactiva coqueluche: Pere Gimferrer, Félix de Azúa, Leopoldo María Panero, etc. Por su parte, la Poesía de la Experiencia estaba compuesta, entre otros, por Javier Egea, Juaristi, Benítez Reyes y el más famoso, Luis García Montero.
Precisamente el mismo año de este ensayo en favor de la poesía salutífera, García Montero se consolidó como uno de los poetas más leídos y reconocidos gracias a su libro Habitaciones separadas, que obtuvo el Premio Loewe 1993. El jurado estaba presidido por Octavio Paz, Luis Antonio de Villena y uno de los “novísimos”, Pere Gimferrer, nada menos. Paz destacó entonces una característica que García Montero ha conservado hasta nuestros días: “Tono sostenido, poderosa nostalgia, emoción delicada que no alza la voz, poesía escueta, ceñida, Habitaciones separadas es la obra de un poeta joven, pero ya importante. La poesía de Luis García Montero indica una de las tendencias más valiosas de la lírica española contemporánea, esa línea que se ha llamado ‘poesía de la experiencia’.”
Entre Habitaciones separadas y su más reciente título han transcurrido tres décadas en las que el autor ha publicado casi quince libros, un total difícil de condensar en una selección más bien breve como esta Antología personal. Tal vez por ello García Montero optó por un orden simple pero considerado con el lector, quien debe orientarse entre apenas tres apretadas secciones: 1. “Palabra”, 2. “Edad” y 3. “Amor”. De ellas, quizá la más significativa sea “Edad”, cuyo nombre no oculta el tópico clásico del paso del tiempo, del poeta con la experiencia suficiente para un recuento y el juicio personal. García Montero nunca ha eludido el testimonio e, incluso, la confesión autobiográfica, voluntariamente prudente pero a la vez viva. Y uno agradece –debo subrayar– la expresión directa con la que ofrece algunos de los momentos de esta biografía y su experiencia, la tensión entre el interior y el exterior.
El narcisismo del arte abandonado a los dominios del arte, en el fondo un narcisismo muy burgués y muy siglo XIX, ha dejado también muchos lastres pesadísimos en manos de las infanterías literarias. Irrita ver el desparpajo de los que dicen romper el lenguaje, desestabilizar los géneros, despreciar los gustos, entretenidos muy a su sabor con ellos mismos, tal vez porque desconocen ese humilde laboreo artesanal de la literatura destinada a gustar, a dar satisfacciones y a sentirse querida.
El fragmento pertenece a ¿Por qué no es útil la literatura? (1993) y no hay duda de quién asume la fortuna o la desgracia de sus palabras. En este sentido, los poemas de la sección “Edad” son los más personales y están dedicados al círculo filial o a esa familia extendida de la amistad y los maestros (Machado, Alberti, Cernuda, Lorca, etc.). Por mi parte, admito que los poemas de “Edad” me devuelven intactas formas de la poesía que el cinismo de la época no puede sino ignorar o desestimar con incredulidad. “Pero el río sin agua / también puede llegar a desbordarse, / y a tu lado me busca / esta vieja nostalgia de ser bueno, / de no ser yo, / de conocer al hijo que mereces” (“Madre”). Y así como el tema es la madre, el padre aún mantiene contra la edad del hijo una potestad entera: “Entre tú y yo, el árbol del orgullo / suele brotar en un jardín selvático, / entre raras especies / que viven al amor del exotismo. // Pero el norte y el sur son dos gotas de agua. Voy a decepcionarte también en mi vejez” (“Coronel García”). Por supuesto, el fiel de la balanza no es otro que la continuidad y el vínculo, el hijo como enigma y un fin en sí mismo: “Nadie comente, por favor, / que acabo de escribirle un poema. / Los hijos crecen con espinas. / Nunca sé imaginar / lo que pueden decir de lo que digo, / lo que puedan pensar de lo que pienso, / lo que puedan hacer con lo que hago” (“Los hijos”).
Aludí antes a la tensión de la experiencia y, digamos, su coyuntura. En este sentido, sería un error creer que esta sensibilidad solo vive volcada sobre las formas de una subjetividad elocuente. Desde sus inicios, al yo de la poesía de García Montero lo ha acompañado la conciencia de un nosotros. Lo que ha cambiado, en todo caso, es que esa conciencia ahora se desdobla, multiplicando y acentuando los ejemplos de sus adhesiones; una voluntad política enlazada, precisamente, con la expresión (la palabra) como una poética y un compromiso. Según vimos, la primera sección de esta Antología personal se titula “Palabra” y la última “Amor”. Entre ambos extremos, el poeta “de la experiencia” afirma una explícita “Defensa de la política”: “Y qué decir de ti, / amiga mía, / compañera de curso en la Universidad / y más tarde serpiente vigilada / en las conversaciones, / igual que una epidemia por las calles. / Y qué decir, / sino que te conozco desde hace muchos años / y vivo de tu parte.” La palabra como posibilidad pero también como límite: la palabra no es inocente sino algo vivido y aún vivo; por su parte, no es que el amor se vuelva político sino que educa una sensibilidad política: lo político no sustituye lo íntimo sino que nace de él.
En años recientes García Montero asistió a una reunión de Mondiacult, las Conferencias de Chapultepec 2022 organizadas por la UNESCO con México como sede, en la que participaron funcionarios junto con aliados políticos y culturales del anfitrión: Jeremy Corbyn, Franco “Bifo” Berardi, Fabrizio Mejía Madrid, Clara Brugada… Su charla en ese contexto se tituló “Salvar la poesía, salvar el mundo”. En ella dijo: “Me voy a atrever a reivindicar la poesía como algo que tiene que ver con la salvación del mundo y con el compromiso del mundo, porque la poesía es una alianza histórica con nuestras lenguas maternas y, en ese sentido, la poesía nos compromete con las realidades más profundas.” Los enemigos son, según García Montero, la mercantilización neoliberal generalizada y, acompañando necesariamente a esta, la cultura de la inmediatez, la degradación del lenguaje con amplio margen para la posverdad, la pérdida de la comunidad y el sentido de pertenencia necesario para la convivencia, deshumanización e individualismo extremos, etc. Al parecer, su defensa de una palabra responsable y de una ética de la convivencia puede leerse como una toma de posición frente a la degradación del lenguaje público, incluso cuando se enuncia desde espacios promovidos por instituciones estatales que han hecho uso sistemático de esa degradación. Ya se sabe, las bodas de la poesía y la coyuntura no siempre son amigas de la equidistancia crítica. ~