Un mundo de revistas

Las revistas tales y como las conocemos están a punto de desaparecer. En lugar de lamentarse, es momento de reinventarlas y continuar una de las tradiciones más sólidas en América Latina.
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Una revista implica pluralidad, variedad. Un conjunto heterogéneo de personas unidas por el gusto, o el disgusto, deciden expresar la suma de sus particularidades en una revista. “La única manera de hacer una revista es que unos jóvenes amen o detesten algo con pasión. Lo otro es una antología” (Borges).

Las primeras revistas fueron teatrales, un subgénero de la comedia a finales del siglo XIX. Su distintivo: la variedad: unas bailarinas seguidas de unas tiples seguidas de un mago seguido de un declamador seguido de un sketch cómico seguido de más bailarinas, etcétera. El teatro de variedad semifamiliar para los domingos después de la comida con un programa de varias horas para muchos tipos de público.

Las revistas literarias modernas nacen de esa idea. Ofrecen variedad. Ensayos seguidos de artículos breves seguidos de poemas seguidos de entrevistas seguidas de reseñas seguidas de notas variopintas seguidas de más poemas, etcétera. En el siglo XIX hubo gacetas, semanarios, calendarios, misceláneas, periódicos, diarios, no revistas. Estas comenzaron a aparecer a principios del siglo XX. Los movimientos dadá y surrealista son impensables sin revistas.

Revistas: vehículos de difusión de un grupo de amigos o de personas que tienen gustos afines. Diferentes a los magacines (que incluyen temas frívolos y abundantes fotografías) y a los suplementos (adosados a un diario y condicionados por la actualidad). Hay excepciones, como La Antorcha de Karl Kraus que fue la revista de un solo hombre. Hay revistas que fundan un grupo de amigos, las abandona, otro grupo afín las retoma y las vuelve a abandonar, y un tercer grupo de amigos las vuelve a retomar –es el caso de la Revista Mexicana de Literatura (1955/65) y sus tres épocas: la primera dirigida por Emmanuel Carballo y Carlos Fuentes, la segunda por Antonio Alatorre y Tomás Segovia, y la tercera por este y Juan García Ponce–. Hay revistas espurias, como la segunda época de la revista Plural. Cada revista marca sus propias modalidades, y estas son definidas por las simpatías y diferencias del grupo, por los pleitos, las traiciones, las deserciones y un largo etcétera. Las revistas nacen, generan pocos o muchos números y mueren.

Existe una gran tradición de revistas literarias modernas en el orbe hispánico. Baste recordar Sur, Orígenes, Espuela de Plata, Contemporáneos, Revista de Occidente, Taller, Hora de España, El Hijo Pródigo, Plural, Vuelta. Revistas capitales en la historia de la cultura y de la literatura de sus respectivos países. Vistas en retrospectiva, las revistas nos revelan gustos de época, nos señalan a favor de qué y en contra de qué estaban los editores de las publicaciones. Esas revistas forman parte de nuestra tradición literaria, definieron el gusto de una época, ya sea por aceptación o por rechazo. ¿Cuál fue la revista del boom? No fue Libre, atada por múltiples intereses ideológicos. Quiso serlo Mundo Nuevo, la revista de Emir Rodríguez Monegal, pero la acompañó la mala sombra de su financiamiento. Tampoco Casa de las Américas porque, a raíz del caso Padilla, varios ya no confiaron en las autoridades de la isla. Plural de Octavio Paz fue una revista que se hizo de alguna manera contra el boom. Una revista más de poetas (de un poeta: Octavio Paz) que de novelistas.

Para que exista una tradición, para reconocerse con algunos autores y temas del pasado, deben primero frecuentarse, leerse las publicaciones mencionadas. Existían dispersas en colecciones y bibliotecas. La gran colección de revistas de José Luis Martínez ahora está alojada en la Ciudad de los Libros y su acceso es gratuito, una maravilla al alcance de quien pueda visitar la extraordinaria Biblioteca de México. Con el paso del tiempo, comenzaron a subirse en línea, completas, en versión facsimilar, las revistas canónicas de nuestro idioma: Sur, Orígenes, Vuelta. La extraordinaria colección de Revistas Literarias Mexicanas Modernas, que publicó José Luis Martínez en el Fondo de Cultura Económica, puede adquirirse, en formato digital, a un precio económico (50 pesos cada volumen) en Amazon: Ulises, Examen, Pan, Taller, El Hijo Pródigo, Letras de México, etcétera. La tradición se funda en una relectura de determinados autores en los libros y las revistas que publicaron.

Se trata de un acervo digital impresionante. De seguro es mucho mayor que el que aquí consigno. Se encuentran también en formato digital las revistas Plural, Paréntesis, Nexos y Letras Libres. Sin duda es material muy valioso para estudiosos académicos. Pero sobre todo es una oportunidad extraordinaria para que cualquiera que le interese la literatura y tenga conexión a internet pueda navegar y perderse en esos mares. Reconoceremos artículos, ensayos, poemas, cuentos que más tarde leímos en libros. Para redactar este artículo, como prueba, leí “Pierre Menard, autor del Quijote” de Jorge Luis Borges en las páginas de Sur (1939) y “Nocturno en que nada se oye” de Xavier Villaurrutia en las páginas de Contemporáneos (1929). Con algunas pequeñas variantes, el texto de Borges y el poema de Villaurrutia son los mismos que aparecen en sus libros. Pero son distintos. La tipografía. El lugar que ocupan en la revista. El aire que le dan al poema en el caso de Villaurrutia. Son los mismos textos pero algo guardan de material recién creado, como si fuésemos el primer lector de esa prosa inusitada en Buenos Aires en 1939. Tradición: relectura. Para que la relectura ocurra es necesario hacerla propicia: ponerla en línea.

Lo que ahora hay es un mundo de revistas a disposición de los lectores. De los viejos y de los nuevos lectores. De los lectores jóvenes y de los lectores que aún no han nacido. Una tradición en busca de sus continuadores o detractores.

Las revistas están ahí, a disposición de quien quiera aventurarse. Lo que falta es organizar la lectura. Crear una plataforma de internet que las aloje a todas. No todo su contenido, únicamente sus índices vinculados a sus fuentes en la red. De todas las revistas que he mencionado y de otras, de todas las que sea posible. Un sitio que pueda ser alimentado por sus lectores y usuarios. Una plataforma que permita encontrar todas las revistas de manera sencilla. Un ecosistema de revistas literarias. Organizar las que ya circulen en la red y facilitar el acceso a cualquiera que tenga colecciones de revistas y quiera escanearlas y enviarlas a una plataforma con los índices vinculados. Una plataforma igualitaria en donde todas las revistas se exhiban sin preferencias, pero con un buscador potente y con compartimentos para organizarlas según su lugar de origen y fechas en las que fueron publicadas. Reunir lo disperso.

Un ejemplo. En 1980 Gabriel Zaid publicó una Asamblea de poetas jóvenes de México. Para darse una idea de la poesía que se escribía en México a finales de los setenta, dice Zaid: “Leí todos los números de veinticuatro revistas marginales y cuando menos uno de diecinueve más. Supe de otras 66 que no llegué a ver.” Registra ciento nueve revistas marginales de poesía. Tal vez hubo muchas otras que no eran revistas de poesía. Cientos de revistas que quedaron en el olvido (tal vez muchas injustamente) en un solo periodo de tiempo: los años setenta. Si extiendo ese periodo tanto hacia atrás como hacia adelante, puedo pensar en quizá miles de revistas dispersas. Revistas de toda la república. Algunas de larga vida, la mayoría de pocos números. En lo personal me gustaría leer la revista Pan que fundó Juan José Arreola, o El Buscón donde publicó sus primeros textos Adolfo Castañón, o la Revista de Bellas Artes que hizo en los sesenta Huberto Batis, o la revista Diagonales de Juan García Ponce (de pocos y preciosos números), o la revista S.Nob de Salvador Elizondo, o leer el dosier dedicado a Eliot en la revista Taller, o los dedicados a Cyril Connolly y Gérard de Nerval en Plural, o el número sobre Lafcadio Hearn en Paréntesis de Aurelio Asiain. Alguien tendrá dos números de tal o cual revista, podrá escanearlos, enviar el índice vinculado y quizás una portada en baja resolución. Una plataforma, un ecosistema, un nicho para vivificar la tradición.

Un sitio en el que resulte sencillo localizar revistas de años anteriores (la Tradición) pero que sobre todo pueda acoger los índices de las revistas nuevas.

Desde hace años asistimos a la lenta agonía de las revistas impresas. Poco a poco el mundo digital fue ganando terreno, por la inmediatez, porque no implica distribución de ejemplares, porque se puede leer en distintas plataformas. Una revista como Letras Libres, desde su primer número, fue diseñada para existir en papel y en internet. De eso hace veinte años. Es muy probable que los lectores de este texto lo estén leyendo en su versión digital. La revista es más leída en línea que en el impreso. La pandemia de covid no ha hecho sino acelerar esa extinción anunciada. Sin centros de exhibición en sitios concurridos (quioscos, librerías, tiendas de ocasión), las revistas impresas se quedaron sin posibilidad de exponerse para la venta, limitadas a la suscripción: material de coleccionista. No sabemos aún cuánto tiempo más dure la pandemia. Lo que sabemos desde ahora es que nada volverá a lo que llamamos “normalidad”. Las revistas impresas no volverán a circular como antes.

Las revistas tales y como las conocemos están a punto de morir o ya murieron y no hemos sabido verlo. Tenemos que dar paso a lo nuevo. Trasvasar el pasado en formas novedosas.

Hoy cualquiera puede hacer su propia revista diaria. Yo por la mañana acostumbro recorrer rápidamente los periódicos y revistas de mi agrado haciendo una selección de los diez o quince artículos, entrevistas, diálogos, poemas, ensayos y reseñas que voy a leer a lo largo del día. Una revista personal. Una experiencia que podría ampliar si existiera una plataforma que reúna las revistas del pasado, con un buscador que permitiera hacer consultas temáticas, por autor, por fecha, etcétera.

Es tiempo propicio para reinventar las revistas. Está (o puede estar) reunida la tradición. Hay una nueva generación nativa digital, una generación tecnológica. Lo que sigue es reinventar las nuevas formas que asuman las revistas (de hecho, en el momento en que escribo esto hay quien ya está inventando esas nuevas revistas digitales). Las revistas a las que estamos acostumbrados siguen básicamente privilegiando el texto, como en un impreso. Las revistas no son libros. Las revistas pueden (deben quizá) conducir a los libros. Pero la digitalización abre, en combinación con la tecnología, nuevas posibilidades para exponer los ensayos (he visto, sobre todo en la crítica cinematográfica, videoensayos sorprendentes: la exposición de una o varias ideas complejas con texto e imagen), poemas con videos (como los de Rocío Cerón), crítica de libros (con booktubers). Revistas nuevas que incorporen desde el arranque, desde su concepción, a muy jóvenes diseñadores y programadores digitales. Personas que puedan modificar el diseño en horas si es necesario. Que puedan, entre otras cosas, dar salida novedosa a los contenidos, a los acervos del pasado. Jóvenes que atraigan a las nuevas voces.

Estas revistas digitales podrían estar exhibidas, promocionadas, en la plataforma a la que me he venido refiriendo. Una plataforma ómnibus, porque hace muchas paradas y se suben muchas personas (Zaid).

Con la red a la mano y la posibilidad de crear revistas personales seleccionando contenido, ¿para qué revistas? Internet individualizó, atomizó la comunicación. Todos tenemos cuentas de Facebook o Twitter pero cada uno tiene una cuenta personalizada, hecha con los gustos y afinidades de cada quien. Cientos de millones de burbujas vinculadas.

Revistas, ¿revistas para qué? Cuando pensábamos que había llegado el fin de las revistas, aparece un tiempo propicio para su resurgimiento. La pandemia ha venido a acelerar esta situación. No hay vuelta atrás. El mundo nuevo es digital y virtual. De un modo análogo a la arquitectura posmodernista que rescataba edificios antiguos utilizando estructuras de hierro y vidrio, puede crearse un ecosistema de revistas que potencie la creación de nuevas publicaciones electrónicas.

Podemos reunir el pasado (el pasado de las revistas) para leerlo, estudiarlo, emularlo, criticarlo, negarlo o superarlo. Nuestro presente es de profunda crisis –crisis de circulación de impresos, crisis de lectura–, lo que quiere decir que se están redefiniendo los términos de esa vieja relación autor-texto-lector. Una revista introduce un cuarto elemento (lo mismo que los libros): autor-texto-editor-lector. Una revista es una forma de leer el mundo, pero sobre todo de editar el mundo, de seleccionar de él lo que pueda interesarles a los potenciales lectores.

La pandemia ha impuesto nuevas condiciones. Muchos –yo incluido– miramos con angustia cómo los cines van cerrando. Esa angustia es la de las revistas impresas. Su frágil economía se está reestructurando para sobrevivir en el mundo digital. Cambiaron la forma en que atienden restaurantes, tiendas, todo lo que implica consumidores. Está cambiando ante nuestros ojos el mercado editorial.

Hay enorme talento, una nueva generación digital, una tradición literaria de una gran riqueza y variedad. Las condiciones obligan al desarrollo de la creatividad. Las revistas pueden ser en el futuro bandas de escritores navegando en la red tratando de no caer en las garras de las grandes compañías de internet. Bandas digitales de jóvenes que amen u odien algo con pasión. Colectivos en forma de revistas. Es tiempo de poner la imaginación a trabajar. ~

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