Ver a los ciegos

El ejército ciego

David Toscana

Alfaguara

Ciudad de México, 2026, 240 pp.

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Al parecer, solo los historiadores conocían este episodio, aunque en la literatura mexicana Verónica Murguía ya lo había mencionado en su hermoso y terrible cuento “El ángel de Nicolás”: cegar a los ejércitos enemigos como una forma de humillación fue una práctica común en la antigüedad. Pero es verdad que aquel ejército búlgaro de quince mil ciegos pasó por la historia de la humanidad y de la literatura sin que nadie se detuviera a verlos con atención, ni a preguntarse quiénes fueron y cómo hicieron para regresar a sus pueblos, qué les pudo haber pasado. Quince mil, dicen, que pudieron haber sido ocho mil, pero son muchos de todas maneras, o catorce mil ochocientos más treinta y cuatro, como cuenta el personaje del Numerista en esta novela de David Toscana. La verdad es que, al escuchar hablar de una novela sobre ciegos, yo pensé en Saramago, por supuesto, y en Onetti, o en el ciego terrible de Los olvidados de Luis Buñuel, pero los ciegos reinterpretados por Toscana son otra cosa, el autor los ha conducido a otro lugar literario que no habían visitado hasta ahora.

Para quien no lo sabe, estamos en el año 1014, en la batalla de Klyuch, Clidium o Clidio, culminación del conflicto entre el primer imperio búlgaro y el imperio bizantino. El 29 de julio de aquel año, los búlgaros, derrotados por el ejército del emperador Basilio II, son hechos prisioneros y devueltos a su tierra, pero, como gesto de humillación, el emperador ordena sacarles los ojos. ¿Cómo se le puede sacar los ojos a quince mil soldados? Se cuenta que el zar Samuel, su emperador, al verlos sufrió un ataque al corazón y murió de la pena. La novela de David Toscana narra el regreso de estos hombres desojados a sus lugares de origen, esta historia de ojos perdidos, con ánimo humorístico y algo despiadado, ojos como canicas con los que juegan los ciegos, ojos azules que se perderán como joyas preciosas, ojos que se lavan y descarnan como extraños peces, mujeres que desean ser vistas por pares de ojos sin hombre, ciegos que ven con el solo empeño de ver sin ojos. Y con ellos sus dueños, una galería de seres conmovedores con nombres musicales: Prémeld, el carpintero que perdió a su hija de verdad y a su hija de madera; el panadero Nikifor, cuya hermana, dice, no pudo disfrutar a su marido porque fue enviado a la guerra el mismo día del matrimonio; Aleksi, al que llevan con engaños a empujar la piedra del molino; Timotei el titiritero; Bromo el cerdo; Apóstol el espantapájaros que vuela como un cuervo; Kozaro el escriba; el mencionado Numerista, entre otros. Algunos horribles como Panteleimón, obsesionado por “consolar” a las viudas. Aunque no hay nada propiamente mágico en esta novela, el deseo y el ingenio humano operan como una especie de magia curativa, tanto en los personajes como en el lector.

“Cuando se cortan cabezas, los verdugos no andan correteando a sus víctimas.” Alrededor de los ciegos se reúne una especie de economía de la ceguera, comenzando por Maese Zósimo, el sacaojos, el médico Dimitar que no pudo salvar a Samuel y trata de injertar ojos de cerdo en las cuencas vacías, el judío Moskono que fabrica ojos de cerámica, los cuales sirven a otro ciego para hacer trucos de malabares. Los ciegos buscan sus casas, beben, juegan a lanzarse ojos gritando “¡bo!”, bailan haciendo percusiones con los huesos de los soldados muertos, se lanzan al mar en un gozo infinito, tienen que fingir que no están ciegos para que no los maten, buscan, finalmente, recuperar el sentido de una vida que les ha sido arrebatada peor que si se las hubieran quitado por completo y en eso la novela adquiere un tinte filosófico. Al sentimiento de atrocidad lo sustituye una ligereza de novela un poco picaresca, a la Diderot, sin que se le quite por ello la humana profundidad. A veces los ciegos son un nosotros que narra como novela coral, a veces los vemos desde una voz presente e impasible como en una rara película; cada breve escena, numerada con los caracteres del alfabeto glagolítico, nos depara una nueva posibilidad fascinante de aquella historia. La ceguera y la locura se acercan en esta especie de ópera –más que fábula, pienso yo, pues así se le ha definido– juguetona y trágica a la vez, virtuosa y conmovedora, como tantas otras novelas del gran David Toscana. ~


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