Italo Svevo o la risa en la madrugada

En la novena entrega, un leedor de diecinueve años encontró en la obra de Italo Svevo a un personaje que adquiere conciencia de vivir a través de la literatura.
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El descubrimiento de esta novela es uno de los acontecimientos capitales de mi vida como lector, sobre todo porque representó la franca y consciente irrupción del humor en mi idea de la literatura y, sobre todo, de la novela. En medio de la metafísica gravedad de Dostoievski o la melancolía chejoviana, la ironía y la comicidad de Italo Svevo fueron como el descubrimiento de otro continente (y el que, en definitiva, es el mío). Entre mis más gratas memorias de lectura estará siempre la de tener diecisiete años, leer La conciencia de Zeno en la cama, en la madrugada, a la luz de una minúscula lámpara –la misma con la que leía a Sherlock Holmes– y reírme a carcajadas con las modestas peripecias de Zeno.

El libro (Seix Barral, Barcelona, 1956) estaba hacía mucho tiempo en mi casa. Era un volumen grueso, alguna vez color naranja, muy decolorado por el sol, y en el viejo formato de la colección Biblioteca Breve (esta, al igual que todo Seix Barral y tantas otras editoriales antes exigentes y prestigiosas, se degradaron de manera lamentable cuando pasaron a formar parte de los grandes consorcios editoriales; vaya desde aquí una elegía por aquellos catálogos). Siempre me llamó la atención la “conciencia” del título y me intrigaba la nota de la contraportada, que comparaba a Svevo con Joyce, quien fue su profesor de inglés y amigo, y Proust. Finalmente empecé a leerlo y fue uno de esos libros con los que te identificas de inmediato. A las pocas páginas sabía que había encontrado mi tipo de novela.

La conciencia de Zeno es la supuesta autobiografía que un paciente escribe a petición de su psicoanalista. Narra la vida de Zeno Cosini, un burgués de Trieste de principios del siglo XX (desde entonces, por cierto, sentí una gran curiosidad y afecto por esa pequeña ciudad, encrucijada de lenguas y culturas, que luego aumentarían con otras lecturas triestinas –Claudio Magris, Umberto Saba, Fulvio Tomizza– y que finalmente conocería años después, en un viaje en que me dediqué sistemáticamente a seguir los pasos de Svevo y Zeno). El protagonista es, básicamente, un bueno para nada, uno de los antihéroes de la novela moderna, como el Leopold Bloom de Joyce o el Ulrich de Musil. Ha heredado una pequeña fortuna, de la que un administrador se encarga, pues él, por supuesto, carece de habilidades financieras, y no necesita de trabajar. Tiene todo el tiempo –demasiado tiempo– para cavilar y examinarse, porque, eso sí, es sumamente introspectivo y está resuelto a conocerse a sí mismo.

En ese camino cuenta con un gran recurso: la enfermedad o, mejor dicho, la imaginación de la enfermedad, pues Zeno es un hipocondriaco rematado y todo el tiempo cree estar contrayendo un nuevo mal (comienza a estudiar medicina, pero la abandona pronto, pues, cada vez que conoce un padecimiento nuevo, al poco tiempo cree presentar sus síntomas). Su vida carece de grandes acontecimientos y transcurre de forma completamente ordinaria: su padre muere, contrae matrimonio –no con la mujer que hubiera querido, ni siquiera con la segunda, sino con la tercera, todas hermanas, a quienes se declarara sucesivamente en el transcurso de una noche en uno de los episodios más hilarantes de la novela–, tiene un amante, monta un negocio, se psicoanaliza…

Nuevo Ulises, como Bloom, la suya es la épica de la vida burguesa ordinaria, la antiépica, la única a la que modernamente podemos aspirar. No obstante, Zeno posee grandes cualidades de observación y, sobre todo, un redentor sentido del humor y la ironía, que aplica no solo a los demás, sino a sí mismo, volviéndose así un personaje entrañable. Sostiene que la vida no es buena ni mala, sino sencillamente original, y posee, como observó Bruno Maier, un tipo de sabiduría única. Zeno intuye que la vida no es un drama o una tragedia, como la creían los protagonistas de Una vida o Senectud, sino más bien una comedia o, en todo caso, una tragicomedia, “donde todo es posible, casual, absurdo, imprevisible, ‘original’ ”.

Para Svevo, la comicidad y la ironía fueron una conquista (pero, ¿no lo son siempre?). Sus primeras novelas eran más bien serias, melancólicas. No poseían esa maravillosa ligereza que solo el humor da y que despliega ampliamente en La conciencia de Zeno. Se trata, además, de un humor muy benévolo, humano, compasivo; para decirlo en una palabra, cervantino. Hay un hilo que une claramente al hidalgo de Cervantes con el burgués sveviano.

Retrospectivamente, no deja de sorprenderme un poco que me gustara tanto esta novela desde los diecisiete años. Es más bien una novela para la madurez y casi diría que para la vejez. Quizá porque siempre ha habido en mí, desde niño, ciertos aspectos viejunos (“¿tú eres muy serio, verdad?”, es una pregunta que me cansé de escuchar en mi infancia y adolescencia), aspectos que hoy, paradójicamente, conviven con otros más bien juveniles o francamente adolescentes. Muchas cosas en Svevo tienden a la vejez, cosa evidente ya desde los títulos, Senectud o la espléndida Novela del buen viejo y la bella muchacha. Sin embargo, la idea de la vejez de la primera es una idea triste, taciturna, mientras que la que se va perfilando en La conciencia de Zeno y aparece ya nítidamente en la segunda es lúcida, cómica, desengañada. En uno de sus últimos textos, un relato en el que aparece un viejo que no puede ser sino Zeno, lo encontramos en su cama, insomne en medio de la noche. De pronto piensa que esa es la hora en que suele aparecerse el diablo para proponer sus pactos y se pregunta, si apareciera, qué podría ofrecerle que fuera realmente una tentación. Luego de un breve repaso llega a la conclusión que nada; ha llegado a un punto de la vida en que nada podría tentarlo. Cuando toma conciencia de ello, suelta una carcajada, una carcajada franca y liberadora. El viejo ha vencido al diablo y a la muerte.

Una de mis primeras tentativas de crítica literaria fue, previsiblemente, sobre Italo Svevo. Tenía diecinueve años y estudiaba Letras. En la Facultad, los viernes, se organizaba un ciclo de lecturas en el que los alumnos hablaban sobre alguno de sus autores favoritos, al margen del programa escolar. Cuando me invitaron a proponer uno, no dudé. Fue la primera vez que, más allá de una obligación académica, me dispuse a leer lo mejor que pude a un autor y decir algo sobre él.

Nuevo Ulises, como Bloom, la suya es la épica de la vida burguesa ordinaria, la antiépica, la única a la que modernamente podemos aspirar.

Dudaba que tuviera en alguna parte aquel texto escrito hace más de veinte años, pero acabo de darme cuenta que increíblemente se conserva en un viejo archivo de Word (aunque originalmente fue escrito en el antediluviano WordPerfect) que de hecho ya no se puede abrir en las versiones actuales del programa, pero que todavía es posible leer utilizando el TextEdit de Mac. Lo he releído y, a pesar de cierta rigidez y formalidad excesiva en la prosa, no me ha parecido del todo mal. ¡Quizá era mejor lector y crítico a los diecinueve que a los cuarenta y dos!

En realidad, de lo que me doy cuenta es que ya entonces era fundamentalmente el lector que soy ahora. Desde luego que, idealmente, un lector se va refinando con el paso del tiempo (no indefinidamente, pues llega un punto en que se topa con sus límites) y, sobre todo, aumentando su cultura literaria, cosa que solo puede ocurrir acumulando años de lecturas y que es lo que le permite establecer relaciones que antes sencillamente no podía ver, pero estoy convencido de que el tipo de lector que vamos a ser se define muy pronto, precisamente en la adolescencia. Creo que lo fundamental es la clase de relación que vamos a establecer con los libros: si va a ser la de un gusto sincero, pero superficial y que puede acabar en simple pasatiempo o, fenómeno típico entre quienes estudian Letras, mero interés profesional –en cuyo caso quizá más valdría no haber leído nunca nada–, o si va a ser otra cosa, una relación verdaderamente vital, en la cual los libros se volverán parte de la sustancia de la que estamos hechos y leer un acto tan imprescindible como respirar.

En sus últimos textos, la obra de Svevo, como el uroboros, se cierra sobre sí misma y se muerde la cola, convirtiéndose en una reflexión sobre la escritura. En el relato “Las confesiones del viejo” volvemos a encontrar a Zeno, que medita sobre las memorias que su psicoanalista le había mandado escribir, y anota: “qué viva está esa vida y qué definitivamente muerta la parte que no conté. Me pongo a buscarla a veces con ansia, sintiéndome manco, pero ya quién la encuentra. Y además sé que la parte que dejé contada no es la más importante. Se hizo la más importante al fijarla. ¿Y ahora quién soy yo? No el que vivió aquello, sino el que lo contó”.

Tras esta cita, el leedor de diecinueve años concluía su ensayo así: “Zeno Cosini (y, en este caso, en su lugar, creo que podríamos decir Italo Svevo) pertenece a ese tipo de personas que solo adquieren conciencia de vivir a través de la escritura. Escribir es el acto mediante el cual se rescata la vida y se le intenta dar forma y sentido; es, por esto, el único acto que puede salvarnos”.