Un año sin Alejandro Rossi

El pasado mes de junio el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM y el Fondo de Cultura Económica organizaron un coloquio para recordar a Alejandro Rossi a un año de su muerte. Recuperamos aquí tres de esas participaciones, respectivos tributos al amigo, el mentor y el escritor.

  

Imágenes de Alejandro

 

Lo que van a escuchar son recuerdos deshilvanados, retazos, imágenes que me quedaron marcadas de una amistad que fue para mí un inmenso regalo que me dio la vida. No he podido recordar cuándo, en qué lugar, en qué ocasión, conocí a Alejandro Rossi. Calculo que fue a finales de la década de los cincuenta (pero tal vez nos vimos en alguna de las sesiones de Poesía en Voz Alta, donde seguro asistió, porque Luisa Josefina Hernández, su mujer de entonces, hizo una crítica en la prensa). Yo vivía con Ulalume y Berenice en un quinto piso en la avenida Veracruz, frente a Chapultepec, y estaba rodeado de amigos mutuos. En el edificio contiguo vivía Agatha Rosenof, amiga explosiva inolvidable, casada con el filósofo venezolano Pedro Duno, que visitaba Alejandro, pero no nos encontramos. Ahí conocí a Juan de la Cabada, descalzo, y a un jovencito poeta: José Emilio Pacheco. En el piso superior vivía el pintor guatemalteco ¿José? Franco (muy amigo de Monterroso), con su mujer inglesa, la crítica literaria Jean Franco que se volvió, digamos, radical. A diez minutos a pie, en la colonia Cuauhtémoc, cerca de la calle de Lerma vivía Tito Monterroso y, no muy lejos, el poeta Carlos Illescas con la hermana de Tito. Más al noreste, sobre Misisipi, Juan Soriano; dos cuadras al este, sobre Lerma, vivía Juan José Arreola, recién llegado de París, inmerso en el teatro; fue él quien me enseñó a jugar ajedrez; seguramente conocía a Rossi. Yo tenía mi estudio a siete minutos a pie, en la calle de Atoyac, en un cuarto en el cuarto piso (todo el día oía el piano incesante de Rodolfo Halffter, que vivía y componía en el tercer piso). Procuraba salir a la una a tomar un café, para coincidir con la salida de las “tres gracias”, así las llamábamos: María Luisa Elío, su hermana y su madre, un trío de bellezas orgullosas y deslumbrantes; vivían en la planta baja. A media cuadra, en la calle de Elba, vivían dos parejas de refugiados notables: Elvira Gascón y Roberto Fernández Balbuena; ella, pintora, ilustradora del suplemento cultural de Fernando Benítez y de muchos libros en el Fondo de Cultura Económica; él, pintor, arquitecto y último director del Prado durante la República Española, muy cercano de José Gaos, el amigo y mentor de Rossi. Al lado vivía Jesús Bal y Gay, el musicólogo, también amigo de Gaos, y Rosita García Ascot, dueños de la diminuta galería Diana, en la esquina de Reforma; cuando se estrenó con la primera exposición de Remedios Varo, la concurrencia de la inauguración cerró la lateral de Reforma. Estoy seguro de que Alejandro estaba allí. Pero aquí corto y pido disculpas por haberme extendido en este ejercicio de memoria urbana, que a Rossi le hubiera gustado oír, corregir y completar, porque a Alejandro no se le olvidaba nada.

Con certeza, en 1966 nos veíamos con mucha frecuencia (lo constato por amigos comunes: Fernando Solana, Julieta y Enrique González Pedrero, Víctor Flores Olea...). Un poco antes de que apareciera la jovencita Olbeth Hansberg.

Descubrí en Alejandro un interlocutor ajeno, de fuera, de otra área, con el que hablaba de arquitectura y de la ciudad. Repito ajeno, ¿con la mirada de un filósofo?, no sé, más bien con la curiosidad de un sabio que buscaba ser exacto. Hablábamos de arquitectura como reunión de las artes en su escenario, en el paisaje de la ciudad. Pasábamos de Florencia –Brunelleschi y Uccello (la invención y medida del espacio visual: la perspectiva)– a Chicago –Oak Park y Frank Lloyd Wright (la horizontalidad, los voladizos, la ciudad dispersa)–, a Nueva York y Edward Hopper (pintor que lo conmovía). Nuestra charla cruzaba tiempos, disciplinas y ciudades: Fernand Léger y la Villa Savoye de Le Corbusier; Frank Gehry, Frederic Amat, Barcelona. Pero atención: no era un juego de saltamontes eruditos, eran procesos de exactitud y de invención: al hablar de Roma surgió la ruina, no como vestigio, sino como forma autónoma, un signo silencioso que es forma nueva; lo aplicaba al edificio de Fondo de Cultura Económica. Hablando de la ciudad decía que se define solo cuando tiene dueño; la burguesía mercantil, con todas sus clases, no es el dueño, solo se refugia en ella. Yo le añadía que tal vez los pobres, que ocupan, si son dueños del centro de la ciudad. Pero su idea era más compleja, de tipo marxista, no hay que olvidar que Rossi conocía y era un lector fiel de Eric Hobsbawm, el historiador inglés, que yo leí por su recomendación. Para Rossi, la conversación era primero una forma de vida y, segundo, una obra de arte exacta, que modelaba al instante; una charla llena de pausas y silencios compartidos y en complicidad: la pausa, el silencio, que espera el revire, la aceptación o el cambio de tema.

Planeamos muchos viajes –nunca realizados– a Etruria, a Toscana, a Sicilia, a recorrer la ruta de Piero della Francesca –con las obras modernas de Micheluzzi y Giancarlo De Carlo, la Gran Salina de Ledoux y Ronchamp de Le Corbusier. Pensamos en escribir un libro sobre Florencia, su ciudad natal. Recorrí la ruta de Piero primero, y el circuito de Sicilia después, en compañía de Eugenia, Juan Soriano y Marek, y un interlocutor ausente: Alejandro Rossi. Él dio la vuelta a Sicilia con Olbeth y sus hijos. Tuvo una hermosa y amorosa fidelidad con su familia.

Dije antes que era ajeno: era también un extranjero; me corrijo: era universal, italiano, argentino, venezolano, mexicano, no era cosmopolita, entendía y sentía el arraigo de varios lugares, amaba lo local, sin nacionalismos. Era un hombre libre y provocador, con anécdotas imposibles de repetir. Además, Alejandro era valiente, enfrentaba las adversidades y los retos; menciono dos: su actitud y acción en la tragedia terrible de nuestro querido Hugo Margáin y la defensa de la Universidad, de la UNAM, en el momento más difícil de su historia; vimos en la televisión cómo lo atropellaban y cómo se levantó y salió.

Por supuesto que hablamos de muchas cosas más: de literatura de manera inagotable; de filosofía y de religión muy poco (yo no era su interlocutor), solo cuando se conectaba con el arte, la arquitectura y la ciudad. Muchas charlas se dirigían a nuestros conocidos, para bien y para lo peor, donde aplicaba sus asombrosos adjetivos.

El deporte y su espectáculo lo fascinaba y ocupó mucho tiempo de su vida (un tema que solo Juan Villoro puede tratar). Me permito únicamente una referencia: en 1970 o 71 me invitó a jugar ping-pong en el nuevo departamento de Juan José Arreola, en la calle de Guadalquivir: una gran estancia en un segundo piso sobre la calle, equipada para campeonato con lona antiderrapante restirada en el piso. Yo le había contado a Alejandro que en los cuarenta jugaba tenis y ping-pong en el Junior Club (pero, como todo deporte que hice y sigo haciendo, lo he aprendido sin maestro). Cuando tomó la raqueta me acordé del “Gato Tapia”, doble campeón nacional de tenis y tenis de mesa en esa época, que me eliminó la única vez que competí. Sucedió lo mismo, pero Arreola y Rossi fueron gentiles conmigo, me usaban para calentamiento. Entre ellos se destrozaban; recuerdo que Alejandro ganaba más veces. Eran profesionales, tenían zapatos especiales y golpeaban el piso como los chinos (que acababan de estar en México). Eran sesiones de cuatro o seis horas. Asistí, fascinado (un poco humillado), a cinco o seis de ellas –empezaba a tener trabajos importantes, ya no tenía tiempo, lo hacían al atardecer y en la noche, cuando se hace la arquitectura.

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