Miltín 1934 (fragmento)

Por Juan Emar

Agosto 2012 | Tags:

Quienes hayan viajado por la región del estero de Puangue habrán observado un cerro en forma de cono trunco que se corta contra el cielo –sobre todo al anochecer– en graciosísima forma. Si se pregunta a cualquier campesino de allí por el nombre de dicho cerro, responderá: “Miltín”. Así es. Ese cerro se llama Miltín.

Este nombre le viene de un antiguo cacique araucano que allí, en su punta, vivió sus últimas horas y murió. Vamos a su historia:

Como se sabe, el 12 de febrero de 1541 don Pedro de Valdivia fundaba esta, la ciudad de Santiago. El 13 del mismo mes, partía en dirección del mar, más o menos por donde hoy corre el ferrocarril a Cartagena. Marchaba adelante un escuadrón de Caballería del Regimiento General Baquedano Nº 7; seguía después un batallón de Infantería del Pudeto Nº 12, y tras este venía Valdivia con su Estado Mayor, con los servicios sanitarios, con varios frailes del convento de los Dominicanos de Talca y con cuatro compañías de ametralladoras Vickers. Cerraban la marcha dos baterías de artillería del Regimiento Coronel Ibañez Nº 1 quedado en la capital. Un avión trimotor piloteado por el mayor Angol –tatarachozno del actual capitán Angol, mi amigo– sobrevolaba la expedición alerta ante los posibles peligros.

El 14 acampaban en el sitio en que hoy se encuentra el pueblo de Chiñihue y el 15 por la mañana, junto con apercibir los primeros jinetes las aguas del Puangue, el mayor Angol, desde su avión, gritaba por radiotelefonía: “¡Peligro!”

En efecto, media hora más tarde la caballería española se veía obligada a replegarse ante un primer contingente de tres mil indios –otros historiadores hacen subir su número a seis mil– que en líneas cerradas atacaban lanzando bombas de gases asfixiantes.

Acto continuo Valdivia ordenó formación de combate y a las 12 en punto, junto con sonar el cañonazo de mediodía en el Huelén –hoy Santa Lucía–, empezó la histórica batalla del estero de Puangue.

Durante seis horas rugieron cañones, ametralladoras, fusiles, carabinas, morteros, bombas de mano y pistolas automáticas. Durante seis horas los grandes tanques, como hipopótamos, se sumergían en las aguas del Puangue para salir ya de un lado ya del otro –según a quienes favoreciera la suerte–, amenazadores más que hipopótamos mismos; y durante igual tiempo los tanques ligeros brincaban como gacelas y caían sobre compañías enteras
ya de españoles ya de indios según de qué punto se hubiese iniciado el brinco. Durante seis horas los gases lacrimógenos, los gases bailarines, los gases hilarantes, los gases todos, cubrían al enemigo impulsados, del lado español, con grandes abanicos de manolas, por el lado indio, por el soplido de cientos de viejas machis. Y durante seis horas, desde arriba, desde su avión, el mayor Angol orinó profusamente sobre las filas araucanas.

Los araucanos fueron derrotados. A las 6 de la tarde, en todo el Chile de entonces, fue una sola música de gloria para los vencedores, de dolor para los vencidos. A las 6 de la tarde el carillón de la Basílica de la Merced tocó el “Ave María” de Gounod, mientras Valdivia y sus gentes, frenéticas de entusiasmo, cantaban

 

Juventud, juventud, torbellino,

Soplo eterno de eterna ilusión.

 

Y los indios prisioneros, curvados de pesar, modulaban entre dientes los “Barqueros del Volga”.

A las 6:45 cesaron todos los cantos y empezó a hacerse el balance de la victoria. Los españoles habían hecho 14.177 prisioneros. Todos, unos tras otros, fueron interrogados. Se obtuvo así una serie de datos estratégicos interesantísimos; mas, a la pregunta, miles de veces repetida:

–Y Miltín, vuestro cacique, ¿dónde está?

Los indios respondían:

Ji naraja dasa, que en araucano quiere decir: “Lo ignoramos.”

A las 9 de la noche, balance e interrogatorio estaban terminados sin que nada se hubiese avanzado sobre el paradero del gran jefe. A las 10, Valdivia apagó las luces.

Silencio. Vencedores y vencidos se entregaron en brazos de Morfeo.

Pero hete ahí que a las 10:23 turbó la paz del campamento un sollozo profundo, prolongado, desgarrador que, empezado en acordes de barítono, fue amplificándose en volumen y agudeza hasta cubrir las carpas todas con un plañidero lamento de soprano. Y luego, por toda la comarca, se desgranó como cascabeles un angustioso llanto sin esperanzas.

Movidos como por un resorte todos los españoles se dejaron caer de sus marquesas y, pálidos de estupor, se miraron sin saber a qué atenerse. Mas pronto, recobrada la serenidad, todos, igualmente movidos por el resorte, se lanzaban hacia el sitio de donde tan amargas quejas parecían venir, mientras los infelices prisioneros daban con sus frentes contra el techo.

Todos se lanzaban empujándose, atropellándose, pisoteándose, hacia un cerro vecino que recortaba frente a la Luna su graciosa forma de cono trunco.

Trepaban como alacranes, trepaban como tarántulas. Al fin alcanzaron la cumbre trunca.

Allí, solo, envuelto en su chamanto, gachas las plumas de su cabeza, Miltín, el gran jefe, el gran cacique, lloraba atronando las nubes, de pie junto a la Luna.

El primer español que le vio cogió su bocina y, volviéndose hacia sus compañeros, gritó:

–¡Es Miltín!

Como una tempestad subterránea, mil voces ulularon:

–¡A muerte! ¡A muerte!

Mas, en el momento en que dicho español desenvainaba su espada para dar fin a los días del cacique, un segundo español, heridos los tímpanos con el llanto, se avanzó y preguntó:

–¿Por qué llora usted, hombre de Dios?

El cacique pareció no percatarse de la pregunta. El otro, entonces, coreado por los demás que llegaban, volvió a preguntar:

–Decimos que ¿por qué llora usted...?

Miltín les miró y calló bruscamente. Cuantos le rodeaban hicieron “schcht”, y este “schcht” rodó cerro abajo produciendo un silencio de tumba. Iba a saberse por qué lloraba aquel hombre...

Pero Miltín, defraudando las esperanzas, hizo un puchero y volvió a prorrumpir en el más desgarrador de los llantos.

Entonces se oyeron cientos de voces de cientos de gargantas diferentes:

–¡Hombre!, no llore usted...; ¡Vamos! Diga qué le ocurre...; ¡Calma, amigo, calma!...; ¡Tranquilícese usted!...; Amigo, Miltín, sea usted razonable...; Veamos, ¿por qué tanta congoja?...; ¡Hombre bendito! Va usted a despertar a los frailes Dominicanos...; Tome este pañuelo y enjúguese las lagrimas...; ¡Exagera usted sin duda, cacique!...; No es manera de lamentarse...; ¡Hable usted, hable!...

Y así cien frases más.

Pero, ¡nada! Miltín lloraba y lloraba y hasta la Luna en lo alto desprendía blancas lágrimas de leche.

Viendo vanos sus esfuerzos, los españoles empezaron a dejarle de lado y a hablar entre ellos:

–Si consultásemos a don Pedro...; O pedir consejo a los frailes...; Darle acaso una poción calmante...; Sin aviso del médico, no es posible...; Entonces llevarle a los servicios sanitarios...; O será mejor esperar a que se calme...; Un hombre no puede llorar eternamente...; ¡Eeeh! Recuerden ustedes que Anatole France, después de escribir La Rôtisserie de la reine Pédauque, lloró nueve días y nueve noches de contento...; ¡Lo has dicho! De contento; pero este no es el caso...; Razón de más para que los nueve puedan ser dieciocho...; ¿Qué hacer, qué hacer?...; ¿Qué hacer...?

Y así cien frases más.

Y Miltín no callaba. Su llanto ya iba llegando a los muros de la recién fundada ciudad de Santiago del Nuevo Extremo. En verdad, ¿qué hacer?

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