Carta de Madrid: Nunca con las mismas armas

Marzo 1999 | Tags:
Una de las peores cosas que le pueden ocurrir a uno es verse obligado a comportarse de la forma que más detesta: tanto, que es precisamente esa manera de ser y obrar la que uno combate, de la que abomina, con la que se enfrenta. Ahí está el peligro.
     Esa película de la que mi colega Pérez-Reverte y yo ya hemos escrito, que yo le descubrí a él por persona interpuesta y que en cierto modo nos une, La vida y la muerte del Coronel Blimp, de Powell & Pressburger, cuenta bien esto, y en uno de sus casos más extremos: en ella se recorre la rivalidad y amistad de dos militares, uno inglés y otro alemán, desde su juventud hasta su vejez. En la Segunda Guerra Mundial se les plantea a los ingleses un dilema que se había insinuado ya en la Primera. Para combatir y vencer a los nazis tal vez no se pueda seguir luchando como se desea y como -más o menos: si no en la realidad sí en las apariencias; pero las apariencias importan muchísimo, porque también afectan a la realidad- se había procurado hacer hasta entonces, a saber: con fair play o juego limpio, sin demasiados dobleces, cumpliendo con la palabra dada, con algo de consideración y piedad, haciendo el menor daño posible a los civiles, no bombardeando ciudades indiscriminadamente, renunciando al terror, renunciando al deseo de aniquilación. No soy historiador, y seguro que los que lo son no se pondrían de acuerdo sobre la cuestión: unos dirían que los ingleses acabaron por ser tan inclementes y crueles como sus enemigos (y desde luego arrasaron Berlín, Dresde, Nuremberg, Munich); otros, que se quedaron en un término medio (no exterminaron, fueron generosos en la paz, o tras la rendición).
     Lo que es seguro es que no pudieron evitar el contagio, y cada vez estoy más convencido de que en los enfrentamientos largos es casi imposible quedar inmune ante aquello que justamente quiere destruirse o desterrarse. Hay gente que contamina, que ensucia, con la que no se puede entrar en contacto -aunque sea para combatirla- sin recibir su mancha. Hasta el punto de que podría pensarse si a veces no perviven los derrotados o eliminados, si no se vengan de alguna forma al anidar en los vencedores, impregnados éstos de aquéllos mal que les pese. Será siempre un dilema irresuelto cada vez que surja, sobre todo cuando entre en juego la propia supervivencia.
     Por eso hay que llevar un extremo cuidado también en nuestros enfrentamientos menores y cotidianos. La tentación de recurrir a los ruines métodos del adversario para acabar con él o para que no nos aplaste, aparece siempre en las luchas prolongadas. Si alguien carece de escrúpulos y no tiene empacho en valerse de la difamación, la calumnia, es fácil que nos sintamos liberados de nuestras restricciones o reglas y empleemos asimismo esa arma. Pero se puede dar entonces la paradoja de que tal vez lo que combatíamos en aquel adversario eran la difamación y la calumnia. Si alguien es tan soberbio y cínico que nunca razonará ni concederá lo más mínimo, sino exigirá más siempre, es probable que nosotros hagamos lo mismo, y jamás le reconozcamos un átomo de razón ni mérito alguno -aunque los posea-, por principio. En esas batallas nos aliamos a veces con quien también habríamos combatido si nos hubiera dado pretexto, alguien de quien tenemos tan mala opinión como de nuestro enemigo. Y nos sentimos antinaturalmente unidos a ese ser despreciable sólo en virtud del odio que momentáneamente compartimos, olvidando que hay individuos en cuya compañía no se debe dar un solo paso en ninguna circunstancia. Pero, ¿qué hacer si no, con los enemigos "imposibles": los que responden con la traición al pacto, con la puñalada al gesto apaciguador, con saña a nuestra clemencia, los que sólo ven debilidad en la conducta generosa?
     Y aun así hay que estar alerta. El Ministerio del Interior se contagió de ETA y acabó pareciéndosele en los años ochenta; un buen periódico que mantuvo larga guerra con otros peores acabó incorporando tics, sectarismos, falsedades y malas costumbres de sus rivales, se asimiló un poco a ellos. Para neutralizar al chivato que nos delata ante el jefe en el trabajo podemos acabar por denunciarlo al jefe, y aun por tenderle una trampa que permita su denuncia. Para acallar a los cotillas que nos torturan podemos cotillear sobre ellos con mayor virulencia, creyendo que desprestigiándolos perderán su crédito. Y así podemos acabar encarnando, sin a veces darnos cuenta, aquello que detestábamos tanto como para jugarnos la vida, al carácter o los principios por eliminarlo, y perderlos en nuestra victoria. -

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