Un mundo para Bryce

Gracias a la literatura de Alfredo Bryce Echenique, los peruanos comprendimos mejor nuestra compleja y disparatada forma de relacionarnos y de reírnos de nosotros mismos.
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“De vascos sin una pela/e ingleses sin un penique/nació para la novela/Alfredo Bryce Echenique”, dice el remate de una décima espinela que le dedicó ese gran rimador oral que era Nicomedes Santa Cruz, y Alfredo lo tomó casi como un lema, un estandarte que exhibía con orgullo y media sonrisa, con un poco de esa melancolía suya, fina y casi de tweed, como sus chaquetas y sus corbatas tejidas, sus gafas redondas de John Lennon finisecular, siempre anacrónicamente elegante, que es la mejor –si no la única– manera de ser elegante. 

El hombre que fue tantas veces Pedro nos dejó obras maravillosas elaboradas con su prosa exquisita, de fraseo larguísimo. Jocosa y nimbada de ternura, abría algo así como un rosedal inesperado y fragante en la literatura peruana, allí donde muchos otros se ahogaban en un mar de cursilería. Y es que el de Bryce era un mundo donde solo cabía contarse las historias así, torrenciales y al mismo tiempo delicadas, como quien apura un gin tonic o un helado de vainilla en el bar de su amado Country Club limeño, escenario de muchas de sus historias, pero principalmente de Un mundo para Julius. La novela fue publicada en 1970, cuando vivíamos la dictadura, sufrimos un terremoto y alcanzamos una plaza en el mundial de México. De inmediato fue acogida con gran entusiasmo y continuó su andadura hasta hoy, llegando a cientos de miles de lectores de todas las generaciones, porque Bryce es como los Rolling Stones: gusta por igual a los abuelos, a los hijos y a los nietos. 

La novela es un retrato de la fastuosa y libérrima alta burguesía de los años cincuenta y ausculta a la sociedad peruana de una manera que no se había visto hasta entonces. No es que no hubiera novelas de lo que se llamaba entonces de denuncia o de realismo social. De hecho, otra portentosa obra publicada poco antes, Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, diseccionó con impecable maestría esa misma época hasta el punto de dejarnos una pregunta de carácter ontológico: ¿cuándo se jodió el Perú? Pero la de Bryce Echenique era una denuncia hecha con humor, perspicacia y ese “cariño multidireccional” –como dice su personaje Martín Romaña–, imprescindible para quitarle turbiedad a lo real. Porque, como en todas sus novelas y cuentos posteriores, no hay denuncia moral explícita ni frase que sea tiznada con el hollín de la ideología. Y, sin embargo, con su humor y su inesperada ternura hizo una semblanza tan vívida que creo no equivocarme al afirmar que a partir de allí los peruanos empezamos a comprender mejor nuestra compleja y disparatada forma de relacionarnos, de reírnos de nosotros mismos y de nuestra congénita huachafería, esa manera de ser cursi que es tan difícil de explicar fuera del Perú. Algo cambió para siempre gracias a su nuevo enfoque. Así pues, Bryce creó un mundo no solo para Julius sino para el Perú entero.  

Y si ciertamente deslumbró a sus miles de lectores con la vida de ese pobre niño rico que era Julius, ocurrió algo parecido con sus posteriores cuentos tanto como en sus siguientes novelas: La vida exagerada de Martín Romaña, La amigdalitis de Tarzán, o Dándole pena a la tristeza (por citar solo algunas), todas ellas cruzadas por esa inefable forma de contemplar el mundo tan suya, con Sinatra sonando al fondo y donde se prioriza el sentimiento y la emoción, muy lejos de la épica totalizadora y experimental de la literatura hispanoamericana de ese entonces, dueño de un estilo narrativo íntimo: la soledad, el amor, la depresión, la amistad… y la nostalgia, siempre la nostalgia.

Con Bryce Echenique ocurrió un fenómeno singular: de inmediato sus lectores se sentían amigos suyos y lo querían como si fuera parte de sus propias vidas. Sucedió así no solo en el Perú, sino en España, donde vivió tanto tiempo, y en el mundo de habla hispana en general. Hace muchos años, durante un homenaje que le hicieron en su vieja y querida Universidad de San Marcos, hubo tanta gente que prácticamente lo acorralaron contra la pared. Entonces el arrinconado Alfredo Bryce exclamó: “nunca ha habido tanto cariño en tan poco espacio”. Y así sigue siendo.


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