¿Qué es un tertuliano? La definición que ofrece la RAE, “dicho de una persona: Que participa en una tertulia”, resulta escueta e insatisfactoria. Nada nos dice de su experiencia, sus conocimientos o su talante. La Academia considera que para ser tertuliano es condición suficiente acudir a una tertulia. Su etimología también está sumida en la ambigüedad y sujeta a debate —Gabriel Zaid, de hecho, dio vueltas en torno a la dichosa palabra en un artículo de esta revista—. Una teoría encuentra su origen en Cicerón. Otra apunta a Quinto Septimio Florente Tertuliano, autor cartaginés del siglo II. Y también la hay que remite a los corrales de comedia del Siglo de Oro y, en concreto, a las localidades de la parte superior: a esa zona se la conocía como tertulia.
De todos modos este es un debate bizantino que de poco sirve para averiguar por qué las tertulias tienen tanto éxito en España. Esta es la tarea que Antonio Villarreal aborda en Tertulianos (Península), un libro que es el resultado de empaparse de los estudios sobre la cuestión, infiltrarse en las emisoras de radio más escuchadas del país y ver de principio a fin, jugándose la cordura, las tertulias que a cualquier hora se emiten en televisión. Leyéndolo he recordado El antropólogo inocente, el libro de Nigel Barley sobre el pueblo dowayo de Camerún: si estos sobresalen por su maestría con la arcilla y sus muñecas de madera para invocar la fertilidad, los tertulianos lo hacen por su posición sedente, el manejo de la libreta y/o iPad, su espíritu polímata —nada de lo humano les es ajeno—, un temor desorbitado a ser interrumpidos y una jerga que convierte los inconvenientes en problemáticas.
Se podría pensar que esta excepcionalidad española se debe al control de la información y la opinión impuesto durante casi cuarenta años de dictadura. Así, los españoles habrían roto a hablar en torno a una mesa todo lo que en el franquismo no pudieron. Lo que cuenta Villarreal, sin embargo, debilita esta teoría. Es cierto que en enero de 1976, sin haberse cumplido aún dos meses de la muerte de Franco, el segundo canal de Televisión Española estrenó La Clave, el mítico espacio al que los nostálgicos recurren para reivindicar un tiempo en el que discutíamos con civilidad y empaque —y aquí, no obstante, Ian Gibson podría intervenir para recordar que, saliendo de la grabación de un programa sobre José Antonio, un guardaespaldas de Raimundo Fernández Cuesta demostró su descontento con el hispanista retorciéndole la oreja—. Pero también lo es que en el libro apenas hay referencias a este formato. Un motivo convincente para justificar esta omisión es que lo de Balbín era un debate y no una tertulia. Dos razones justifican esta afirmación: la primera es que en cada edición se trataba un solo asunto, del Concilio Vaticano II a la muerte de Lorca pasando por la OTAN, la homosexualidad o los ordenadores.
Las tertulias, por el contrario, se caracterizan por un cafarnaún de temas —a veces sin hilván alguno— en los que difícilmente puede profundizarse. La segunda es que sus participantes rotaban en función de la cuestión tratada, esto es, se recurría a personas no necesariamente eruditas, pero sí relacionadas con la materia. En su tesis doctoral “Aprender a discrepar. La clave, el debate televisivo y la formación de una cultura política democrática en España (1976-1985)”, Sergio Rochera recuerda algunos de los nombres que pasaron por el programa (Neil Armstrong, Truman Capote, Severo Ochoa, Fernando Savater o Daniel Cohn-Bendit), y destaca de ellos que supusieron “una diferencia reseñable […] que permitirá después distinguir la figura del intelectual respecto a la del tertuliano”.
En 1984 la Cadena SER estrenó La trastienda, que pese a guardar sustanciales diferencias con las tertulias actuales, se considera la pionera del género. Era un programa breve y con un plantel de colaboradores fijo dedicado a chismear —en aquel momento, en las tertulias no pesaba tanto la opinión como la rumorología de los mentideros—. El carácter despendolado e imprevisible de la tertulia provocaba desconfianza tanto en la dirección de los propios medios que las emitían como en el poder político, que no perdió tiempo en buscar la forma de censurarlas. La trastienda firmó su sentencia de muerte cuando aireó un lío de faldas de todo un vicepresidente del Gobierno.
Sin embargo, lo de La trastienda pronto se reveló como una chiquillada al lado de las tertulias de Antonio Herrero en Antena 3 Radio. Herrero, de quien Villarreal narra una historia deliciosa en torno a un cuadro que quizá cuelgue un día de las paredes del Museo Reina Sofía, se había convertido con su estilo directo y airado en la pesadilla del gabinete ya terminal de Felipe González. El Juan Luis Cebrián de entonces, que no es el de ahora, se refirió a la camarilla de Herrero como “sindicato del crimen”, expresión que hizo fortuna. En un movimiento político-empresarial que pasó a la historia como “Antenicidio”, Antena 3 Radio se integró en 1992 en el Grupo PRISA. Como recoge el periodista José Ignacio Wert en su tesis doctoral “El proyecto del Grupo PRISA en Antena 3 Radio (1992-1994), más allá del Antenicidio”, los prebostes de la Cadena SER veían con recelo el formato de la tertulia, razón por la que no tuvieron demasiado reparo en embridarlas. Por otro lado, las estrellas de Antena 3 desembarcaron en la Cadena COPE, desde cuyos micrófonos siguieron causando dolores de cabeza al Gobierno.
La suspicacia respecto a las tertulias, no obstante, se convirtió poco a poco en resignación y más tarde en conveniencia. Cuando asumieron que no podían censurarlas, los políticos de todo signo vieron la oportunidad de integrarse en ellas mediante figuras afines. Esto ha dado lugar a una taxonomía del tertuliano que recoge Villarreal en su libro: por un lado está el honesto que carga con una ideología pero no deja que esta lo ciegue. Por otro el corporativo, que por su dilatada trayectoria en un grupo de comunicación se ha ganado aparecer en tantos espacios como sea posible, para empacho del pobre seguidor de la tertulia. El último tipo corresponde al tertuliano impuesto por un partido político, quien recibe todos los días en su móvil el argumentario y lo reproduce sin omitir las comas.
Del concienzudo análisis que ha realizado Antonio Villarreal se concluye que las tertulias políticas gozan de excelente salud. Han conquistado el espacio que se dedicaba al corazón, y hoy se habla con igual apasionamiento de la votación de un real decreto ley que antes de la infidelidad de un torero. Blasonan de pluralidad —una cuestión a la que el autor dedica páginas sugerentes— y de acercar al españolito los temas que le preocupan, algo que difícilmente se compadece con la logorrea autorreferencial que, salvo honrosas excepciones, las caracteriza. Pueden estirarse horas y horas a un coste más que asumible, y aportan a periodistas, consultores y politólogos —sobre todo a los primeros— un suculento suplemento a un sueldo de por sí precario. Esto genera, claro, incentivos perversos: cuanto más efectista sea la aportación del tertuliano, en más ocasiones y foros será requerido. Inmerso en esta dinámica es difícil que el tertuliano resista la tentación de doblar la apuesta y desparramarse en el histrionismo: se llega así a casos en los que el tertuliano es la noticia. Respecto a cadenas y productoras, cuanto más espectáculo ofrezca una tertulia y más cortes de treinta segundos se compartan en redes, más audiencia congregará y más empresas querrán anunciarse en sus pausas publicitarias. Cabe preguntarse si el precio a pagar, el empobrecimiento del debate público y la desesperanza en revertirlo, merece la pena.
Decía Arthur Miller que un buen periódico es como una nación que se habla a sí misma. Quizá hoy sea más acertado cambiar periódico por tertulia. El lugar en que eso nos deja es ya otro tema.