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Las cosas que llevaban

Contra lo que afirma la famosa frase de Bukowski, la vida no cabe en una maleta.
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Por aquí y por allá aparece esta cita de Charles Bukowski: “Todo lo que posees ha de caber en una maleta; entonces tu mente podrá ser libre”. La acomodo entre tantas citas que se disfrazan de sabias sin tener pizca de sabiduría. Si la maleta va llena de diamantes, pasa, pero una mente no será libre con cuatro calcetines, una muda de ropa interior, cepillo de dientes, un par de piyamas, jabón, zapatillas y un par de camisas.

Más banal se vuelve la frase de Bukowski cuando uno lee o escucha lo que comenta la escritora Karla Suárez en La maleta cubana. ¿Qué se lleva a Cuba cada vez que se regresa? ¿Qué es lo más necesario para los parientes y amigos que quedaron allá? ¿Cuántas necesidades se pueden resolver con veintitrés kilos bien empacados? Cuenta que en mejores tiempos se llevaban regalos, luego piezas y refacciones, pintura para muros, enseres de cocina, varios metros de cable eléctrico, grifos, tubería de plástico. Alguna vez Karla me contó que empacó un asiento para el escusado. También se lleva papel sanitario, estropajos, detergente. Ahora, por sobre todas las cosas, alimentos y medicinas.

La leche en polvo, la desnatada y entera. Ok. Ok, Ok, Ok. El filtro para la tubería del tanque de casa de David finalmente no lo encontré. Tremenda pena que me da. Pero bueno… En la farmacia me falta el suero fisiológico, la furosemida, las medias elásticas, el ibuprofeno infantil, lo de la mamá de Yamilé, el yodo de mi tía. Y voy a comprar otro paracetamol por si acaso.

A veces no se empacan las cosas en una maleta, pues ésta ya pesa algunos kilos, sino en bolsas. Otro cubano dice: “Vengo con cinco maletas de 23 kilogramos. Y con un 95% de comida, prácticamente que es leche, espaguetis, atún y ya. Básicamente eso, pero en bastantes cantidades”.

Y es que, por más que se intente, mi querido Bukowski, la vida no cabe en una maleta.

Con saña, y no en busca de una “mente libre”, fue que a muchos judíos les exigieron que resumieran su existencia en una maleta o en un hatillo de doce o quince kilos para dirigirse a algún gueto. ¿Qué echar en esa maleta? En Vida y destino leemos un ejemplo.

Cogí una almohada, algo de ropa blanca, la tacita que un día me regalaste, una cuchara, un cuchillo, dos platos. ¿Acaso necesitábamos mucho más? Cogí parte del instrumental médico. Cogí tus cartas, las fotografías de mi madre y del tío David, y también aquella donde sales tú con papá, un pequeño volumen de Pushkin, las Lettres de mon moulin, otro de Maupassant, donde está Une vie, un pequeño diccionario… Cogí Chéjov, el libro aquel donde aparece “Una historia trivial” y “El obispo”, y eso es todo.

La principal función de la maleta era engañar a los judíos, hacerles creer que de verdad iban a reinstalarse en algún sitio.

Escribí hace unos meses sobre Herta Muller, que en Todo lo que tengo lo llevo conmigo, tiene el episodio de un hombre llevado al destierro: “En el fondo de la maleta coloqué cuatro libros: Fausto, encuadernado en tela, Zaratustra, el delgado Weinheber y la antología poética de ocho siglos”. Pero aquel artículo era sobre libros, así que hoy cuento todo lo que el hombre echó en una caja de gramófono convertida en maleta:

Un frasco de colonia, un frasco de loción de afeitar TARR, jabón de afeitar, una maquinilla de afeitar, una brocha, una piedra de alumbre, una pastilla de jabón, unas tijeras de uñas… un par de calcetines cortos de lana (marrones, ya zurcidos), un par de calcetines hasta la rodilla, una camisa de franela a cuadros blancos y rojos, dos calzoncillos cortos de reps… la bufanda nueva de seda… Después el hatillo: una colcha del diván (de lana, a cuadros azul claro y blancos, un envoltorio gigantesco, pero que no abrigaba). Y enrollado dentro: un guardapolvo (cheviot blanco y negro, ya muy usado) y un par de polainas de cuero (antiquísimas, de la Primera Guerra Mundial, de color amarillo melón con pequeñas correas). Después la bolsa de comida con: una lata de jamón en conserva marca Scandia, cuatro bocadillos, unas galletas que habían sobrado de Navidad, una cantimplora con vaso llena de agua.

El hombre empacó como si fuese a una casa de campo y no a un campo de trabajos forzados.

Estos pasajes siempre nos mueven a pensar: ¿qué llevaría yo? Por supuesto, no llevaría “calzoncillos cortos de reps” porque ni siquiera sé lo que son.

Cualquier viajero necesita equipaje, y los soldados son viajeros. En el libro A Greek Army on the March, John W. I. Lee nos cuenta que a la hora de la convocatoria bélica se le decía a los hoplitas atenienses: “Repórtense con comida para tres días”. Los soldados de aquella época se costeaban ellos mismos sus armas y armaduras. Los más adinerados llevaban esclavos para que les cargaran sus cosas.

El capítulo titulado “The things they carried”, comienza así:

Llevaban los aperos de su oficio: escudos y lanzas, proyectiles para hondas, flechas, jabalinas. Llevaban lo necesario para la vida: comida, agua, leña, ollas, capas, tiendas de campaña. Llevaban botín, cualquier cosa que pareciera portátil y lo bastante valiosa para acarrearse un cerro tras otro. Las cosas que llevaban eran tan pesadas y difíciles de manejar como corazas de bronce, tan ligeras y diminutas como el pedernal y la yesca. Solo unos pocos tenían animales o esclavos que ayudaban con el transporte.

El peto, las grebas, el casco y demás piezas de armadura eran tan pesadas que mejor marchaban con ellas puestas; eran tan trabajosas de quitar y poner, que dormían con ellas. El aparejo de armas y armadura podía pesar hasta treinta kilos. Cargaban con trompetas, tambores y flautas o aulós, ese instrumento que detestaba Alcibíades porque al tocarlo se inflaban los cachetes.

El título del capítulo hace eco del The things they carried de Tim O’Brien. Ahí leemos una historia de los soldados gringos en Vietnam a partir de las cosas que llevaban.

Las cosas que llevaban eran determinadas, en general, por la necesidad. Entre las indispensables o casi indispensables estaban abrelatas P-38, navajas de bolsillo, pastillas para encender fuego, relojes de pulsera, placas de identificación, repelente contra los mosquitos, chicle, caramelos, cigarrillos, tabletas de sal, paquetes de Kool-Aid, encendedores, fósforos, aguja e hilo de coser, certificados de pago de haberes militares, raciones de campaña y dos o tres cantimploras de agua… Dave Jensen, que no descuidaba la higiene ni en campaña, llevaba un cepillo de dientes, hilo dental y varias pastillas pequeñas de jabón… Ted Lavender, que no se quitaba el miedo de encima, llevaba tranquilizantes hasta que le pegaron un tiro en la cabeza en las afueras de la aldea de Than Khe a mediados de abril… Mitchell Sanders, el radio, llevaba condones. Norman Bowker, un diario. El Rata Kiley llevaba tebeos. Kiowa, bautista devoto, llevaba un Nuevo Testamento ilustrado que le había regalado su padre, que daba clases en una escuela dominical de Oklahoma City…

No sé por qué el título se alarga en español. Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, si bien tiene ritmo en dos heptasílabos.

En mi infancia, usábamos sobre todo la palabra “veliz”. Los rimadores decían “feliz como lombriz con su veliz”. Las mujeres viajaban con su neceser. Se podían llevar dos maletas de treintaidós o treintaiséis kilos, y esto daba margen a empacar mucho “por si acaso”. Sobre los viajeros que llevaban muchas maletas y paquetes decíamos que eran “como húngaros”. Los maleteros proliferaban en los aeropuertos y mucho trabajo tenían. La reducción a los veintitrés kilos vino por el sindicato de los operarios de equipaje, o eso me explicó la aerolínea cuando por primera vez tuve que pagar por el exceso de peso. Salvo en los viajes a Cuba, las maletas suelen pesar más en la vuelta que en la ida.

Cuando un avión se accidenta, da tristeza ver las cosas que llevaban en las maletas. ~


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