Celorio, o el mascarón de proa

Con un alto componente autobiográfico aunque con poca hondura, la obra de Gonzalo Celorio se encuentra muy por debajo de la de otros ganadores del Premio Cervantes. Más allá de su figura pública, este ensayo busca aquilatar los méritos auténticos de sus libros.
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La noticia, en noviembre de 2025, de que Gonzalo Edmundo Celorio y Blasco (Ciudad de México, 1948) había ganado el Premio Miguel de Cervantes causó estupor y perplejidad en ambas orillas del Atlántico. En México es conocido por ser un burócrata sin lectores y tan es así que los blurbs con los que Tusquets promociona sus libros, en la cuarta de forros, suelen ser firmados por críticos españoles, acaso más tolerantes con una literatura rancia y anacrónica como la practicada por Celorio.

Algún periodista ocurrente quiso explicar la sorpresa aduciendo que era un autor renuente a lo mediático, lo cual, de ser cierto, sería paradójico pues Celorio ha sido un poderoso funcionario como jefe de la extensión cultural universitaria, durante una década (1989-1998), director de la Facultad de Filosofía y Letras de la propia Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) entre 1998 y 2000, y fugaz director del Fondo de Cultura Económica (FCE) durante dos años. Es, desde 2019, el actual director de la Academia Mexicana de la Lengua.

En cuanto a su breve paso por la dirección del FCE, nombrado por el presidente Vicente Fox en 2000, Celorio arguye, en Ese montón de espejos rotos (2025), que fue despedido por negarse a privatizar la que fuera la gran casa editorial iberoamericana, aunque él mismo reconoce que no fue así, pues su sucesora, Consuelo Sáizar, no solo conservó a la editorial en el Estado mexicano, sino que le dio un ímpetu vigoroso y una notable visibilidad internacional. Es cierto, además, que su intención de abrir una sucursal del FCE en La Habana tropezó con la natural desconfianza de la dictadura, incluso siendo iniciativa de un compañero de viaje como Celorio, y solo hasta 2022 el gobierno de Andrés Manuel López Obrador pudo cumplir el sueño del efímero director del FCE.

En 2002, conocida la debilidad de Celorio por “su” Cuba, algunos nos preguntamos si la presencia del FCE en la isla, fuese a través de una sucursal, una biblioteca simbólica o de la participación en ferias de libros organizadas por el castrismo, garantizaría que el catálogo cubano de la editorial mexicana incluyese obras de autores disidentes. Celorio, en una carta al Reforma, aseguró que así sería.1 No tengo manera de comprobar la veracidad de su dicho, ni tampoco de negar la ingenuidad ecuménica que “nimbaba”, como él diría, su muy personal y conflictiva cubanía.

No es mi propósito, ni mi papel, juzgar al servidor público, al tanto Celorio de que Difusión Cultural de la UNAM, como se lo dijo su predecesor Fernando Curiel, posee un presupuesto “que representa un porcentaje significativo del presupuesto general de la institución”, siendo “superior al que dedicaban a la cultura muchos países latinoamericanos”, ni lo creo capaz de olvidar que “ninguna universidad del mundo, decía el rector José Sarukhán, es a su país lo que la UNAM es a México”.2 A través de todas sus mudanzas administrativas, Celorio se ha hecho acompañar de un “yo plural” del que se ufana reiteradamente, compuesto por amigos suyos, todos escritores de dudosos méritos: él mismo, Sealtiel Alatriste y los finados Hernán Lara Zavala e Ignacio Solares.3

En sus anecdotarios y libros de memorias (que invaden sus novelas como no podía ser de otra manera pues son obras autobiográficas), no desperdicia oportunidad alguna de aparecer retratado junto a todo tipo de celebridades literarias, políticas y mundanas, en toda clase de cónclaves académicos y ferias literarias, velorios incluidos, sin olvidar su boda verificada en la embajada de México en Madrid en 2016.4 Por toda esa exhibición, convertido su andar curricular en un vistoso mascarón de proa que acompaña su obra, no es fácil leerlo con ánimo de justicia.

Y empezar a leerlo, como yo lo hice, por sus ensayos, es francamente desalentador. Llamar “ensayos” a libros como Ensayo de contraconquista (2001), Cánones subversivos (2009) y Esplendor de la lengua española (2016) es un exceso de cortesía. Son lecciones de asignatura brindadas por un profesor empeñoso –magnífico según coinciden sus exalumnos– en iniciar al estudiantado en la doxa de la literatura hispanoamericana.

Hijo y nieto de cubanas, Celorio ha hecho de ese linaje insular (porque el otro, el paterno y peninsular, también lo llena de orgullo, como veremos) su territorio natural de expresión. Tras los recuerdos familiares, que serán materia de Tres lindas cubanas (2006), asume, no sin honestidad, la ambigüedad de su posición ante la dictadura, argumentando a favor y en contra del castrismo, en un juego dialéctico que, iniciando nuestro siglo, ya resultaba cansino.

Pero más allá de la política, asombra que Celorio no tenga nada interesante que decir, a fuer de ser didáctico, sobre Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante o Severo Sarduy (de cuyo “neobarroco” se sirve sin discutirlo), no sin presumir cómo él y Lara Zavala acogieron, en 1993 y en las prensas universitarias mexicanas, a cubanos marginados por el régimen como Senel Paz o un entonces desconocido Leonardo Padura, gesto plausible, qué duda cabe. No le regateo a Celorio su esfuerzo no solo por editar sino por comentar la obra de esos entonces jóvenes escritores cubanos.5

Pero sus lecciones sobre los barrocos del XVII y los del siglo pasado son solo informativas, amén de obvias, como cuando subraya que la diferencia entre unos y otros fue que los antañones “no sabían que eran barrocos y estos vaya que lo saben”.6 Que le haya parecido “un tropiezo primero con la lucidez” la lectura de El deslinde, de Alfonso Reyes, es, en efecto, un tropiezo ayuno de toda lucidez, pues es el peor libro de don Alfonso, como él mismo lo sabía, un manual de tufo porfiriano y positivista. Celorio aprecia ese mamotreto porque lo hizo mudarse de la lectura en pijama al escritorio, armado de lápiz y cuaderno de notas, pérdida de tiempo que expresa su idea –como he dicho– anacrónica, de la literatura, igual a la que tenía, en tanto teórico, Reyes en 1944.

Tras llenar varias páginas de Ensayo de contraconquista con la gratitud que todos debemos a Jorge Luis Borges, Celorio celebra a Julio Cortázar, su santo patrono, de quien lamenta haberlo saludado solo una vez en calidad de funcionario, aunque en otro libro, tras una aventurilla en París, presuma con largueza de haber dormido en alguna de las camas del escritor, gracias al connubio con una profesora del entorno de Ugné Karvelis, su pareja.7

Más allá de las cursilerías propias de los cronopios y los famas o del culto a la Maga (personaje dibujado por el argentino con una misoginia intolerable, según se quejaron conmigo unas alumnas hace veinticinco años, mucho antes de la ola neofeminista y sus cancelaciones), si algún joven lector se topa con Celorio en busca de razones (que las hay) para admirar a Cortázar, se quedará en ayunas. Cuando Celorio quiere hablar de sí mismo, lo cual es frecuente, siempre acaba por hablar de sus hermanos mayores, los de sangre o aquellos con quienes fraterniza como lector.

Cabe reconocerle a Celorio la fidelidad de sus admiraciones. Se atrevió a reseñar dos de las peores obras del último Carlos Fuentes, quien tras Cristóbal Nonato (1987), su gran apuesta final, careció de esos verdaderos amigos que lo previenen a uno cuando el despropósito se vuelve nuestra sombra e impone la decadencia tan temida. A diferencia de él, persistente en sus encomios de Fuentes, cuando Celorio ganó el Premio Cervantes, sus amigos escurrieron el bulto, sabedores de que se trataba de un galardón indefendible. Algún elogio, marcado con la sonrisa mustia de los dientes para fuera, se dejó leer en la prensa mexicana.

Reseñó Celorio El naranjo (1994) e Instinto de Inez (2001), de Fuentes. Sirviéndose de las muletas tomadas a préstamo de Gaston Bachelard y, no teniendo manera lógica de elogiarlo, se permitió el siguiente párrafo, digamos que enigmático: “Los relatos de El naranjo configuran imágenes esenciales de nuestra historia en ellas detenida en cuanto tal, pero particularmente dinámicas en tanto que, sin excepción, presentan la dualidad entre lo uno y lo otro, entre lo propio y lo ajeno.”8

La repetición cansina de los tópicos fuentesianos, cuyo dudoso esplendor está en Y retiemble en sus centros la tierra (1999), la segunda novela de Celorio, logró, al fin, atraer sobre él la atención de Fuentes, quien correspondió a su sincera admiración accediendo a presentar el libro, tras haberlo desdeñado como el funcionario que era, abriéndole las puertas de su privanza, junto al “yo plural” compuesto de sus tres compadres, quienes acompañaban al novelista en sus visitas a México.9

Ensayo de contraconquista demuestra que Celorio nada tiene nuevo que decir sobre Ramón López Velarde, Xavier Villaurrutia o Carlos Pellicer. A diferencia de su maestro Luis Rius, es lástima corroborar cómo Celorio solo repite tópicos, incapaz de recrear y revitalizar una “larga tradición”, alejado de toda noción de diálogo crítico con esos libros que se ufana de tener en su gran biblioteca.10 Otros de sus maestros, como Edmundo O’Gorman o Isidoro Enríquez Calleja, reciben, al menos, cabal reconocimiento.11

Cánones subversivos, a su vez, ofende desde el título. ¿Qué tiene de “subversivo” un canon donde se repiten los consabidos elogios de Cortázar, Carpentier, Fuentes y Gabriel García Márquez? Que Jorge Cuesta, en su día, dijese que la nuestra era “la tradición de la herejía” o que Octavio Paz nos inquietara a todos con la problemática noción de “la tradición de la ruptura”, es hacer crítica mediante el ensayo. La subversión subrayada por Celorio es solo academicismo. Vaya, ni siquiera es eso: es aceptar invitaciones de toda índole para repetir certezas canónicas con su “febricitante” pluma. Si al menos el funcionario universitario hubiera recordado al joven que fue, obsesionado con representar Dos viejos pánicos, de Virgilio Piñera, ensayando la obra de teatro en su casa, en 1971, algo de subversivo tendría su canon.12

Del esplendor de la lengua española repele por su pomposo título, aunque rinda homenaje a personas de sobrado mérito (José Luis Martínez, Augusto Monterroso, Antonio Alatorre, Margit Frenk, José G. Moreno de Alba, Roger Bartra, entre otros) y algunos de ellos sus predecesores al frente de la Academia Mexicana de la Lengua; no obstante sorprende la ausencia de Jaime Labastida, su inmediato predecesor, quien trató de limpiar su reputación como el usurpador de la revista Plural que fue en 1976, abriendo las ventanas de la vieja academia.

Antes de analizar la parte más sólida de la obra de Celorio, la novelística y memorialística, es menester decir que no hay mayor prueba de la escasa proteína que nutre a su literatura que la compulsiva repetición de fragmentos y el llano autoplagio. Todos nos repetimos, sin duda, pero al menos, cuando lo advertimos, decimos agua va. No es sino hasta Ese montón de espejos rotos cuando Celorio se aviene a reproducir, avisando, que repite fragmentos, por ejemplo, de El viaje sedentario. Varia invención (1994).

Casi no hay libro de Celorio –siendo la suya una obra relativamente modesta en dimensiones dada su edad y sus colmadas ambiciones– que no repita literalmente partes de obras anteriores. Doy algunos ejemplos, sin contar artículos enteros que viajan de un libro a otro: la descripción de su casa de juventud en Mixcoac, “porfiriana” y de “un franco gusto ferroviario” por la disposición sucesiva de las habitaciones, que comienza en El viaje sedentario y reaparece sin cuento; las instrucciones para preparar martinis, con o sin la consabida receta de Luis Buñuel en Y retiemble en sus centros la tierra, brindadas al hipócrita lector a la primera oportunidad; el pro y el contra de Fidel Castro, que va ad litteram de Ensayo de contraconquista a Tres lindas cubanas; el dichoso vocho “color mierda” como emblema de su juventud progre ambientada en el Bar León por la “música guapachosa”; aquí y allá, el retrato de la poeta cubana Dulce María Loynaz, reticente a publicar en México; de El metal y la escoria (título horrible, aunque venga de Borges) a Los apóstatas (2020), la anécdota del uso de la foto de uno de sus hermanos mayores para su propia credencial de boy scout y un tedioso etcétera que culmina con Ese montón de espejos rotos. Este último tomo, sus memorias propiamente dichas (aunque memoriosa sea también su trilogía compuesta por Tres lindas cubanasEl metal y la escoria Los apóstatas), duplica el volumen chismográfico Mentideros de la memoria, que en la bibliografía celoriana equivale a Algunas cosillas de Pito Pérez que se me quedaron en el tintero (1945), de José Rubén Romero, otro ilustre académico, por cierto.

Desde su primera novela y a lo largo de su trilogía, llamada “Una familia ejemplar” demostró crecientemente saber narrar, logrando la atención del lector, incluso cuando lo que se cuenta es baladí porque redacta bien, mucho mejor que otros novelistas dotados de una imaginación de la que él carece. Pero, desde Amor propio (1992), una fallida bildungsroman que es, obviamente, la primera de sus creaciones egomaníacas, es notoria la incapacidad de Celorio para profundizar incluso en sí mismo, desplegando una narración plana de cómo Ramón Aguilar, su alter ego, se empapa del espíritu de la época, pasando del catolicismo tradicional de su familia (que nada tiene de “medieval” sino es resultado del triunfo de la Revolución francesa a través del siglo XIX o, si se me apura, de la Contrarreforma) a la mutación generacional provocada por el movimiento estudiantil de 1968, siguiendo tan solo la línea del tiempo que va del aprendizaje de los buenos modales a Rayuela y al danzón.

El viaje sedentario, que en mala hora se adscribe a la varia invención arreoliana, es solo una libreta de apuntes de los temas a desarrollar en su linajuda trilogía, e incluye también estampas de sus años locos en Mixcoac y un trasunto de Los mexicanos pintados por sí mismos (1855), donde Celorio esboza, sin mayor gracia, al jardinero, el tragafuegos, el teporocho, el zapatero, la sirvienta, el cargador, la actriz, el voceador, la María y los borrachos, la puta, el afilador, el basurero, el pordiosero, etcétera.

Llama la atención que el narrador, al mudarse de casa, abandone a sus gatos a los cuales nunca quiso nombrar y confíe en que se alimentarán a su aire de lo que encuentren en el mercado contiguo.13El detalle es significativo: solo algunos de sus once hermanos alcanzan, en la obra de Celorio, la categoría de personajes. A ellos sí los nombra, a ellos sí los alimenta y a ellos, según confiesa una y otra vez, les debe todo. A través de la rancia novela familiar, Celorio confiesa su naturaleza vicaria.

En su siguiente novela, Y retiemble en sus centros la tierra, es algo más despiadado con su alter ego, el académico universitario Juan Manuel Barrientos, un borrachín petulante que al verse plantado por sus alumnos en un bar del hoy llamado Centro Histórico por cuyos misterios y vericuetos planeaba pasearlos, decide hacerlo en solitario, de bar en bar, y de cantina y en cantina. Como sus alumnos se equivocaron de día, somos nosotros sus lectores quienes hemos de soplarnos al narrador –gracias a su hermano Miguel, Celorio debe ser un estupendo guía de turistas, connaisseur de arte virreinal– en su proverbial viaje a los infiernos, antros incluidos.

La novela remite de inmediato a la jornada del cónsul Firmin en Bajo el volcán con la muerte del profe, nada menos que en el asta bandera del Zócalo y frente a la Catedral, al amanecer, con fantasía telúrica y vil asesinato, como tragedia de fondo. Encontrar el sacrificio patético (en el peor de los sentidos de la palabra) en los antros de la patria es una vieja tentación nacional, desde José Juan Tablada a Fuentes, pasando por Alejandro González Iñárritu. Me recordó esta novela de Celorio a Soledad (1944), de Rubén Salazar Mallén, que tiene como protagonista a otro plantado, el burócrata Alcázar, a quien sus colegas olvidan en el Zócalo para irse sin él de excursión a Cuernavaca. El contraste me incomoda: pobre Rubén, que nunca ganó nada, salvo sus merecidas bofetadas por ser fascista en el México de los años treinta, junto a un Premio Cervantes que, no sin esfuerzos protocolarios y sin mayor riesgo ideológico, logró darle la mano al tirano de La Habana, junto a un Carlos Pellicer llorando de emoción ante la multiplicación de los panes y de los peces lograda por el castrismo.14

Tres lindas cubanas, la primera de las novelas familiares de Celorio, sorprende porque el novelista no niega ninguno de los horrores de una dictadura estalinista establecida en 1961 en un trópico ajeno a los deshielos. La pobreza, la arbitrariedad, la servidumbre, la desigualdad, la persecución de los homosexuales, el abandono del patrimonio y el despotismo son todas las características del país que en 1974 el narrador visita por primera vez para encontrarse con sus tías maternas Rosita y Ana María. Celorio admite todas esas desgracias, sin justificarlas ni explicarlas.

Que la suya sea otra familia que acabe por dividirse (entre Miami y la isla) y que la afección de la tía que decide quedarse en La Habana sea más bien por miedo a perder sus escasos privilegios que por verdadero apego al “tremendo maestro” Fidel Castro, acaso una figura de culto que sustituye a un santo, tampoco hace que Celorio se baje de la Revolución cubana. La confunde –esteticismo de literato– con las novelas de Carpentier o de José Lezama Lima. Es, para Celorio, un hecho lírico irrefutable, ajeno al criterio, al sentido común, a la mera humanidad. Aunque sea una aldea Potemkin, no deja de estar dibujado como una Edad de Oro y con eso basta. Si acaso Celorio dice que castrismo y anticastrismo son hermanos simétricos en la castroenteritis.15 La dolencia diagnosticada por Cabrera Infante, enunciada desde la imperturbabilidad moral que le da al funcionario mexicano su cubanía y el pequeño presupuesto invertido en editar a los escritores insulares menos favorecidos por el régimen, para Celorio es solo una manera de no tomar partido.

Como ocurre en todas las novelas de Celorio, Tres lindas cubanas es un ejercicio de narcisismo que poco dice de Cuba (algo apenas de esos escritores marginales, aspirantes a personajes aplastados por el ego del narrador, quien prefiere contar cómo se le abrió a uno de ellos El Colegio de México en vez de hacer investigación novelesca sobre él) y la información que da de esa su rama cubana naufraga porque, en efecto, la trilogía entera (y de ello toma conciencia Celorio al prologar Ese montón de espejos rotos) oscila sin virtud entre la novela y las memorias.

Y de toda su trayectoria cubana, lo que más le indigna es haber sido maltratado por un soldadito que le impidió entrar, en su primer viaje, a una recepción en la embajada mexicana porque en el hotel se le perdió Pellicer –su cicerone– o, más tarde, ya como figurón de la UNAM, no haber podido retirarse de un acto oficial cuando se le dio la gana, porque nadie sale antes que Castro, de esas tenidas. En esa ocasión, como castigo a su impaciencia, no le dieron o vendieron su foto saludando al comandante.16 No sé si se quejó con “Abelito” Prieto, como llama cariñosamente al exministro de Cultura que festejó “el acto de repudio” piloteado desde La Habana contra Letras Libres en diciembre de 2002 en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, episodio que Celorio, con falsía, dice haber solucionado gracias a sus buenos oficios.17

Con El metal y la escoria, Celorio no claudica en su “viejo anhelo de escribir la historia de mi modesta estirpe, de la que tan poco sabía”18y vaya que averiguó, reconstruyendo cómo llegaron los Celorio desde Asturias al Nuevo Mundo a “hacer la América” con el consabido elenco de progenitores esforzadísimos y herederos despilfarradores, señoritos que acaban por volver a México tras la previsible bancarrota. Aunque, insisto, Celorio conoce los trucos para mantener la atención del lector distraído e impaciente, esa segunda entrega de su pasión familiar pasa con más pena que gloria, no sin haber cargado la pluma de los modismos regionales para acercarse al lar originario de su familia, en Celorio o Celoriu, parroquia del concejo de Llanes en Asturias. Del turismo revolucionario al turismo lexicográfico.

No le fue dado a Celorio fabular sin perderle el miedo a la falta de verosimilitud, salvo en un caso, bien logrado, en Los apóstatas, la mejor de sus novelas, la vida en paralelo de dos apóstatas: el erudito Miguel, que quiso ser dominico y colgó los hábitos para perder ya viejo la memoria, y Eduardo, entenado y víctima de los hermanos maristas, quien cura sus heridas entregándose a la Revolución sandinista, a la cual también Celorio rinde sentido homenaje tras lamentar lo ocurrido después: la siniestra corrupción autocrática de los Ortega. Olvida Celorio lo que el propio Sergio Ramírez Mercado, exvicepresidente de Nicaragua y Premio Cervantes en 2017, acabó por admitir: que en el ADN de toda violencia revolucionaria viene grabada la corrupción y el despotismo.

Como verdadero novelista, en ese “tiempo real” logrado cuando el escritor comparte los misterios que él mismo va desentrañando a su lector a través de una tupida red de averiguaciones familiares y no sin severas dudas éticas, Celorio cuenta cómo su hermano Eduardo fue víctima de prolongados abusos sexuales por parte del doctor marista Gonzalo Casas Alemán (fallecido en 1971), hermano a su vez de Fernando Casas Alemán, antiguo gobernador de Veracruz y exregente del entonces Distrito Federal. Si esas páginas son las mejores de su obra, es una pena que Los apóstatas se vea lastimada por las minucias inútiles tan propias de su narrativa, porque Celorio engorda su novela, introduciendo, por ejemplo, viñetas de diálogos suyos de sobrada tontería, en la infancia, con su madre. Es ajeno a la limpidez del trazo arquitectónico que debió aprender con su hermano Miguel, quien lo “introdujo en el mundo de los libros”,19 con escaso provecho.

Decía Salvador Novo que Jaime Torres Bodet no tuvo vida sino biografía. Imitándolo diría que Celorio se empeña no en novelar biografías, sino en narrar cuanta materia curricular caiga en sus manos. Me ha causado estupor que un escritor mexicano de segunda fila como él haya ganado el Premio Miguel de Cervantes. Todos los premios tienen malas rachas y los que ya estamos mayorcitos sabemos que la mayoría de los premios no se ganan, sino se trabajan. Es ocioso imaginarse el trémulo cálculo y la ávida pasión con que el presidente de la Academia Mexicana de la Lengua movió sus fichas pacientemente y utilizó correos del zar con pertinencia para lograr el galardón tan anhelado, imposible de obtener de no mediar la política cultural y el negocio editorial. Basta con recordar que cuando se le pedía apoyo para algún prospecto decía muy contrito que lo sentía, pero que su academia “ya tenía otro candidato”. Él mismo, desde luego.

Basta con ejercer la comparación de Celorio con otros mexicanos ganadores del premio para aquilatar el escándalo. Igualarlo con Paz (1981) sería una majadería. Compararlo con Fuentes (1987), rudeza excesiva. ¿Abrió Celorio las puertas de las literaturas del Este, como Sergio Pitol (2005), traductor y difusor infatigable, ciudadano de la literatura mundial y autor de una obra inolvidable como Domar a la divina garza? No. ¿Cientos de lectores, sobre todo jóvenes, recitan sus versos como lo hacen con los de José Emilio Pacheco (2009)? ¿Es autor Celorio de la crónica literaria más vasta del siglo XX hispanoamericano como lo es el Inventario, de Pacheco? Por supuesto que la respuesta es no para ambas preguntas. ¿Es al menos autor de un libro decisivo para la historia de México como La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, ganadora en 2013? Tampoco, Celorio no es autor de ninguna obra de esa naturaleza. ¿Su obra es un mundo inmenso en tres libros como lo es la de Fernando del Paso (2015) con José TrigoPalinuro de México y Noticias del Imperio? De ninguna manera.

No es la primera vez que Celorio, hombre de buena suerte y acertado cálculo, levanta un premio inmerecido. En el marco de un encuentro internacional de escritores en Monterrey, en 1999, Y retiemble en sus centros la tierra ganó, gracias a un jurado amistoso, el Premio IMPAC-Conarte-ITESM, contra Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, de Daniel Sada, la última gran novela del siglo XX mexicano, hazaña lingüística traducida al francés por Claude Fell. Si de aquella segunda novela de Celorio nadie se acuerda, similar será el destino de Mentideros de la memoria, chismografía de esas que solo a ciertos genios de las letras les salen bien, pero libro donde nos explica, por ejemplo, que a los madrileños les disgustan los diminutivos latinoamericanos o vuelve a contar la archiconocida anécdota de cuando le dijeron a su maestro Sergio Fernández, quien presumía sus mancuernillas por llevar piedras prehispánicas, que, en rigor, todas las piedras lo son.

Hace cuatro años, por Mentideros de la memoria, Celorio recibió el Premio Xavier Villaurrutia, el más importante de México, por encima de obras a la vez esenciales e íntimas para la memoria crítica mexicana como Mutaciones. Autobiografía intelectual, de Bartra, o Spinoza en el Parque México, de Enrique Krauze, ambas impresas también en 2022. Como diría el propio Gonzalo Celorio, su obra está condenada a ser un opulento mascarón de proa,20 galeote encallado en tierra firme, sin modo de volver al mar de la literatura, por un Premio Miguel de Cervantes que no merecía. ~

  1. Gonzalo Celorio, “Respuesta a Christopher Domínguez Michael” en El Ángel de Reforma, 26 de mayo de 2002; Celorio, Ese montón de espejos rotos,pp. 420-436.
    ↩︎
  2. Celorio, Ese montón de espejos rotos,pp. 68 y 294.
    ↩︎
  3. Ibid., p. 417.
    ↩︎
  4. Ibid., p. 458.
    ↩︎
  5. Celorio, De la carrera de la edad II. De regreso,pp. 282-287.
    ↩︎
  6. Celorio, Ensayo de contraconquista,p. 100.
    ↩︎
  7.  Celorio, Mentideros de la memoria,pp. 44-63.
    ↩︎
  8.  Celorio, Ensayo de contraconquista,p. 167.
    ↩︎
  9. Celorio, Mentideros de la memoria,p. 125.
    ↩︎
  10. Celorio, Ese montón de espejos rotos, p. 92.
    ↩︎
  11. Celorio, De la carrera de la edad II. De regreso, pp. 287-290; Cánones subversivos, op. cit., pp. 151-160.
    ↩︎
  12.  Ibid., pp. 140-141.
    ↩︎
  13. Celorio, El viaje sedentario,pp. 64-65.
    ↩︎
  14. Celorio, Tres lindas cubanas,p. 74.
    ↩︎
  15. Ibid., p. 301.
    ↩︎
  16. Ibid., p. 261.
    ↩︎
  17. Celorio, Ese montón de espejos rotos,p. 463.
    ↩︎
  18.  Celorio, El metal y la escoria,p. 136.
    ↩︎
  19. Celorio, Los apóstatas,p. 189.
    ↩︎
  20.  Celorio, Ensayo de contraconquista, p. 36. ↩︎


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