Deseo y destino de David Rieff (brillantemente traducido por Aurelio Major y con un prólogo tan breve como pertinente de John Banville) sostiene una tesis que perturbará a los simpatizantes de lo woke: el movimiento que “ha demolido desde hace un cuarto de siglo las humanidades universitarias” no respondía a un “antinomismo” contra el capitalismo, como quisieran creer sus acólitos. Por lo contrario: dio al capitalismo la continuidad y la profundización que necesitaba.
En discusión con el seminal Las contradicciones culturales del capitalismo (1976), de Daniel Bell, Rieff sostiene que la decadencia del liberalismo de viejo cuño y de la ética protestante dejó al capitalismo necesitado de una nueva justificación moral. Esa decadencia fue obra en parte de las artes occidentales, las cuales desde mediados del siglo XIX se propusieron destruir el statu quo social. Esta tendencia se sostiene hasta el presente; el lema totémico de los baby boomers fue la revolución. Pero esa desintegración no tenía por qué disgustar al capitalismo, que siempre fue contrario a la tradición; su lema sería la “destrucción creativa” de la que habló Joseph Schumpeter. “El capitalismo ya no consiste en imponer el orden, sino en destruirlo”, afirma Rieff:
En retrospectiva queda claro que la función más importante (de las artes en Occidente) fue servir como una suerte de inadvertida vanguardia del libre mercado, mediante la sistemática destrucción de una vez por todas de la ética protestante.
Nacido con la “teoría crítica de la raza” a mediados de la década de 1980, el movimiento woke logró consolidarse como la “ideología sucesora” del capitalismo, sostiene Rieff. Lejos de ser un heredero del marxismo, jamás se refirió a las clases sociales, el capital y el trabajo, sino que encajó perfectamente con el libre mercado. A cambio de adoptar la estética woke, sus lemas y una reeducación epidérmica contra el machismo y el racismo (lo que se llama Diversidad, Equidad e Inclusión, dei), las grandes corporaciones capitalistas se volvieron los vehículos queridos del movimiento. Nunca contracultura y capitalismo fueron más afines. Los ultrarricos dejaron los oropeles del pasado y se visten (parecería) como el hombre común: jeans, playera blanca o negra y tenis son el nuevo uniforme.
El arte y la alta cultura se devalúan, las humanidades mueren y la cultura occidental entra en decadencia. Se sustituye al arte por lo kitsch, en la definición de Milan Kundera: la persona ve una escena conmovedora y suelta una lágrima. Se observa a sí misma en ese acto y su propia virtud le hace derramar otra lágrima. Es esa segunda lágrima, la de la autocomplacencia narcisista y de mala fe, lo que constituye lo kitsch. Recordemos que, en la Checoslovaquia comunista, Kundera eligió lo kitsch para calificar la hipocresía: era como el betún del pastel de quienes usan y abusan del poder en nombre de su superioridad moral. Escribe Rieff, haciendo prueba de su incisiva inteligencia:
ninguna persona decente debería vanagloriarse de su felicidad sin sentirse igualmente impulsada, al mismo tiempo, a vanagloriarse de su virtud, es decir, de su empatía, su solidaridad y su compromiso con un futuro mejor y más justo. Pero se pretende un mayor alcance. El supuesto subyacente es que cada vez es menos posible ser feliz en un sentido moral tolerable a menos de que también se sea virtuoso. Desde ese punto de vista, el “gran sermón moral” no es la carga que ahora conlleva sentirse alegre, sino el requisito previo de la alegría. Es decir, no se trata de una imposición, no solo de un aprendizaje moral, sino de un favor psíquico. Por ello, a menudo parece que la distopía en la que hemos entrado no es ni 1984 de Orwell ni Un mundo feliz de Huxley, sino más bien 1984 reescrito por Huxley.
El libro de Rieff adopta algo de la modernidad mediática que revela tan profundamente: construido a partir de “entradas” de la cuenta de Rieff en la plataforma Substack, esta disposición le permite abordar su temática in medias res. No tiene la estructura habitual de un libro de análisis –no procede acumulativamente–, de modo que la lectura progresiva puede volverse un tanto densa. Más vale adoptar el modo que dicta el medio y abrir el libro en cualquier parte. Dicho esto, Deseo y destino está lleno de análisis profundos y originales, que dan cuenta de la complejidad del tema, con ejemplos sorprendentes.
Rieff no ofrece una definición de lo woke, un recorrido sistemático de sus muchas facetas ni una historia de ese movimiento, pero queda claro que nace a mediados de los años ochenta con la “teoría crítica de la raza”, que contiene a la llamada “política identitaria”. “Todo el mundo puede situarse en una jerarquía de la opresión”, pero desde luego el opresor solo puede ser el blanco, y, en el caso de que no sea blanco (por ejemplo, los grupos en el poder en China), podrá serlo de manera simbólica: lo cual señala otra característica de este modo de pensar, en el que lo metafórico sustituye a lo real.
Por otro lado, la legitimidad no reposa en la calidad, vista como elitista, sino en la representación de un segmento oprimido: “la cultura es representación y la representación es cultura”. Las condiciones materiales en las que prospera lo woke suponen la pérdida de autonomía de las universidades, convertidas en negocio; en ellas, la innovación constante del libre mercado somete a las menguadas humanidades: materia que no atraiga a los alumnos ha de desaparecer, y maestro que no guste a su alumnado debe salir.
El conglomerado woke, todopoderoso en las universidades, defiende agresivamente la “discriminación positiva” (la supuesta virtud de hacer a un lado a los blancos para dar lugar a las minorías raciales) pero ha borrado toda consideración por las condiciones materiales y los problemas reales de la población negra en particular. El omnipresente daño psicológico, la detección de los traumas y de las “micro-agresiones” han desplazado a los daños materiales concretos. Un corolario es la lucha sin tregua contra el racismo internalizado de los blancos en todos los campos, incluida la medicina misma, donde importa más que el doctor sea, o se considere a sí mismo, “buena persona” a que sea… un buen doctor.
Lo woke incluye también la “militancia de género”: quedó muy atrás la defensa de las mujeres maltratadas. Al borrarse la distinción entre lo personal y lo político, y dado que asistimos al “triunfo de la subjetividad radical”, ahora la militancia de género y el “feminismo interseccional” llegan al extremo de recomendar con severidad “cuestionar tus preferencias” sexuales o amorosas.
Además de teorizar la complejidad de este fenómeno lleno de facetas, Rieff se divierte cosechando ejemplos aberrantes. Uno de los mejores es el libro que en 2023 la Universidad de Duke le publicó –sin ironía o humor– a la profesora de CUNY Leigh Claire La Berge, llamado Marx para gatos. Un bestiario radical (¡hay traducción al español!). La “teoría crítica avanzada” en este caso proponía hacer del marxismo un proyecto “interespecies”. La autora llegó a hacer presentaciones públicas frente a un auditorio de gatos. Al respecto Rieff cita un tuit en el que alguien observó la “vena profunda de inmadurez pueril que impulsa la cultura moderna”.
Sin embargo, los excesos absurdos del movimiento no significan que sea inofensivo: lejos de ello. Su moralismo es profundamente monolítico y autoritario. Muchos profesores, autores y figuras públicas han sido despedidos o “cancelados” invocándolo. Este orden de cosas se impuso sobre todo en lo que Rieff llama la anglosfera y, dentro de ella, en el “complejo académico-cultural-filantrópico”. Europa y América Latina son una excepción parcial, dice el autor, en tanto subsiste la tradición conservadora, que ejemplifican Michel Houellebecq o Jorge Luis Borges. Esa esperanza subestima la capacidad de penetración de lo woke y corrientes afines.
La obvia pregunta que el lector se hará es: ¿qué ha ocurrido con el conglomerado woke en la era trumpiana? Es claro que, bajo el segundo mandato de Trump, ha operado una cargada masiva contra el ecosistema woke. Un polo llama al otro polo, se diría. Pero aparentemente no se anulan, sino que se hacen más tóxicos y agresivos. Y, en la nueva atmósfera trumpiana, ¿cómo encaja la tesis de Rieff según la cual el wokismo es un fenómeno originado por el capitalismo y profundamente afín a este? Tal vez la respuesta sería que con Trump se erige otra alternativa de “ética” capitalista: la de la fuerza bruta, el fin del imperio de la ley y la fusión más descarnada del capitalismo corrupto y clientelar con el poder.
También podría pensarse que el movimiento woke, moralista autoritario, lejos de reemplazar a la ética protestante y calvinista, es su digno heredero, como estudió bien Ian Buruma en “La ética protestante y el espíritu de lo woke” (Letras Libres, octubre de 2023), en donde hizo referencia a las afinidades del wokismo con el MeToo. Otro aspecto importante que podría considerarse parte de lo woke –y que Rieff no trata – es el multiculturalismo en su faceta propiamente geopolítica, cuyo origen –como ha mostrado Paul Berman en “Una caricatura estúpida y la ideología universitaria” (Letras Libres, noviembre de 2024)– está en Frantz Fanon. Este teórico y militante de la Martinica sustituyó la lucha de clases por la oposición entre el norte y el sur y dio preeminencia a la descolonización. Pero no solo esto: desechó toda dialéctica (una característica, recordemos, del marxismo) al servicio de una causa que enarbola y justifica el odio y la sed de venganza. La infinita bondad de lo woke esconde un trasfondo mortífero.
Rieff tampoco menciona las derivaciones más venenosas de la teoría crítica de la raza, la “oleada identitaria” y la “discriminación positiva”, pues están en el origen del odio anti-blanco y del antisemitismo, y estos últimos no se limitan a la “anglosfera”. En Francia la “obsesión racialista”, cobijada por el partido llamado “La Francia insumisa” de Jean-Luc Mélenchon, reúne a gente de minorías raciales que se autodenominan “racializados” y que aborrecen a la vieja izquierda (“la izquierda blanca”), repugnancia que alcanza a su propio líder, finalmente un blanco nacido en Marruecos, un pied-noir, miembro directo –él, sus padres y abuelos– del colonialismo francés que oprimía a Argelia y Marruecos. Frente a la población inmigrante siempre en ascenso, la derecha racista ha denunciado lo que llama el “gran remplazo”: una supuesta voluntad de sustituir a los blancos. Recientemente Mélenchon decidió hacer suya esa intención. Otros militantes “racializados”, diputados o miembros del gobierno, lo han secundado: defienden que, en efecto, son cada vez más numerosos y tienen más hijos que los blancos, de modo que sí, van por el “gran remplazo”. Y desde luego que estas corrientes son una punta de lanza del feroz antisemitismo que se expande en Francia y otros lados de Occidente.
Sorprende la poca atención que ha merecido la infausta involución moral de la izquierda mundial desde el movimiento de 1968. La descolonización, el rechazo hacia los “blancos” y hacia la cultura occidental son las nuevas prioridades, que han sustituido la defensa de la clase trabajadora y de las mujeres. La radiografía de lo woke que nos ofrece Rieff es una parte de este vasto tema, un esfuerzo valiente, inteligente y original, que se agradece. ~