Queremos creer que las grandes decisiones históricas son racionales. Su moralidad puede ser dudosa (como secuestrar a un mal presidente para apoderarse del petróleo de un país) pero racional. Una corriente muy importante de pensadores y analistas está convencida de que los acontecimientos históricos tienen su origen en determinismos socioeconómicos. Se acostumbra dejar de lado, por incómodo, su fondo irracional. Los hechos del pasado nos parecen lógicos y explicables a posteriori. Los antiguos, en cambio, veían la Historia con desconfianza, explica Octavio Paz, el mundo les parecía regido “por la contingencia y su cortejo de accidentes: el azar, las pasiones, la locura y el mayor de todos, la muerte” (Pequeña crónica de grandes días).
Nos cuesta admitir que la fuente de algunos de los mayores conflictos de nuestro tiempo sea religiosa, es decir, irracional. Preferimos creer que la geopolítica o la economía (el petróleo) lo explica todo. Irán quiere eliminar a Israel por intolerancia étnica y religiosa, por eso armó a Hamás y a Hezbolá. Putin justifica la incursión a Ucrania aduciendo que esta pertenece al “mundo ruso”, idea cuyos orígenes provienen de la conversión al cristianismo de Vladimiro el Grande, gran Príncipe de Kiev, en el siglo X.
Alexi Pavlov, secretario del Consejo de Seguridad ruso, justificó la invasión a Ucrania como una lucha contra la “desatanización”. Cirilo, patriarca de Moscú y de todas las Rusias, otorgó a Putin por esta acción militar los títulos de “Guerrero contra el Anticristo” y “Exorcista en Jefe”. Todas estas cosas nos parecen justificaciones carentes de sentido ya que en Occidente, de acuerdo con el filósofo John Gray, existe “una asentada negativa a comprender el papel de la religión en el Estado ruso”.
Escéptico y crítico del liberalismo, John Gray es también un agudo observador del mundo postsoviético. Desde el primer momento puso en entredicho las esperanzas occidentales de que la Unión Soviética, tras su desplome, se transformaría en una sociedad democrática de libre mercado. Lo que siguió a la caída fue el libertinaje extremo y el caos. Hasta la llegada providencial de un hombre fuerte, de un gris ex agente de la KGB, de un fiel asistente de Boris Yeltsin, que pasó de ser un presidente autoritario a un dictador expansionista y despiadado: Vladimir Putin. El 24 de febrero de 2022, con la invasión a Ucrania, Putin, de acuerdo a John Gray, “decidió clausurar el periodo de libertad y prosperidad relativas” que había caracterizado a su gobierno. La suya no fue una apuesta al futuro sino una postura netamente reaccionaria: regresar a Rusia a la situación previa a la desintegración de la Unión Soviética. Para él, Ucrania no es una república independiente y democrática sino una parte esencial de Rusia. Hasta ahora, cuatro años después de la invasión, lo ha intentado por vías agresivas y salvajes, reservándose el empleo del armamento nuclear que, irónicamente, Ucrania cedió a Rusia con el aval complaciente de Occidente.
Sobre la condición del armamento nuclear ruso escribe John Gray (en un apartado de Los nuevos Leviatanes, Sexto Piso, 2025) de la mano de Dimitri Adamsky (Russian nuclear orthodoxy: Religion, politics and strategy, Stanford University Press, 2019). Lo que revela no puede ser más inquietante. De forma metódica, la iglesia ortodoxa ha penetrado al complejo industrial militar ruso, especialmente su área nuclear. En todas las grandes bases nucleares “hay una iglesia, una capilla o un oratorio marcial”. Abundan los íconos en los cuarteles, puestos de mando y plataformas nucleares. “El clero castrense proporciona atención pastoral regular a los militares del cuerpo nuclear”. Clérigos y comandantes de las fuerzas nucleares celebran juntos las fiestas religiosas. Durante los ejercicios, las maniobras y los lanzamientos espaciales y nucleares se pronuncian rogativas y se rocía agua bendita. “Los capellanes nucleares están integrados en las actividades profesionales a lo largo de toda la cadena de mando”. Templos móviles acompañan a los misiles balísticos intercontinentales, “también los submarinos nucleares tienen sus propias iglesias portátiles”. Los sacerdotes ortodoxos ocupan hoy el lugar que tenían antes los comisarios políticos. “La iglesia ortodoxa –señala Gray– se ha autoposicionado como uno de los principales custodios del potencial nuclear del Estado, se siente así legitimada al reclamar su papel como uno de los garantes fundamentales de la seguridad nuclear rusa”.
Esta intensa religiosidad no representaría en sí misma algún peligro, pero dos detalles son motivo de alerta. El primero es la estrecha relación entre militarismo y religión (Putin: “Las concepciones religiosas tradicionales y el escudo nuclear son componentes que fortalecen al Estado ruso y crean las condiciones necesarias para proporcionarle su seguridad interior y exterior”); el segundo, el carácter apocalíptico de los custodios del arsenal nuclear ruso. De acuerdo con Adamsky, la iglesia ortodoxa “está muy asentada en el sistema que controla el armamento nuclear, donde las tesis de disuasión conviven con ideas escatológicas sobre un apocalipsis destructor del mudo”. La Tierra debe destruirse para terminar con el Mal, para que así pueda surgir un mundo nuevo ya purificado. Según Gray, el lenguaje apocalíptico figura en varias declaraciones de Putin, como la siguiente: “Como ciudadano de este país y Jefe del Estado ruso, no puedo evitar preguntarme ¿para qué querríamos un mundo sin Rusia?”
La invasión a Ucrania no es solo una guerra convencional para satisfacer la megalomanía de Putin, ni tampoco un mero intento de expansión para hacerse de los recursos naturales ucranianos. Para Viocheslov Nikovov, vicepresidente de la Duma estatal rusa, “estamos ante un choque metafísico entre las fuerzas del bien y las del mal… lo que se está librando es una guerra santa en la que tenemos el deber de vencer”.
La Historia es impredecible, sobre todo porque en su desarrollo están implicados factores como el accidente y la irracionalidad, tal como ocurre en la vida cotidiana de todos nosotros. ~