Carta desde Barcelona: Abril es para escritores

Hay un solo día al año en el que todo gira alrededor del libro, que no quiere decir que todo gire alrededor de la literatura, ni mucho menos.
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Estalla el verano en Barcelona. Apenas hemos tenido tiempo de disfrutar de la primavera, da la impresión de que el entretiempo se va haciendo cada vez más corto, que pronto todo será invierno puro o estío implacable. Volverá la humedad asfixiante que humilla y derrota. El que puede permitírselo se va de aquí tan pronto como puede: un festivo, un fin de semana, las vacaciones. Es la ciudad del ruido y las obras. Acompaño a una persona que se desplaza estos días con muleta y el simple hecho de salir a la calle se convierte en un deporte de riego: siempre hay una acera levantada en Barcelona, señales amarillas que indican la presencia de esos trabajadores (casi todos inmigrantes, casi todos de origen marroquí) que hacen algo concreto, útil, dirán las autoridades que algo del todo necesario para el bien común. Ensancharon la acera y creímos que era para facilitar el paso a los que vamos a pie pero luego nos dimos cuenta de que la terraza del restaurante de abajo se expandía hasta casi llegar a nuestro portal. Todo aquí se hace para facilitar las cosas a los negocios con más actividad: el turismo y la hostelería. 

Hay un solo día al año en el que todo gira entorno al libro, que no quiere decir que  todo gire alrededor de la literatura, ni mucho menos. Porque hace ya tiempo que dentro de un libro puede haber de todo: arte del bueno o cuatro frases de un futbolista, una instagramer o un famoso que lo es por razón desconocida. El día de Sant Jordi toda Cataluña se llena de paradas de libros y rosas porque es nuestro día de los enamorados: él le regala una rosa a ella y ella un libro a él. Una rosa que es el símbolo de la sangre del dragón que mató el santo, nuestro patrón oficial. Eso según establece la tradición. En el Sant Jordi del siglo XXI se compran muchos más libros que el ejemplar para el novio o el marido. El cinco por ciento de descuento establecido por el gremio de libreros es un incentivo, parece. Y autores del mundo entero acuden a la cita y firman en distintas paradas a lo largo del día. Cuando te dedicas a este extraño oficio de  escribir y tienes una novedad reciente en el mercado la jornada suele llenarse de citas en las distintas librerías con parada: a las 10, 11, 12, etc. Es una feria de escritores corriendo para llegar puntuales al siguiente puesto, con la mayor cantidad de personas que circulan por el centro en todo el año, concentrada toda la actividad en dos vías principales: paseo de Gràcia y Rambla Cataluña. No hay día en el que los que creemos en la literatura nos sintamos más insignificantes, engullidos por el mundo que nos contiene: el del mercado de los libros. También es el único día en el que podemos cruzarnos y compartir mesa con figuras que nada tienen que ver con nuestro mundo. Consulto mi agenda de este año: en un sitio firmo a la misma hora que un famoso director de cine. Otras veces he coincidido con políticos, cocineros, presentadores de televisión, una escaladora. La gente del libro es de lo más variada. Y hay colas infinitas para conseguir la estampa de la firma en tu ejemplar con una dedicatoria que los lectores esperan sea exclusiva para ellos, original, genial, tan ocurrente como lo que escribes en el libro. Solo que el texto impreso no suele aparecer así como por arte de magia y es difícil encontrar unas palabras sinceras con que garabatear esa página. Hay colegas que saben dibujar o expanden la letra para que la dedicatoria quede espectacular. Yo sigo sin saber muy bien qué hacer, qué poner. Y de los nervios me pongo a dudar hasta de cómo se escribe mi nombre. Me imagino a dos lectores distintos que se encuentran por casualidad y se muestran sus respectivos ejemplares de mi novela: les he puesto exactamente lo mismo a ambos, ¡qué horror! Descubrirán al fin que soy una impostora. Si no sabes dedicar un libro, ¿cómo vas a saber escribirlo?  

Este año la polémica del Sant Jordi (casi siempre hay alguna) la ha protagonizado Eduardo Mendoza, ese señor elegante de fina ironía que tiene edad suficiente para decir lo que le apetezca. No fui a la presentación de su libro y desconozco el contexto real en que hizo unas afirmaciones que han traído infinidad de artículos en prensa. Casi todos llenos de encendidas críticas. Todo empezó en twitter, por supuesto, en la red de la que no soy usuaria parece que saltó la chispa y en todos los medios no se ha hablado de otra cosa. ¿Qué dijo el autor de esta Ciudad de los prodigios que fuera tan escandaloso? ¿Un insulto racista? ¿un llamamiento a algún tipo de revolución, de alzamiento? ¿un exabrupto machista? ¿Hizo alguna afirmación políticamente incorrecta desde los estándares del presente que no son necesariamente los del futuro? Para nada. El vídeo que se reproduce en todas partes muestra a Mendoza con una sonrisa poco disimulada, un evidente y travieso afán provocador, ese que usan a veces los abuelos con los nietos. Dijo que el 23 de abril es el día del libro y, como mofándose del clickbait sentenció: “fuera Sant Jordi”. Añadió, con sorna, que ese santo no es ni patrón de escritores ni debió ser muy lector, que es un maltratador de animales. La provocación funcionó muy bien porque salieron en tromba infinidad de voces a afearle al escritor su propuesta. Y lo peor de todo: se tomaron en serio la broma y consideraron una ofensa al sentimiento nacional catalán el desprecio hacia el protagonista de lo que no es más que una leyenda y un ser fantástico que de animal tiene muy poco. Me doy cuenta entonces de que ya no estamos en la postmodernidad, que la parodia ha ocupado el lugar de la realidad y por eso ya no distinguimos a la primera de la segunda. Incluso algunos compañeros de profesión que en su día adoptaron un distanciamiento irónico con todo tipo de ideología se han sumado al escarnio público del ya octogenario. Desde fuera puede no entenderse demasiado bien que lo que está en disputa no es ni Sant Jordi ni el dragón ni mucho menos la princesa (olvidada princesa, ¡ay!) sino la identidad catalana misma, ese eterno conflicto político que tan lejos queda de estas páginas en blanco que al fin he podido llenar. 


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