Ilustración: Letras Libres

El amor en los tiempos del algoritmo

Más libertad, más opciones y más tecnología no han fortalecido las relaciones sentimentales: las han vuelto más frágiles, inciertas y transaccionales.
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A Bárbara Ávila, cuya conversación dejó resonando
las preguntas que recorren este texto.

Hay épocas en que una civilización revela su verdad. No en sus guerras ni en la elección de sus líderes, sino en la forma en que hombres y mujeres dejan de encontrarse. La nuestra parece ser una de ellas. Nunca hubo tanta libertad, tantas opciones para elegir, tanto discurso sobre autonomía y realización personal, tanto lenguaje terapéutico para hablar de sexualidad, deseo, vínculos y cuidado emocional.

Y sin embargo, algo esencial se ha resquebrajado. No se advierte solo en las decrecientes tasas de natalidad, en la caída de los matrimonios o en el aumento de los divorcios, sino en una sensación íntima: para una parte cada vez mayor de los jóvenes, tener una pareja estable ya no es el comienzo natural de la adultez, sino una empresa incierta, agotadora y, a veces, inalcanzable. Formar pareja se ha vuelto más difícil, casarse ha dejado de ser un horizonte compartido y tener hijos se percibe cada vez menos como una promesa natural de continuidad y cada vez más como una decisión cargada de incertidumbre. Y cuando una sociedad deja de reproducirse, no estamos ante una simple anomalía demográfica, sino ante una señal más profunda de agotamiento histórico y de pérdida de fe en su propio futuro.

En este entorno han surgido fenómenos como el de los “passport bros”, hombres que convierten el desencanto amoroso en estrategia. Son hombres que viven en Occidente y que buscan pareja en el extranjero porque consideran que el mundo de las citas en sus países de origen está “descompuesto”. La premisa es simple: si el mercado romántico de sus sociedades ya no les favorece, hay que desplazarse hacia otro donde el dinero, la nacionalidad o el prestigio relativo jueguen a su favor. En la superficie, parece solo una curiosidad digital o una extravagancia masculina amplificada por los algoritmos de la época. En el fondo, es algo más preocupante y más revelador: ahí donde antes se hablaba de cortejo, compatibilidad, compromiso o destino, ahora empiezan a imponerse palabras como ventaja, optimización, arbitraje o “life hack”. El vínculo amoroso, que durante siglos organizó la imaginación íntima de las sociedades, empieza también a pensarse con la lógica fría y burda de un mercado.

El pesimismo de los jóvenes tiene fundamentos concretos. Reportes financieros, datos de mercado y estadísticas demográficas muestran que el suelo material sobre el que antes se construían la pareja, el matrimonio y la familia se ha vuelto mucho más frágil. Lo que para otras generaciones era el punto de partida –un empleo relativamente estable, la posibilidad de comprar una casa, la expectativa de formar una familia– se ha vuelto para millones de jóvenes una meta casi inaccesible.

Desde luego, el desencuentro entre hombres y mujeres no puede comprenderse del todo si se olvida ese derrumbe material. Y, sin reducir la compleja interacción humana a una mera caricatura biológica, tampoco conviene olvidar que ciertas disposiciones afectivas arrastran la memoria larga de nuestros ancestros. La teoría de la inversión parental –desarrollada por la psicología evolutiva– parte de una asimetría básica: para las mujeres, la reproducción implicó históricamente costos biológicos más altos y, por tanto, un mayor incentivo a privilegiar protección, estabilidad y capacidad de provisión; para los hombres, en cambio, cobran evolutivamente más peso relativo las señales de juventud y fertilidad. Esa lógica no agota ni determina la experiencia amorosa contemporánea, pero ayuda a entender por qué, en medio de un pesimismo generacional que tiene fundamentos concretos, la distancia entre las expectativas de hombres y mujeres se ensancha como nunca antes en la historia contemporánea humana.

Una parte de los hombres llega al vínculo con más cautela frente a compromisos que percibe como financieramente asfixiantes; una parte de las mujeres, en cambio, endurece sus umbrales de exigencia, menos dispuesta a apostar por ambigüedades y más atenta a la estabilidad, la seriedad y la reciprocidad. No se trata de una guerra entre sexos, sino del choque entre disposiciones antiguas y un presente que ha vuelto cada vez más difícil cumplirlas.

Sobre esa fragilidad material se ha montado además un nuevo ecosistema digital y algorítmico que vuelve más difícil el encuentro. No solo cuesta más construir una vida en común; también cuesta más iniciar, sostener y dar forma al vínculo mismo. A la precariedad estructural se suma la precariedad relacional: la mediación constante de las pantallas, la ilusión de opciones infinitas, la lógica algorítmica de las aplicaciones y una cultura sentimental que ha normalizado la ambigüedad, la provisionalidad y el miedo al compromiso.

Las aplicaciones no inventaron el encuentro amoroso, pero sí lo industrializaron. Convirtieron el cortejo en mercado, la atracción en jerarquía y la conversación en una economía de atención brutalmente desigual. En los mercados digitales del deseo, hombres y mujeres no solo compiten: se clasifican, se comparan y se descartan con una rapidez inédita. Diversas investigaciones sobre citas en línea sugieren que ambos sexos suelen aspirar a parejas considerablemente más deseables que ellos mismos, mientras la lógica del scroll infinito intensifica la percepción de que siempre hay alguien mejor a un clic de distancia. La promesa de abundancia produce, paradójicamente, escasez de compromiso: si las alternativas parecen infinitas, nadie quiere cerrar del todo la puerta a algo “mejor”.

Circula desde hace años en foros, podcasts y comunidades digitales la llamada “regla 80/20”: la idea de que una pequeña minoría de hombres concentra la mayor parte de la atención femenina en las aplicaciones de citas. Más allá de su inexactitud matemática, lo relevante es el clima que delata: la percepción de que el mercado amoroso digital distribuye la visibilidad de manera desigual y deja a una gran parte de sus usuarios atrapados entre ser invisibles o estar en competencia permanente. A esa asimetría se suma otra distorsión todavía más corrosiva: la falsificación del vínculo. Las aplicaciones multiplican perfiles engañosos, identidades curadas hasta la irrealidad y estafas sentimentales a escala industrial. La Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos reportó pérdidas superiores a los 1,100 millones de dólares por estafas románticas en 2023. Cuando hasta el primer contacto amoroso comienza bajo la sombra de la sospecha, el problema ya no es solo que amar se vuelva más difícil, sino que la confianza misma deja de ser el punto de partida del vínculo.

Un botón de muestra particularmente alarmante de esta mutación. Mientras la intimidad digital monetizada crece a una velocidad vertiginosa –OnlyFans, la plataforma de suscripción que masificó y monetizó la pornografía amateur y la intimidad digital, pasó en pocos años de ser un nicho a mover miles de millones de dólares–, distintos estudios vienen documentando una caída en la frecuencia sexual y en la actividad íntima de los jóvenes en varios países desarrollados. No se puede afirmar que una cosa causa mecánicamente la otra, pero la coincidencia ilumina un cambio de época: excitación, validación e incluso el simulacro de compañía pueden obtenerse ya sin cuerpo presente, sin exposición al rechazo, sin el riesgo del rechazo del otro, sin la incomodidad de la reciprocidad y sin la carga de la responsabilidad: basta una pantalla, un pulgar y una tarjeta de crédito. El deseo no desaparece; se digitaliza, se terceriza y se vuelve transaccional.

A todo esto se suma el nuevo ideal de libertad individual impulsado por el movimiento conocido como woke, amplificado por redes sociales, aplicaciones y cultura digital, que ha terminado por erosionar las condiciones mismas que hacen posible el vínculo duradero. Lo que comenzó como una emancipación frente a estructuras rígidas derivó, en muchos casos, en una cultura que celebra la autonomía pero desconfía del compromiso, que exalta el deseo pero rehúye la responsabilidad, que normaliza la experimentación pero trivializa sus consecuencias. No es un fenómeno exclusivo de un sexo ni de una corriente ideológica; es un clima compartido. Bajo esa lógica, el otro deja de ser un fin y se convierte en una opción más, siempre provisional, siempre sustituible. Y cuando la libertad se ejerce en un entorno diseñado para maximizar la gratificación inmediata y minimizar el costo de abandonar una meta compartida, el resultado no es necesariamente más plenitud, sino más fragmentación: vínculos que empiezan con intensidad y se disuelven sin explicación.

Y cuando parecía que el ecosistema de las citas había alcanzado su punto de saturación, aparece una última capa de extrañamiento: la automatización del vínculo. La inteligencia artificial ya no solo organiza perfiles o sugiere coincidencias: empieza a escribir mensajes, optimizar conversaciones e incluso simular interés. Según un estudio de Match Group y el Kinsey Institute, una cuarta parte de los solteros en Estados Unidos utiliza herramientas de inteligencia artificial para mejorar sus perfiles o comunicarse con posibles parejas. Lo que antes exigía intuición, vulnerabilidad y presencia comienza a delegarse a sistemas diseñados para maximizar resultados. El riesgo no es solo la pérdida de autenticidad, sino algo más sutil: la erosión progresiva de la experiencia misma del encuentro. Si el cortejo se automatiza, la conversación se terceriza y el interés se optimiza algorítmicamente, ¿qué queda del vínculo cuando finalmente dos personas se encuentran cara a cara?

¿Qué ocurre con una generación que ha aprendido a optimizar perfiles, pero no a sostener relaciones? ¿Qué pasa cuando el deseo se entrena en la gratificación inmediata, pero el amor exige tiempo, renuncia y continuidad? ¿Cómo se construye intimidad en un entorno que premia la ambigüedad y facilita la sustitución? Pero sobre todo:  ¿qué clase de sociedad produce individuos cada vez más libres, más expresivos, más conscientes de sí mismos y, sin embargo, cada vez menos capaces de sostener una responsabilidad? Tal vez el problema no sea que hayamos dejado de creer en el amor, sino que hemos construido un entorno social, económico y digital que vuelve cada vez más difícil sostenerlo en realidad.

La cuestión de fondo no es sentimental, sino civilizatoria. Una sociedad que no logra reproducirse, que posterga indefinidamente la formación de familias, que sustituye la intimidad por simulacros monetizados y que delega incluso el cortejo a los algoritmos, no está simplemente cambiando sus costumbres: está entrando en una zona de agotamiento social y cultural. Las grandes crisis no siempre irrumpen con la violencia de guerras o crisis económicas; a veces avanzan en silencio, bajo la forma de vínculos superficiales y endebles, hogares que nunca llegarán a formarse y futuros que ya nadie se atreve a imaginar en plural. La pregunta no es si volveremos a enamorarnos de verdad, sino si seguiremos siendo una civilización capaz de convertir el deseo en destino, la atracción en compromiso y la libertad en algo más alto que la mera posibilidad de huir cuando algo nos incomoda para buscar la ilusión de algo “mejor”. ~

El autor es fundador de News Sensei, un brief diario con todo lo que necesitas para empezar tu día. Engloba inteligencia geopolítica, trends bursátiles y futurología. ¡Suscríbete gratis aquí!


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