Néstor Jiménez: del trabajo y otros métodos para dignificar la vida

En “Uno entre millones”, su exposición individual en el MUAC, el pintor Néstor Jiménez devela las contradicciones y zonas grises de la idea del trabajo.
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Es probable que no exista un factor que defina tanto nuestra relación con el mundo como la idea del trabajo. Hemos aprendido –o acaso solo asimilado– que, para dignificar nuestra existencia, tenemos que laborar y percibir un sueldo por lo que hacemos; en otras palabras, traducir el quehacer diario en ganancia –principalmente económica– y así defender nuestro derecho a otras actividades como el tiempo libre, de ocio y descanso. O para, simplemente, darle un sentido a nuestra vida… ¿Hasta qué punto el vínculo con las empresas o instituciones compromete la idea de eficiencia de las personas? ¿Por qué será que, después del nombre, la pregunta más común para conocernos está relacionada con nuestra ocupación y no necesariamente con nuestros intereses?

El antropólogo David Graeber escribió en 2013 un ensayo lúcido y crítico sobre el entendimiento de los trabajos en nuestro tiempo y la manera en la que ciertos perfiles laborales nos obligaban a pensarnos de cierta manera frente al resto del mundo. En este texto, el autor cuestiona cómo gran cantidad de personas, sobre todo en Europa y Norteamérica, pasan la totalidad de su vida laboral desempeñando tareas que, en el fondo, creen bastante innecesarias y cómo esto genera un daño moral y espiritual profundo, una cicatriz sobre el alma colectiva de la clase trabajadora a la que pertenecemos. Además, sostiene que “en nuestra sociedad parece haber una regla general por la cual, cuanto más evidente sea que el trabajo que uno desempeña beneficia a otra gente, menos se percibe por desempeñarlo” y, aunque el autor precisa que no hay un método objetivo para medir esto, propone un ejercicio sencillo e inmediato: preguntarnos qué pasaría si toda la gente que realiza ciertas tareas en la sociedad simplemente desapareciera. “Di lo que quieras sobre enfermeros/as, basureros/as o mecánicos/as”, menciona, “es obvio que si se esfumaran como una nube de humo los resultados serían inmediatos y catastróficos”. Así, en una colectividad como la nuestra que se rige en su mayoría por estructuras jerárquicas y verticales, las labores que realizamos se clasifican también bajo esta lógica; de ahí que existan ciertas ocupaciones más desvalorizadas o invisibilizadas que otras.

Desde este punto podemos aproximarnos a la obra que el artista mexicano Néstor Jiménez presenta en Uno entre millones, su primera exposición individual en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC). La muestra está articulada en seis ejes conceptuales que representan distintos aspectos de la vida de un hombre común: la muerte, la memoria, la alimentación y la racialidad, el trabajo, la vivienda y la educación. Allí se dan cabida distintos formatos como pintura de caballete, escultura en cerámica, pintura mural y collage. Jiménez se ha interesado por mostrar las contradicciones, fracasos y errores de un sistema de vida y trabajo que nunca ha sido diseñado conscientemente, sino que surgió tras casi un siglo de prueba y error. En esta exposición se plasma una historia cercana: la de un hombre de clase trabajadora.

Resulta paradójico que los oficios que sostienen el funcionamiento del mundo y de sus complejos engranajes sean, a menudo, los más despreciados. Es el caso de aquellos que ocurren de noche o en espacios de tránsito como las calles y el metro, trabajos que generan otras formas de relación con lo colectivo y lo económico. Parte de esta preocupación aparece en la pieza que da título a la exposición de Jiménez, la cual consiste en una serie de collages compuestos por casi doscientos recortes a mano de papel periódico, cuya selección atañe principalmente a anuncios de trabajo y noticias sobre problemáticas sociales que atraviesan a trabajadores informales o temporales. Para el proceso de esta pieza, el artista estableció una cadena de producción: la compra del periódico, la búsqueda de los anuncios de trabajo, el recorte a mano, la elaboración del collage. Respetó los días en que no había anuncios y puso en evidencia otros factores, por ejemplo, el hecho de que el periódico dejó de ser el medio principal para buscar empleo y se volvió un espacio en el que se entrecruzan ofertas con noticias sobre el crimen organizado, entre otros fenómenos; inspirado por el trabajo de Hans Christian Andersen –quien utilizaba figuras de papel como complemento a sus historias–, Jiménez confecciona una suerte de cuento social del trabajo.

Otra de las piezas de la exposición está compuesta por una serie de pinturas que muestran las fachadas de algunas viviendas durante un velorio. Cada hora es marcada con un tono distinto del cielo, desde el anaranjado hasta la obscuridad de la medianoche, seguida por la luz de la mañana. La obra, titulada Hibisco (2025), retoma ciertos gestos de su práctica temprana –como el uso de fragmentos de triplay de encino y madera balsa a manera de bastidores, la incorporación de materiales de construcción tales como concreto y bisagras de metal– junto con pintura acrílica en tonos pastel y la adición de moños negros relacionados con el ritual del duelo. El artista hace alusión al borramiento de los límites entre lo público y lo privado, pues ha decidido quitar las puertas y ventanas de las construcciones; en su lugar ha colocado bisagras de metal, gesto con el que se sugiere al todo mediante una de sus partes, tal como sucede con la muerte que solo entendemos a partir de sus símbolos.

En otro de los muros de la sala está La yunta (2025), una pintura en gran formato realizada con concreto, gravilla y óleo, junto con otros materiales. Retomando las grandes temáticas del muralismo mexicano como la educación y el trabajo, el artista propone una lectura contextualizada en nuestro presente: Jiménez representa en esta pieza a la yunta con una punta de lápiz, con ello establece una distinción entre el trabajo físico y el trabajo intelectual, así como también alude a los prejuicios sociales vinculados a la precarización de los trabajadores manuales y artesanales.

Gastrópodos (2025) y La ratonera (2025) son otros dos proyectos que encontramos en la muestra. El primero se presenta como un contramonumento en honor a la familia promedio mexicana y a las dificultades para conseguir el alimento diario. La pieza está conformada por cinco tazones de cerámica de alta temperatura, en forma de estómagos –cuyo diámetro refleja las medidas del perímetro abdominal de una familia promedio– y esmaltados con diferentes colores que corresponden a los distintos tonos de piel de acuerdo con un estudio del Inegi sobre la autopercepción racial del país. La ratonera, por su parte, es una escultura cinética construida con madera residual, que reproduce las viviendas provisionales; el título recupera el término usado para referirse despectivamente a las casas informales y su movimiento por la sala amplifica la relación inversa entre labor y capacidad adquisitiva.

El recorrido de la exposición inicia (o cierra) con No nos vencerá la historia (2025), el retrato mortuorio del padre del artista que aparece en lo alto de la sala, acentuando la pérdida de un hombre trabajador que falleció con las manos manchadas de barniz por las labores realizadas un día previo a su deceso. La muestra, en conjunto, está llena de detalles y capas de complejidad que ponen en el centro la idea del trabajo como aparente camino para dignificar nuestra existencia, develando sus contradicciones y zonas grises. Jiménez es, sin duda, uno de los artistas jóvenes que han resignificado las posibilidades de la pintura contemporánea en los últimos años a través de una práctica e investigación basadas en una atención plena de su contexto; por ello, esta exposición resulta ser irremediablemente íntima y frontal, franca y cruda. ~


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