El sanchismo o el régimen del muro

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“Trumpismo y sanchismo no son lo mismo, pero se parecen demasiado”, escribe José Antonio Zarzalejos, periodista de absoluta referencia en España, exdirector de ABC y analista en El Confidencial, en su nuevo y excelente libro La huella de Sánchez. En sus páginas analiza el sanchismo, el régimen de 2018, personalista, patrimonialista, arbitrario, presidencialista, iliberal y patológicamente mendaz. Desde un punto de vista internacional, no solamente se observan paralelos con el populismo trumpista en Estados Unidos, sino también con la destrucción de la República de Weimar, culminada en 1933 en Alemania. La negación del otro político y la permanente confrontación de la sociedad están en los fundamentos de los anteriores fenómenos. En el caso sanchista, su símbolo o huella –Zarzalejos bebe aquí de Walter Benjamin– por excelencia es el muro, que el propio Pedro Sánchez explicitó en noviembre de 2023 en el debate de su investidura como presidente del gobierno. Alzar un muro: España contra España.

La deslealtad hacia la Constitución de 1978 y su permanente perversión conforman, según el autor, la esencia del proyecto sanchista, que ha desactivado gradualmente “el equilibrio de poderes y las garantías del funcionamiento democrático del Estado de derecho”. Para llegar a ello, Sánchez y los suyos han usado una estrategia de colisión incívica a fin de instalar la dinámica amigo-enemigo. El principio del fin del sistema constitucional de 1978, se afirma, empezó el 1 de junio de 2018, fecha de la moción de censura contra Mariano Rajoy y acceso al poder del PSOE de Pedro Sánchez con la ayuda de la extrema izquierda, los independentistas y demás antisistema. En este proceso “destituyente” se impugnan dos de los principales fundamentos de la Carta Magna: la unidad territorial de España y la monarquía parlamentaria.

En el centro del régimen del muro sanchista hallamos, evidentemente, a Pedro Sánchez. Uno de los siete capítulos que componen el libro está dedicado al retrato del político socialista, intentando desentrañar una personalidad psicótica y narcisista, eminentemente circular (“todo comienza y termina en él y de un modo total”). Algunos rasgos apuntados avalan esta contundente sentencia: umbral emocional ínfimo y feroz instinto de poder, escasez moral, megalomanía, deslealtad con los colaboradores e intimidación –el sanchismo consiste, apunta Zarzalejos, “en la adhesión a Pedro y en el miedo a Sánchez”–, carácter vengativo e injurioso (el “puto amo”, el faltón Óscar Puente dixit). Sánchez se mueve siempre entre la falsedad y el engaño, con el maquillaje y los retoques estéticos a modo de máscara. De hecho, para él la verdad no es más que una simple opinión. Constata el autor una clara exacerbación del personaje desde abril de 2024, con el paripé del famoso retiro de cinco días y su carta a la ciudadanía. Su deterioro físico ulterior, sostiene, “transparenta una tensión interior en la que se intuye más rabia que autocontrol, más rencor que responsabilidad”.

Pedro Sánchez se ha rodeado adrede de políticos mediocres: desde los corruptos José Luis Ábalos y Santos Cerdán, unos “tipos que acreditan la naturaleza mendaz del líder y ofrecen la dimensión de sus proporciones éticas”, hasta José Félix Tezanos, Óscar López, Óscar Puente o Pilar Alegría. Salvando algunas excepciones, la conclusión es nítida: “Sánchez –quizá estableciendo el baremo moral en sus propias percepciones éticas– ha acertado a entregar el Estado a los más dóciles, a los más mediocres o a los más indecentes.” Mientras que la clase dirigente está siendo, en esta etapa, la más vulgar de la democracia española, también la red clientelar tejida supera en densidad y descaro las de anteriores gobiernos.

Para entender el sanchismo, escribe Zarzalejos, debemos rastrear sus orígenes, que se encuentran en las etapas al frente del PSOE y del gobierno de España de José Luis Rodríguez Zapatero. Para el autor, todo comenzó el 11 de marzo de 2004, y hay dos momentos clave en la voladura del pacto constitucional: la ley revisionista de la Transición democrática llamada de Memoria Histórica, de 2007, y el Estatuto catalán de 2006, con una privilegiada relación psc-PSOE. El camino desde la heterodoxia zapaterista –otra cosa es el Zapatero de hogaño– al régimen excepcional sanchista ha sido largo, sin que los gobiernos funcionariales del Partido Popular, entre 2011 y 2018, consiguieran revertir la tendencia de fondo. Sea como fuere, en 2018 Pedro Sánchez decidió, rompiendo total y definitivamente con los principios ideológicos y la herencia socialista de lealtad constitucional, “dinamitar el sistema”, con tres episodios destacados: la nueva Ley de Memoria Democrática –con la incorporación de una propuesta de los continuadores políticos de la banda terrorista ETA–, la amnistía a los golpistas catalanes, en 2024, y las conmemoraciones del cincuentenario de la muerte de Franco al año siguiente.

La falsedad y el engaño presiden el régimen de 2018, que rompe el pacto de la Transición y el consenso constitucional, orillando a la derecha, a fin de establecer un régimen presidencialista e iliberal en el que el mapa territorial de España se transforma en sentido confederativo, distinguiendo a Cataluña, País Vasco y Navarra de las demás comunidades. La tendencia a la mutación constructivista de la Carta Magna y el desprecio al poder legislativo –falta de presupuestos, uso abusivo del decreto ley, elusión de las sesiones de control y de los debates sobre el estado de la nación–, junto con un gobierno de coalición que no es más que un “trampantojo”, una tupida red clientelar y las alianzas con todos los grupos radicales dispuestos a erosionar o explosionar el sistema, caracterizan la obra de Sánchez y los suyos. El proyecto a futuro, aventura el autor, pasa por ceder ante un referéndum de autodeterminación en Cataluña y una embestida final contra la monarquía parlamentaria. El nuevo régimen podría finalmente imponer así un muro entre ruinas: las del sistema y la Constitución de 1978. Otra España, en fin de cuentas.

Dedica Zarzalejos un capítulo a cada uno de los tres únicos contrapoderes al nuevo régimen sanchista y a las tentativas para domeñarlos: la corona, el poder judicial y una parte de los medios de comunicación. La deslealtad constitucional afecta directamente al rey, que no es protegido frente a los continuos ataques de los socios gubernamentales y parlamentarios de los socialistas, al tiempo que se compromete su actuación del 3-O con una amnistía –un “disparate jurídico”– a los golpistas catalanes y se cortocircuitan sus funciones, además de constreñir su agenda nacional y, sobre todo, internacional. El comportamiento gubernamental con la corona, con especial mención al ministro de Exteriores, José Manuel Albares, resulta impugnable. Todo apunta a una deseada mutación constitucional en la que la monarquía parlamentaria adopte una ornamentalidad a la sueca y deje paso a un modelo de parlamentarismo presidencialista. Los hechos de Paiporta, en noviembre de 2024, situaron al monarca y al jefe del gobierno frente a la realidad. Al fin y al cabo, Felipe VI deviene un auténtico referente cívico y moral frente al sanchismo rampante y la propia figura de Sánchez.

A partir de los pactos de investidura con los independentistas, Sánchez ha planteado desde el ejecutivo una abierta confrontación y acoso contra los jueces, apoyado en la idea de lawfare y un supuesto franquismo sistémico. El control de la judicatura, en el que el ministro Félix Bolaños actúa, en metáfora futbolística, como ariete, ha tenido efectos tanto en el Tribunal Constitucional de Cándido Conde-Pumpido como en la Fiscalía General del Estado, con Dolores Delgado y Álvaro García Ortiz convertidos en meros delegados gubernamentales. En cualquier caso, asevera Zarzalejos que, hasta el momento, el poder judicial ha resultado “la más eficiente contención a la expansiva y autoritaria implantación del régimen sanchista”. Quizá, nos advierte, lo peor esté por llegar. Por lo que a la prensa se refiere, el sanchismo la abocó abruptamente a la dinámica amigo-enemigo. El autor se centra en los intentos de control del Grupo Prisa y El País, los cambios en RTVE y el espantajo de la fachosfera. Apunta, no obstante, un cambio en positivo en el mundo periodístico desde finales de 2024.

La huella de los gobiernos de Pedro Sánchez es profunda. Cada día se añaden ladrillos al muro. La constante perversión del sistema constitucional y su sustitución por otro de tipo iliberal, entre 2018 y hoy mismo, meritan ser objeto de análisis, reflexión y denuncia. El sanchismo, en el cenagal y estado de excepción moral de nuestra vida pública, en opinión del autor, se alza esencialmente sobre la mentira, que, como se explica, constituye la peor de las corrupciones en política –al margen de las otras, bien judicializadas en los últimos tiempos en las personas de Ábalos, Cerdán o Koldo García–. La situación es grave. No se trata de alarmismo, sino de realismo. Las consecuencias provocadas por el régimen sanchista, asevera José Antonio Zarzalejos en este libro valiente, certero y necesario, van a ser en buena medida irreversibles. ~


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