México tiene muchos problemas (crecimiento nulo, educación a la deriva, sistema de salud colapsado) pero actualmente el mayor de ellos es la amenaza de una intervención de Estados Unidos en nuestro territorio.
Cuando escribo este artículo se sabe que un helicóptero tipo Little Bird –utilizado en operaciones especiales por fuerzas estadounidenses– se encontraba ya en Culiacán o sus alrededores listo para aprehender al gobernador Rubén Rocha y llevarlo a comparecer ante un tribunal en Nueva York por su complicidad con el Cartel de Sinaloa. Con esto quiero señalar que la intervención norteamericana, documentada en este caso por Proceso, ya está en marcha. Al publicarse la nota de Proceso, un helicóptero del Ejército mexicano trasladó al exgobernador desde el Palacio de Gobierno, donde se encontraba, hacia una instalación militar, presumiblemente por temor a que se lo lleven a los Estados Unidos.
Si buques destructores de ese país estuvieran apostados frente a las costas de Francia (o de Inglaterra, o de Italia), si aviones espías se encontraran sobrevolando su espacio aéreo, si agentes de la CIA llevaran a cabo acciones encubiertas en su territorio, si el secretario de Defensa de E.U. amenazara a ese país con una intervención militar y el director de la DEA anunciara que uno sus políticos más prominentes es apenas el primero de una larga lista de inculpados, el escándalo sería global y Francia (o Inglaterra, o Italia) estaría ya en pie de guerra. Si se hiciera público que un helicóptero estadounidense se encontrara ya en territorio francés esperando la orden para realizar el secuestro del político señalado, Francia estaría convocando una reunión urgente del Consejo de las Naciones Unidas para denunciarlo. En México, en cambio, la presidenta utiliza sus conferencias matutinas para exhibir a los ganadores de un concurso de canciones inanes, para hablar de lo malvado que hace 500 años fue Hernán Cortés, para fustigar a la oposición y para descalificar a los medios de comunicación. Todo parece indicar que la presidenta está ya rebasada por los acontecimientos. Que una crisis de la envergadura como la que atraviesa el país le quedó demasiado grande. No tiene ni la capacidad ni el equipo diplomático ni de seguridad para hacerle frente. Ante las recurrentes amenazas militares, dice que no nos queda sino entonar el himno nacional. Esto daría risa si no fuera una tragedia anunciada. Una tragedia nutrida por la incompetencia, la ignorancia y la incapacidad.
Más allá de lo ridículo de la expresión presidencial, ¿qué quiere decir Sheinbaum cuando cita las líneas del himno nacional que dicen “un soldado en cada hijo te dio”? Debemos recordar que, en julio de 2025, el general de brigada José Alfredo Reyes Ortega admitió durante una comparecencia en el Senado que México no cuenta con un Programa ni un Sistema de Seguridad Nacional vigentes, lo cual indica que la respuesta a una intervención no sería militar. Tampoco diplomática, dada la notoria inexperiencia y novatez del actual secretario de Relaciones Exteriores. La respuesta, parece decir la presidenta, sería popular: los mexicanos no tolerarían una intervención y saldrían a la calle “en defensa de la soberanía”. ¿Saldrían a la calle a marchar; saldrían a agredir a algunos de los más de dos millones de estadounidenses que viven en México; saldrían a protestar frente a su embajada y sus consulados; saldrían a pintarrajear y a agredir a las más visibles cadenas (McDonald’s, etc.) de Estados Unidos; saldrían a boicotear empresas; a cerrar la frontera? Una reciente encuesta señala que más de la mitad de los mexicanos (57%) estaría de acuerdo con la extradición de Rocha Moya. ¿Saldrían los mexicanos a defender a un presunto acusado de asociación con el narcotráfico que tanto dolor ha causado a los mexicanos? Es lo que piensa Sheinbaum, es lo que ella ha dicho. Más aún: antes de retirarse a su finca en Palenque, el expresidente López Obrador dijo que lo único que lo haría volver de su retiro político sería una invasión extranjera a México. En su reciente libro (Ni venganza ni perdón), Julio Scherer señala que nada le gustaría más a López Obrador que una intervención, ya que justificaría su retorno a la política nacional. Es muy probable que convocara a una megamanifestación en el Zócalo y que desde ahí lanzara arengas martirológicas y patrioteras “en defensa de México”. Huelga decir que existen pocas cosas tan peligrosas como activar un nacionalismo exaltado. Hasta la gente más razonable pierde la cabeza cuando comienzan a agitarse las banderas.
Frente a la amenaza exterior, dada la notoria incapacidad para defendernos (no podemos lidiar con los enemigos internos, menos con los externos), el gobierno de Morena ha desenterrado el discurso más fácil, el de mayor rentabilidad: el expediente del pasado, del Gran Pasado Mexicano. Lo hicieron ya en el siglo XIX los liberales mexicanos para oponerse a los conservadores. Tendieron un puente que mágicamente los unía con la Conquista, se declararon hijos de Cuauhtémoc y enemigos de los conquistadores. Me parece que el uso del expediente azteca es inadecuado: los aztecas, admirables en muchos sentidos, fueron crueles con sus vecinos-enemigos y por ellos serían derrotados en alianza con los españoles. ¿Por qué elegir a un modelo derrotado y no a uno victorioso como los tlaxcaltecas al momento de elegir a quién reivindicar? ¿Por qué identificarse con los vencidos? A menos, claro, que de lo que se trate es de ataviarnos con el ropaje de las víctimas, porque el victimismo es hoy bien visto. “México, nación agredida por el poderoso” es una buena bandera para ondear en los foros internacionales. México y Cuba unidos frente al agresor yanqui. Se olvidarían entonces los inmensos fraudes y tropiezos de Morena, se olvidaría la ineptitud gobernante, su incapacidad de brindar seguridad y promover el crecimiento. Tendría Morena el pretexto perfecto: somos víctimas del abusivo poder yanqui.
Nada de esto sucedería si Morena en vez de aliarse con el crimen organizado para ganar elecciones hubiera decidido participar en lides democráticas abiertas, competir lealmente con la oposición, sin que el presidente tuviera que inmiscuirse para hundir a los opositores, sin tener que ejercer misteriosos gastos multimillonarios para apuntalar nacionalmente a una candidata desconocida. Nada de esto habría pasado si Morena no hubiera pactado con el narco para hacerse con la hegemonía política del país. Nada de esto sucedería si Morena no hubiera decidido traicionar a México favoreciendo a grupos criminales que asesinan, torturan y desaparecen a miles de mexicanos. Si Morena no hubiera traicionado a México no tendríamos que preocuparnos por posibles invasiones, ni por la CIA, ni por la DEA, ni por Trump. Si acaso López Obrador, para satisfacer su ambición de poder, no hubiera traicionado a México pactando con los narcos. Si acaso…