Bastate paraíso XXII. Los niños escriben

La autora dirige un taller de escritura de niños, que escriben una Caperucita erótica, una versión del ‘Me acuerdo’ de Georges Perec y mucha escatología.
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Para el taller de escritura que doy en las clases de mis hijos cada año, este curso, la profesora de mi hija mayor me pidió que hiciera algo sobre el cuento: era uno de los proyectos del curso, los cuentos, entendí que de hadas y así, y yo lo que quería era ponerlos a escribir para que luego leyeran en voz alta y estalláramos en carcajadas en momentos insospechados. En fin, lo de siempre. Primero fui a la de mi hija pequeña, por primera vez. Había elegido el modelo más fácil del libro Cómo hacer un libro en casa, lo habíamos practicado y había comprado folios de colores. Les había dicho lo que íbamos a hacer: nuestro “Me acuerdo”. Les hablé de Joe Brainard y Georges Perec y Margo Glantz; les dije que hasta había una escritora –Fernanda García Lao– que había hecho un (no) me acuerdo y eso les hizo mucha gracia. Les dije que la única regla era empezar cada frase con “Me acuerdo”. Pasamos bastante rato explicando que el pliegue tenía que ser justo al revés de como lo habían hecho algunos. Un niño puso “Me acuerdo” en todas las páginas de nuestro minilibro y me lo dio, formal. En general los niños prefieren hablar a escribir, así que se iban pisando unos a otros, el recuerdo de uno disparaba otro en el compañero y así. Otra niña dibujó una versión “chisme” (es decir, soft-erótico) de Caperucita. 

En la clase de mi hija mayor, donde ya me conocen, empecé contando lo del viaje del héroe y les hablé de Propp y miraba de refilón a mi hija que me había advertido de que no iban a entender nada de lo que decía porque es que uso unas palabras que no entienden. Dije que la característica principal de todos esos cuentos es que no hay madres: con madres no hay aventura y les repartí cuartillas de cartulina blanca que había comprado como si aún fuera a hacer fichas o no sé. 

Con la guía del estupendo Leer y escribir poesía con niños y niñas de Kenneth Koch –publicado por Kriller71, uno de los motivos de mi agradecimiento eterno a Aníbal Cristobo–, les leí El tigre, de William Blake (“¿qué mano inmortal, qué ojo / osó idear tu terrible simetría?”). “La idea poética que les di a los niños –dice Koch– fue: ‘Escribe un poema en el que hables con una criatura misteriosa y preciosa y le puedas preguntar todo lo que quieras, todo. Puedes hacerlo porque tienes el poder de hablar su idioma secreto”. Poemas al gato, a la mascota muerta, al zorro… Luego les dije que tal vez sería divertido escribir sobre un animal que nos diera asco o miedo, en parte para evitar que rimaran todo en diminutivos. El niño francés que se había mostrado aliviado cuando le dije que podía escribirlo en francés y luego lo había escrito en español no participó en la segunda actividad. Uno de los compañeros de mi hija estaba entusiasmado, ¡le salía tan bien y tan fácil! Ya sé lo que soy, dijo, todo anagnórisis, ¡Soy un poeta!, exclamó. Y yo pensé en la película de Simón Mesa Soto. Ay, un poeta… 

En la clase de mi hijo mediano empecé por los “Me acuerdo”. Fue así como nos enteramos de que uno de los niños de la clase había sorprendido a sus padres desnudos y besándose en la cama. A ese mismo niño, según leyó en una frase impecablemente escrita, un día lo habían sacado a la calle por tirarse un pedo apestoso. Otra niña leyó que se acordaba de cuando se cayó del cuarto piso y no se hizo nada. Luego nos dijeron que no era verdad. Otra leyó que se acordaba de cuando un compañero se hizo caca encima, cosa que le sentó fatal al protagonista, así que la niña lo retiró. Cuando llegamos a los animales, no tuve ninguna duda de que mi hijo elegiría el guepardo. Iban saliendo de uno en uno, se ponían de pie y leían ante sus compañeros. Les propuse el mismo juego que en la clase de mi hija mayor: ahora, uno que os dé asco. Poco después, las niñas de la clase se arremolinaron alrededor de la profesora, que me había dejado sola con los niños un rato y ahora corregía exámenes sentada al fondo de la clase. Empezaron a darle masajes en la espalda y yo supe que había terminado el taller. 


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