Encontré la vieja grabación y la escuché completa. Durante 81 minutos volví diez años atrás, a una de las mejores entrevistas que me han brindado. Luego abrí Suma de las partes (2025) y prolongué ese lujo por 168 páginas. Ambas son de Álvaro Uribe, fallecido en 2022, no sin antes terminar su tercera antología de ensayos. Su voz bien vale ser releída y reescuchada.
La ausencia aún reciente distorsiona la lectura. El mejor elogio es evitar el panegírico póstumo y brindar una opinión en la continuidad de su obra. Morir más de una vez (2011) me parece la mejor novela de Uribe –que diverjan las opiniones habla bien de él– y Tríptico del cangrejo (2022) es tema aparte. A ese libro que extiende la escritura hasta la antesala de la muerte le sobran calificativos. Es extraordinario y está acotado por un imperativo. Suma de las partes nos devuelve al Uribe “mosaiquero”, como él se definía, puliendo sus temas “intensos, pero pocos”. Se trata de trece piezas, varias excelentes y otras tantas curiosidades. Divergen en extensión y circunstancias –hay biografía, hay discurso, hay anécdota y credo– y son constantes en su suave ironía y estilo depurado.
Los textos fueron escritos a lo largo de veintitrés años, entre 1997 y 2020. Según nos dice Tedi López Mills en su preámbulo, Uribe terminó de reunirlos el mes previo a su enfermedad. No son, por lo tanto, el resultado de un autor dialogando con su finitud. Y, sin embargo, nos acecha “la inútil propensión del intelecto a interpretar todos los hechos que lo componen como una serie de causas y efectos que inevitablemente habrían de conducir al desenlace conocido”, frase del libro que ella cita y comenta: “Ni yo, cómplice íntima, logro sustraerme a esa tendencia de rastrear pistas.”
En otras circunstancias, Suma de las partes tendría el mérito de profundizar en la obra, de ser una suerte de corte de caja personal a los 68 años. “Acaso no haya libro, si está escrito con pasión verdadera y cuidado en el arte, que no compendie en sus palabras y en sus silencios la gama completa de las experiencias –vividas y leídas, propias y ajenas– que constituían la persona del autor en la temporada en que lo escribió.” Lo mismo vale para la época en que lo compendia. La genealogía de su publicación lo convierte en epílogo, involuntario y valioso. Todos los textos fueron escritos por un hombre que no tenía por qué plantearse una antología que lo resumiera en su ausencia, brindando una última oportunidad de conocerlo, y sin embargo eso nos depara. “Como los autores, los libros son el frágil resultado de un concurso imprevisto de accidentes y decisiones”, escribe.
Al igual que en su libro anterior –aunque escrito después–, se trata de una obra organizada en un tríptico. La primera parte es la más larga, y acaso la mejor. Se trata de “Dos modelos”, largamente descritos. Dos autores ejemplares para plantearse cómo se gesta una trayectoria. Son el norteamericano John Williams (1922-1994) y el mexicano José Emilio Pacheco (1939-2014), modelos disímiles que, en unísono, revelan también la mirada de Uribe.
El texto sobre Williams en un principio sorprende, es ameno y cronológico, algo inusual por parte de un escritor de inicios y estructuras excepcionales. Aquí Uribe no tiene prisas –el texto tiene 64 páginas– y entendemos que trata el material a la manera “discreta” del propio Williams. No se apresura en revelar los motivos del texto, que de pronto coge fuerza al discutir Stoner, la obra maestra del norteamericano. “La manera como hace feliz al lector, lo satisface, con el recuento de la infelicidad. Como lo alegra, literal y literariamente, con el tratamiento novelístico de la tristeza. Como lo encanta recitándole al oído la tersa prosa del desencanto.” Para cuando la compara con Herzog, de Saul Bellow, el ensayo se lee lápiz en mano. “Al anclar ideológicamente su novela en el presente fugaz en que la escribe, Bellow la distancia de la posteridad en que por fuerza la leemos. Al situar estéticamente su novela en el presente eterno en que vive el protagonista, Williams nos permite leerla como si fuera intemporal.”
Empezamos a percibir que tras el estudio de la prosa de Williams hay una ética afín a Uribe. Al describirla, hace eco de su propia revelación de que debía escribir como cuentista, “con la aspiración irrenunciable a alcanzar en cada párrafo la absoluta redondez”.
En el ensayo sobre José Emilio Pacheco, al tratarse de un amigo y colaborador, entran en juego la cercanía y la memoria, la calidez de las conversaciones y los momentos compartidos. También hay enseñanzas, y aparece el por qué eligió a estos dos escritores. Si el texto sobre Pacheco alecciona sobre una vida por y para la literatura, y la pertenencia a su vertiente mexicana, con Williams la reflexión, más sutil aún, versa sobre las desventuras e íntimas satisfacciones de una discreta excelencia.
Uribe escribe una vida de Williams y esboza un retrato de Pacheco. Ambos nos acercan a él, a través de sus facetas como escritor, lector y editor. Al recrear la vida de Williams, dialoga con el escritor; al acercarse a Pacheco también, pero prevalece su lector, y el oficio de editor que le enseñó esa “voluntad de transmitir y enriquecer la literatura ajena”. Surgen facciones delineadas por afinidades, un retrato a contraluz de Álvaro Uribe.
Al recordar a Pacheco, nos dice: “Nada restituye a una persona que muere. Una aproximación irrepetible al universo muere con ella”, y se pregunta: “¿qué escribiría uno si supiera que iba a ser lo último? ¿Qué escribiría yo? ¿Escribiría?”. Nosotros ya tenemos la respuesta.
La segunda y tercera parte son misceláneas. “Cuatro casos” trata de personas cercanas (o de personajes), tanto más personales cuando “todos mis personajes son yo”; las piezas de “Siete curiosidades” versan sobre temas diversos, que podríamos abarcar bajo sus obsesiones de la escritura y el tiempo. “Borges escribió que él concebía la eternidad bajo la especie de una biblioteca. Menos modesto que goloso, yo he aprendido a imaginarla en la forma de una sobremesa”, apunta. Nos convida con algunos amigos –un poeta peruano en París, un arquitecto autor de “utopías negativas” (su suegro)– para hacer desfilar escenarios de su vida (no)velada: Nicaragua, París y los barrios de la Ciudad de México; para discutir ciertas épocas: el porfiriato, su juventud, el año 1992 y la pandemia. El cúmulo de las partes ensambla un perfil del autor. “No voy a negar que escribo, sobre todo, acerca de lo que soy. Pero lo que soy no se reduce a lo que experimento en carne propia. Soy además…” un sinfín de respuestas que pueblan estas páginas.
Al final, un apunte sobre el preámbulo de Tedi López Mills, bello y conmovedor. Ella es el motivo de que este libro llegue a nosotros, y no solo como legado cumplido. Vuelvo a escuchar la última parte de la vieja entrevista: “Yo escribo para Tedi”, me dice Uribe, “somos la mafia literaria más compacta de México, hecha solo de dos”. ~