Me rindo de nuevo a la exuberancia

La muerte de Carlo Ginzburg, una película de Leonardo Favio, popular cantante además de cineasta, y la lectura de un libro de Ginzburg en medio de la canícula.
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La canícula, aun adelantada, ejerce su efecto sobre la ciudad. Intuida su extensión al otro lado de las ventanas, esta parece reducida, asequible como las ciudades que se recorren volando gracias a la invitación de un personaje mágico. Pero el calor también amplía la ciudad, por la que un paseo parece ahora inabordable. Sirva esto también para recordar cómo el calor dilata los materiales. 

Aunque siguen verdes y frondosos, los árboles que veo desde la ventana tienen ahora un matiz reseco. Las hojas no son ya de ese verde jugoso que tenían en abril, y la vitalidad que transmiten es de otra naturaleza. Pero me asomo a la ventana para grabar al pájaro que canta y averiguar cuál es (una curruca) y gracias al nuevo punto de vista, más escultórico desde el balcón −volado− que desde la ventana −plana−, advierto que se mantiene el imponente juego de volúmenes y alturas que han armado estos árboles con sus ramas y sus envergaduras a lo largo de muchos años de crecimiento, y tengo que rendirme de nuevo a la exuberancia. 

Los balcones para los escultores. Las ventanas para los pintores. O bien: un balcón forma escultores, una ventana forma pintores. Había puesto a los dibujantes con los pintores, pero creo que los dibujantes son también escultores. 

Me he enterado de la muerte de Carlo Ginzburg. Solo tengo un libro suyo, Historia nocturna, y estoy casi segura de que no lo he leído, lo cual no impide que lo considere interesantísimo. Me entero de su muerte en el sofá y con un movimiento leve de ojos localizo el libro en las estanterías de enfrente. Tengo la sensación de haberlo comprado para leerlo en verano, antes de irme a Santillana, y sin saber exactamente cuál era su vínculo con Natalia Ginzburg. Es decir, la primera sonoridad de su nombre se mantiene cristalina para mí. Luego al levantarme a cogerlo veo que lo compré el 1 de diciembre de 2004, pero sigue pareciéndome tener una fuerte aura veraniega. El original italiano lo publicó Einaudi en 1989, cuando Ginzburg tenía 50 años. Cuando yo compré esta edición, traducida por Alberto Clavería Ibáñez, tenía 65. Se ha muerto con 87. Miro sus fotos en internet, su aspecto simpático de profesor de tebeo, sus pelos de punta primero más oscuros y luego más blancos. Pasa algo que me llama la atención con los retratos en internet: el envejecimiento es más patente y más chocante, a pesar de funcionar como un presente continuo, porque se guardan fotos de un gran rango de años y pueden compararse unas con otras. Hojeo el libro y siento otra vez muchas ganas de leerlo. Copio al azar: “Una impresionante convergencia de datos lingüísticos y geográficos ha sugerido la hipótesis de que gran parte de los nombres de persona y de lugar que se repiten en el ciclo artúrico deben vincularse a topónimos concentrados en la región del lago Leman”. 

A menudo me pasa que primero escribo sobre ello, y luego lo leo. Me llevo el libro para leerlo en el autobús, pero a la vez se ha subido un chico que habla a voz en grito y con tono de influencer de unas frivolidades tan frívolas que no puedo dejar de escucharlo y de mirarle la nuca. 

Por la noche vemos una película que es un hito del cine argentino. Se llama Crónica de un niño solo. Crónica de lo que sea es un nombre muy de película de los sesenta, aunque ahora compruebo que Cronaca di un amore, la de Antonioni, es de 1950. Cronique d’un été es de 1961, y Edgar Morin, que la dirigió junto a Jean Rouch, se ha muerto también hace unos días. Pero bien, Crónica de un niño solo es una película maravillosa y tristísima que dirigió Leonardo Favio en 1965, y sigue a unos niños lumpen que están primero en un internado tan asfixiante que cuando viene la policía a a detener a uno de ellos, el coche policial donde se lo llevan da la sensación de “aire libre”. Es casi un sueño la película, a veces joven Törless, a veces Kim en los manglares, y sale un caballo blanco como en el final de Sciuscià. Luego vemos una entrevista a Leonardo Favio, que lleva anudado a la cabeza un pañuelo que le da un aspecto muy llamativo, y me entero de que además de director fue un exitoso cantante que compuso la canción “Ella ya me olvidó”, que conozco de haberla oído ochocientas veces, aquel año de 2004, como versión cantada por Corcobado para su disco Fotografiando al corazón. Al, porque el corazón tiene entidad personal. Durante la entrevista, Leonardo Favio hace una cosa que me hace mucha gracia, y es que dice algo así como “quería hablar un poco”, y repara inmediatamente en la inutilidad de la muletilla “un poco”, y se detiene unos segundos a señalar lo impreciso y quizá absurdo de su sentido. “¿Cómo que un poco?”. Pero en fin, la película es hipnótica y magnífica, una obra maestra.

Antes de dormirme y después de cantar “Ella ya me olvidó” leo el libro de Carlo Ginzburg ya en orden, la introducción en la que explica de qué maneras diferentes estudian un mismo fenómeno la historia y la antropología (en concreto los juicios a brujas y los aquelarres en el siglo XVII) y ya me quedo dormida, y cuando me despierta una deliciosa brisa todavía no se ha hecho de día del todo aunque ya se advierte cierta claridad. Los árboles se ven negros, y en las copas que se agitan distingo formas: en concreto un cerdo que intenta besar a un gallo. El cerdo y el gallo son animales del horóscopo chino, y voy a seguir esa cosmogonía para descifrar tan curioso mensaje: el gallo es trabajador, puntual, valiente y ambicioso (también dice que representa a los cazadores de fantasmas, que no sé muy bien qué es pero que me hace pensar en Historia nocturna), mientras que el cerdo tiene que ver con la fertilidad, la virilidad y la fidelidad (estas serían las virtudes que quieren acercarse a las del gallo). No estoy segura de haber descifrado el mensaje. Veo también que los animales están asociados a distintos países. Las combinaciones nos llevarían a asombrosas especulaciones geopoéticas (el cerdo es, por ejemplo, el Líbano o Uruguay, mientras que el gallo es Polonia o Marruecos). Recogeré ese guante próximamente, no antes de que baje la temperatura. 


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