Foto: Claude Truong-Ngoc / Wikimedia Commons - cc-by-sa-3.0, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

Carlo Ginzburg, el historiador de los últimos

El historiador italiano Carlo Ginzburg (1939-2026) estudió el papel que las personas comunes y anónimas tienen en la historia.
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Si tuviéramos que identificar la idea principal que inspira la variada producción ensayística de Carlo Ginzburg, la podríamos resumir así: el mundo sigue adelante no gracias a los “grandes hombres”, a los poderosos y a los soberanos, a los grandes líderes y a los héroes monumentales, sino gracias a las personas comunes y anónimas, a los individuos invisibles que no dejaron huella y que están en los márgenes de la Historia. Ya nos había sabiamente avisado el poeta Auden: “quien no ha matado a nadie / difícilmente tendrá una estatua”.

Ginzburg, nacido en 1939 de Leone y Natalia Ginzburg (quienes le transmitieron una vocación intelectual herética y un antifascismo fisiológico), quiso dedicar todos sus libros a las personas comunes. Fue un estudioso rigurosísimo y un reputado historiador, siempre al servicio de los últimos y de los oprimidos, en contra de la verdad del poder. En él se compendian de manera ejemplar las figuras del erudito y del crítico de la ideología. Citamos sus dos libros probablemente más importantes. Ante todo, El queso y los gusanos (1976), que anticipa toda la microhistoria, demostrando, a través de una densísima documentación, que se puede escribir la historia de las clases subalternas a partir de la vida de un oscuro, pero ingenioso, molinero friulano del siglo XVI que terminó en la hoguera de la Inquisición. Y luego Historia nocturna. Un desciframiento del aquelarre (1989), sobre la obsesión por un complot atribuido a lo largo del tiempo –entre los siglos XVI y XVIII– a distintos grupos (leprosos, judíos, musulmanes…), entre brujería, creencias chamánicas, tribunales, confesiones sonsacadas, etc., un libro actualísimo (los licántropos bálticos nos ayudan a entender, por ejemplo, todo el pensamiento paranoico de los antivacunas). Hay muchos otros títulos de Ginzburg, el cual dio clases en la Escuela Normal Superior de Pisa y en las más prestigiosas universidades estadounidenses: Pesquisa sobre Piero, Relaciones de fuerza, Los benandanti, El juez y el historiador (un panfleto sobre el juicio en contra del escritor y activista Adriano Sofri), Ojazos de madera y Miedo, reverencia, terror, hasta el bellísimo Nondimanco. Machiavelli, Pascal (2018), sobre la casuística jesuita y las lógicas de poder (que siempre prevé una derogación, una “excepción” a las reglas normales), y el reciente Il vincolo della vergogna (publicado este mismo año por Adelphi, la editorial que, junto con Quodlibet, ha publicado y republicado toda su obra). Su reflexión y su precioso trabajo de investigación abarcan la historia de las ideas y del imaginario y el arte, la antropología, la literatura y el cine. Son peculiarmente recomendables, para quienes buscan una brújula en la actual crisis de la izquierda italiana, sus conversaciones con Vittorio Foa, antiguo dirigente del Partito d’Azione cercano, en los años Setenta, a la nueva izquierda (una figura decisiva dentro del léxico familiar del autor): Un dialogo (Feltrinelli, 2003) y Scelte di vita (Einaudi, 2010).

Pero un ensayo de Ginzburg de 1979 (Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales) fue particularmente iluminador para mí –e influyó en generación entera–, a propósito del así llamado saber indiciario (ensayo que luego pasó a formar parte de un libro): indicaba un modelo epistemológico alternativo que invierte la jerarquía tradicional entre el concepto y los detalles, entre el sistema y las huellas, entre el saber abstracto y la atención encarnada. El “método” sugerido por Ginzburg, moldeado sobre la base de la semiótica médica (la lectura atenta de los síntomas del paciente), de las expertise de la crítica de arte (para certificar la autenticidad de un cuadro hay que analizar los detalles secundarios e involuntarios) y de la detective story. El paradigma indiciario se revela como un enfoque peculiarmente útil para los archivos coloniales mexicanos: documentos, mapas y manuscritos desde el siglo XVII hasta 1821, casi una memoria histórica del país.

Hay, finalmente, un episodio que atañe a su reciente biografía. Pero antes de recordarlo hay que explicar quién es el secretario de Cultura en Italia, Alessandro Giuli: militante de la organización juvenil del Movimiento Social Italiano –el partido del que provienen Giorgia Meloni y Hermanos de Italia (a su vez heredero del fascismo después de la guerra)–, en 1991, con apenas dieciséis años, se adhiere al neonato Meridiano Zero, formación política de la derecha radical, con simpatías neonazis (inspirada en el pensamiento de Julius Evola), que se disuelve pronto, en 1993. Pues bien: en mayo de 2024, Alessandro Giuli reveló haber invitado a Carlo Ginzburg al Maxxi (el Museo Nacional del Arte del Siglo XXI, en Roma), del que era presidente, pero Ginzburg rechazó su invitación, contestándole secamente: “No voy porque ustedes son unos nazis”. Luego Giuli añadió que había escrito por desquite su ensayo sobre Gramsci, como una ulterior réplica personal. Confieso no haber leído –por desquite– el ensayo de Giuli, y no pretendo poner en tela de juicio su buena fe o la autenticidad de su recorrido político, del neonazismo a la democracia. Pero la respuesta lapidaria de Ginzburg –sectaria, desde luego, idiosincrásica– fue como una bocanada de aire fresco en el clima asfixiante de la Italia actual, en donde se legitima todo, se normaliza el mal absoluto con ocurrencias que parecen agudas y se sugieren improbables sincretismos (Gramsci y Evola, la cultura pagana y el Evangelio…). ~


Publicado originalmente en
L‘Unitá.

Traducción de Fabrizio Cossalter.


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