Quien coja en sus manos De senectute de Norberto Bobbio y comience a leerlo con la intención de encontrar remedios para afrontar la vejez con mayor optimismo se va a llevar una decepción. Este juicio tiene que ver con que el título del libro se debe a Cicerón, pero el contenido del libro es muy poco ciceroniano. De hecho, podría decirse que es anticiceroniano. Y no porque el libro esquive hablar de la vejez, sino porque desafía la idea central de Cicerón sobre el particular: la vejez no es una etapa de plenitud.
Para Bobbio la vejez no es la edad en la que el hombre alcanza la sabiduría. El tipo de sabiduría, para mayor precisión, que permite “marchar hacia la muerte con paso firme”, como decía el filósofo romano en clave estoica. Muy al contrario, la descripción que Bobbio hace de la senectud resulta mucho menos épica y optimista. La muerte es aceptada, porque nadie puede escapar a la certeza de que ha de morir, pero no por ello deseada. Igual que la vejez, que es aceptada pero no celebrada.
Bobbio no escribe para tener la última palabra, ni integrar sus ideas en una visión general de la vida, sino para contar su experiencia particular. Y en este punto la vejez se le antoja una etapa de degeneración consciente que mezcla dolor y melancolía por partes iguales. Vida, en general, que se vive como despedida. El “tiempo del viejo”, por usar la expresión del profesor turinés, es un tiempo mermado y esta merma no la compensa ningún tipo de conocimiento. La decadencia física impone una lentitud que nada tiene que ver con la belleza de la lentitud ritual. No llama a la admiración, sino a la compasión. El mundo del viejo, nos dice Bobbio, es “de forma más o menos intensa el mundo de la memoria” en el que solo vives aquello que recuerdas. Pero lo que recuerdas es cada vez menos. El interés por el conocimiento decae sin remisión; el viejo ya no lee sino que relee; el campo del saber se restringe; las ideas y las palabras salen a duras penas. Por añadidura, Bobbio no encuentra ninguna sabiduría en el hecho de aceptar resignadamente los límites que la vida le impone: “No me he vuelto más sabio. Los límites los conozco bien, pero no los acepto. Los admito únicamente porque no tengo otro remedio.”
Los textos autobiográficos que componen el libro también son un ejercicio de cura de humildad de uno de los grandes intelectuales italianos del siglo XX. Bobbio reconoce los límites de su conocimiento. Nos cuenta que desde joven consagró su vida a “leer y estudiar una infinidad de libros y papeles”. En su casa le educaron para “no perder el tiempo”, de modo que leyó y asimiló todo lo que cayó en sus manos. Tampoco perdió el tiempo cuando le tocó escribir: cultivó la filosofía, el derecho, la ciencia política, la historia de las ideas y las relaciones internacionales. Al final para llegar a la “tranquila consciencia, tranquila pero infeliz, de haber llegado solamente a los pies del árbol del saber”. La historia, que le hizo testigo de todas las guerras y revoluciones del “corto” siglo XX, se desvela al profesor turinés como el reino de lo imprevisible. En el ensayo titulado “El tiempo perdido” ajusta cuentas con su capacidad de previsión política, que se le antoja escasa a pesar de su cultura. No solo escribía sobre política cuando se vestía de académico, también fue un agudo comentarista político que publicaba sus piezas en La Stampa. Con todo, Bobbio se sincera: ni había previsto el final del imperio comunista, ni creyó que la Guerra Fría terminaría de forma pacífica, sin derramamiento de sangre. Y, para remate, jamás pensó que el sistema de partidos italiano, nacido en la segunda posguerra, se hundiría en los años noventa, y mucho menos de aquella forma tan “miserable y vergonzosa”. El pronóstico de Bobbio, que confiesa porque así lo dejó escrito, era que el sistema de partidos italiano avanzaba hacia un tipo de bipartidismo gracias a que el PCI, el partido comunista más poderoso de Occidente, no paraba de crecer y de ganar autonomía frente a la URSS. Los hechos demostraron otra cosa bien distinta: el PCI encontró su techo electoral y desapareció cuando desapareció su razón de ser, la URSS.
Con todo, en De senectute hay un mensaje poderoso que Bobbio quiere transmitir para terminar con un espíritu positivo un libro concebido como texto de despedida. Las satisfacciones más duraderas y profundas de su vida no se las brindó ni su carrera profesional ni su vida pública, a pesar de los muchos honores, distinciones, privilegios, reconocimientos y premios que atesoró en su larga y exitosa vida académica. Estas provinieron, al contrario, de la esfera privada, del mundo de las relaciones humanas: “de los maestros que me educaron, de las personas que amé y me amaron, de cuantos siempre han estado a mi lado y ahora me acompañan en mi última vuelta del camino”.
Y un epílogo para españoles: en la parte dedicada a los textos autobiográficos el lector encontrará los ensayos “Autobiografía intelectual”, “Respuesta a los críticos” y “Un balance”, que dicen mucho de la importancia que la figura de Norberto Bobbio tuvo en España no solo como referente académico, sino como intelectual público comprometido con la defensa de un socialismo democrático y liberal frente a los cantos de sirena del socialismo revolucionario. La desaparición de la socialdemocracia española que miraba a los textos de Bobbio en busca de claridad de principios también dice mucho del tiempo que nos ha tocado vivir. ~