“La gente ha dejado de tener fe en el sueño americano”. Entrevista a Sheri Berman

La politóloga estadounidense ofrece un panorama de la actualidad política estadounidense y explica los posibles caminos que puede tomar la democracia tras el autoritarismo de Donald Trump.
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La politóloga estadounidense Sheri Berman ha dedicado su carrera a estudiar cómo se construyen las democracias, cómo decaen y cómo, en ocasiones, colapsan. Es profesora de ciencia política en el Barnard College de la Universidad de Columbia y se ha especializado en la comprensión de la historia y la política europeas, el populismo y el fascismo. Además, se ha consolidado como una de las plumas más interesantes en su rubro desde la trinchera académica y de la divulgación, como lo muestra su libro Democracy and dictatorship in Europe. From the Ancien Régime to the present day (Oxford University Press, 2019). En esta entrevista, Berman ofrece un panorama de la actualidad política estadounidense y explica los posibles caminos que puede tomar la democracia tras el autoritarismo de Donald Trump.

Ahora que Estados Unidos llega a su 250 aniversario, es imposible no pensar en la generación fundadora. A los fundadores les preocupaban profundamente las facciones, la corrupción, la ambición ejecutiva y el peligro de una república presa de los caprichos de un hombre. Cuando miras el país en la actualidad, ¿ves una democracia puesta a prueba, una democracia en decadencia o un sistema constitucional cuyas defensas están siendo derrotadas por los mismos peligros que pretendía contener cuando fue diseñado?

Estados Unidos definitivamente es una democracia bajo presión, cualquiera que haya estado poniendo atención a las noticias lo sabe. Actualmente se debate mucho la cuestión de un diseño de sistema constitucional que no estuvo a la altura del desafío y, desde mi punto de vista, no es tanto que haya fallas en el sistema constitucional. Como mencionas en tu pregunta, a los padres fundadores les preocupaba mucho la corrupción, la división, o que el poder de un solo individuo pasara por encima de la voluntad del pueblo, por lo que diseñaron explícitamente un sistema lleno de controles y contrapesos para lidiar con esos problemas. Por eso, para mí no está claro que podamos culpar al diseño del sistema constitucional por los problemas de la decadencia democrática que enfrentamos hoy en los Estados Unidos.

Ciertamente pueden denunciarse muchos problemas con el sistema constitucional estadounidense. Cosas como el Colegio Electoral son completamente anacrónicas; nuestro Senado, en muchos sentidos, es un organismo relativamente poco democrático, pero eso no me parece el origen del problema. Si pienso hipotéticamente en qué tipo de instituciones o de Constitución pudo haber evitado lo que está sucediendo en la actualidad, no estoy segura de que se me podría ocurrir algo perfecto. Creo que los problemas en Estados Unidos no radican principalmente en nuestra Constitución o en nuestras instituciones, sino en la estructura política y en la sociedad. Eso no quiere decir que las constituciones e instituciones no sean importantes –podríamos decir más al respecto–, pero creo que, si buscamos una solución institucional a nuestros problemas, en realidad no estamos haciendo un buen trabajo para pensar dónde radican los verdaderos orígenes de la decadencia.

¿Dónde identificas esos orígenes de la decadencia? Cuando pienso en el país al que emigré en 2011, no es que en ese momento no hubiera señales, desde luego que las había desde tiempo atrás, pero entonces para mí era inimaginable, y lo sigue siendo, llegar a donde nos encontramos hoy. ¿Dónde estaban las señales de esta dramática y peligrosa decadencia?

Déjame intentar retroceder en la cadena causal, por llamarla de algún modo, usando un término especializado. Si la gente ha perdido la fe en las instituciones, ya no se preocupa por ellas, ya no prioriza su inviolabilidad, es muy fácil para los políticos socavarlas o abusar de ellas, y creo que eso es justamente lo que estamos viendo en los Estados Unidos de hoy. Al presidente actual le tiene sin cuidado esconder el uso del gobierno como un arma con fines partidistas. Constantemente dice que va a ignorar –e ignora– normas que han sido parte de la tradición política estadounidense por décadas, y parece que a muchos votantes no les importa o no se dan cuenta. Eso para mí no es señal de que esas instituciones o normas sean defectuosas, sino de que la gente ha dejado de priorizarlas o de creer en ellas. Y las instituciones que la gente no apoya o que carecen de legitimidad no van a ser muy resilientes con el paso del tiempo, sin importar qué tan bien diseñadas estén.

Ese es solo un paso atrás en la cadena causal: preguntarnos por qué los políticos que desean hacerlo pueden abusar de esas instituciones o socavarlas. Luego tenemos que dar otro paso más atrás aún y preguntarnos por qué la gente perdió fe en las instituciones políticas estadounidenses; por qué no le preocupa que los políticos y partidos básicamente digan: el sistema está jodido, voy a hacer lo que yo quiera y al diablo las normas y tradiciones políticas. Creo que eso tiene mucho que ver con tendencias sociales y económicas que vienen de más atrás en los Estados Unidos, cosas de las que se ha hablado mucho y que probablemente experimentaste cuando llegaste aquí, como el aumento de la desigualdad.

Y no me refiero únicamente a la desigualdad financiera y de ingresos; me refiero también a la creciente desigualdad entre áreas del país a las que les va relativamente bien, que prosperan, y otras que, en cierto sentido, han sido abandonadas, cuyas comunidades e instituciones locales están decayendo, donde la gente siente que las oportunidades de un futuro mejor para ella y para sus familias ya no existen; a una sociedad estadounidense que está cada vez más separada y aislada, donde no tenemos los tipos de clivajes transversales que los padres fundadores y los teóricos democráticos consideraban necesarios desde Tocqueville a Durkheim y otros. Es decir, lugares donde la gente –no solo de diferentes razas, orígenes étnicos y religiones, sino de diferentes preferencias políticas– pudiera juntarse para darse cuenta de algo fundamental: podemos diferir en modos importantes pero todos somos ciudadanos estadounidenses, compartimos el deseo de que este país prospere y progrese. Simplemente hemos perdido muchos de esos espacios donde podemos juntarnos con nuestros conciudadanos y aprender a tener cierta consideración mutua los unos por los otros.

Mucho se ha hablado también, y esto no es algo exclusivo de los Estados Unidos, del modo en que los medios de comunicación han acelerado esta clase de tendencias degenerativas. La decadencia de los medios de comunicación locales en Estados Unidos es algo que se ha discutido mucho; eso significa que ahora la gente está mucho más enfocada en los conflictos a nivel nacional que en las cosas que suceden en sus comunidades locales, que la gente cada vez más recibe noticias e información de fuentes que refuerzan sus prejuicios existentes en vez de cuestionarlos. Hay muchas tendencias duraderas que han llevado a la gente a dejar de tener fe en el sueño americano, en el sistema político estadounidense, y, en consecuencia, le molesta menos o está menos enfocada en el hecho de que las instituciones, normas y tradiciones hayan estado seriamente bajo amenaza, de manera evidente durante los últimos años, pero yo diría que al menos durante la última década.

Al escuchar tu explicación, este resumen de lo que aqueja al país, pienso en la Corte Suprema y en si deberíamos añadir un mero cinismo político a esa ecuación; porque no sé cómo todo lo que acabas de exponer explica por qué la Corte Suprema ha renunciado a su papel como una rama de gobierno independiente. ¿El cinismo político o ideológico es parte de la ecuación en los Estados Unidos de hoy?

En este momento la Corte Suprema es un organismo fuertemente conservador; como sabes, tiene seis jueces conservadores. La cuestión no es solo su interpretación de la Constitución. No soy abogada constitucional, pero la voluntad de dejarle el paso libre al ejecutivo, incluso más allá de lo que una interpretación muy generosa de la Constitución indicaría, me parece un movimiento extremadamente peligroso de su parte, combinado con una variedad de otros factores, como no querer reconocer la manipulación partidista del rediseño de distritos electorales que está sucediendo en Estados Unidos. Esa me parece una de las cosas más peligrosas que han ocurrido durante la administración de Trump el año pasado, algo con lo que la Corte no debería simplemente lavarse las manos y decir “esto no se menciona en la Constitución, nosotros no tenemos nada que decir al respecto”, aunque claramente pasa por alto una de las ideas fundamentales de la democracia: que todos deberían tener un voto igualitario. Básicamente lo que está sucediendo es que los políticos están escogiendo a sus votantes en lugar de que los votantes escojan a sus políticos.

Aunque no es deseable que los jueces hagan política (pues no son políticos, están para ser los árbitros), me parece que en algún momento debe haber un distanciamiento de las posiciones individuales y decir: lo que está ocurriendo aquí claramente es un verdadero peligro para los controles y contrapesos de los que la Corte Suprema supuestamente debe ser parte, una erosión muy clara de algunas de las reglas básicas de la democracia, y eso es extremadamente peligroso, independientemente de que seas conservador o liberal. Se supone que la Corte Suprema es una de las tres ramas del gobierno, y el problema es que, si se carga demasiado de un lado o del otro, no solo de los partidos, sino con algún tipo de teoría de gobierno que no tenga la capacidad o la disposición de mirar las amenazas mayores que enfrenta la república, esas instituciones y ese diseño constitucional van a perder su eficacia para mantener equilibrado el sistema político estadounidense. Lo que he aprendido como observadora de la democracia durante los últimos años, para volver a tus preguntas iniciales, es que es muy importante tener instituciones y una Constitución bien diseñadas para proteger y promover la democracia; pero si la gente ha perdido la voluntad o el deseo de jugar con esas reglas del juego, incluso esas instituciones increíblemente bien diseñadas pueden volverse un facilitador en vez de un freno para la decadencia de la democracia.

Déjame hablar sobre nativismo. El país siempre ha tenido una vena nativista: anticatolicismo, exclusión china, miedo a la inmigración, la historia es larga. Pero ningún nativista había alcanzado el poder como lo ha hecho Donald Trump. ¿Cómo explicarías el atractivo del nativismo? Imagino que podríamos volver a tocar los factores socioeconómicos, pero ¿hay algo más en la ecuación que haya permitido a ideas y políticas tan brutalmente nativistas, especialmente en el segundo mandato de Trump, arraigarse en los Estados Unidos?

Voy a ofrecer una interpretación quizás un poco diferente de la que sugieres, una interpretación similar a lo que discutía antes sobre las normas democráticas. No cabe duda de que Trump ha tratado de explotar y exacerbar las divisiones en este país, pero si miras las estadísticas de opinión pública que precedieron no solo a su victoria en 2016, sino también a la segunda en 2024, no hay absolutamente ningún indicio de que los estadounidenses sean más racistas o más xenófobos. En absoluto. De hecho, es justo lo contrario: con el paso del tiempo, los estadounidenses se han vuelto menos racistas y están menos en contra de los inmigrantes en general. Aunque hay una fuerte aversión en Estados Unidos hacia la inmigración ilegal e ideas relacionadas, como las fronteras abiertas. Creo que lo que ves en Trump es su habilidad para hacer dos cosas. Una es enardecer a esa sección de la población genuinamente nativista, a pesar de que se ha reducido con el tiempo.

Pero es ruidosa.

Es ruidosa, pero hay que entender algo. Cualquiera que estudie la democracia comprende que hay al menos dos cosas que debes saber para entender qué es a lo que los políticos buscan apelar. La primera es cuál es la opinión pública básica sobre un asunto. La segunda, qué tan intenso es el sentir de una parte de la población al respecto. Uno puede tener muchas opiniones sobre muchos asuntos, pero solo algunos de ellos le despertarán sentimientos muy intensos. En ciencia política a eso se le llama prominencia. La gente excesivamente preocupada por la demografía cambiante del país, la que está profundamente en contra de la inmigración va a votar sobre ese tema mucho más que la gente que no tiene problema con la inmigración porque es mucho más prominente e importante para ella. Así que al ver lo que está haciendo Donald Trump hay que entender lo siguiente: hay un núcleo de estadounidenses a los que simplemente no les gusta la diversidad en general, pero no es que el número de esa gente haya estado creciendo, sino que están sucediendo dos cosas. Trump es capaz de enardecer a esa gente y de usar sus miedos y prejuicios para culpar a la diversidad de muchos de los problemas del país. Pero la mayoría de la gente, y quizá incluso una fuerte minoría de los republicanos, no es racista ni xenófoba. Están aceptando eso, como lo están haciendo con muchas de sus acciones antidemocráticas, no porque ellos mismos sean partidarios del autoritarismo y quieran que el experimento democrático estadounidense muera, sino simplemente porque no es su prioridad, no están poniendo atención, están interesados en otras cosas.

No hay ninguna duda de que el nativismo se ha puesto al frente de la política estadounidense, no quiero negar eso. Cualquiera que esté poniendo atención sabe que Trump está sacando ventaja de esos miedos y preocupaciones, y los está exacerbando. Sus políticas, en particular en lo que se refiere a las redadas contra inmigrantes, son simplemente crueles e inusuales. Pero lo que nos toca es intentar profundizar y entender por qué ha sido capaz de hacer eso. Hay gente que apoya esas medidas, pero hay un grupo mayor que simplemente o no está prestando atención o sus prioridades están en otra parte. Y, si quieres oponerte a este panorama, tienes que ser capaz de lidiar sobre todo con el segundo grupo, porque esa es la gente a la que en teoría podrías persuadir de no aceptar, mucho menos apoyar, el tipo de acciones que la administración de Trump está llevando a cabo. La mayoría de los estadounidenses están de acuerdo con librarse de los inmigrantes ilegales, pero no están contentos con la crueldad ni con la separación de familias. Simplemente no están concentrados en eso, no lo están priorizando ni le están poniendo atención.

Esa es una transición perfecta para hablar del Partido Republicano o lo que queda del Partido Republicano. ¿Cómo deberían entender los historiadores la transformación de uno de los dos partidos políticos de Estados Unidos en algo que se parece cada vez menos a un partido de ideas, a un debate abierto? Lo estamos viendo muy claramente cada semana, conforme se desarrollan las elecciones primarias a lo largo del país; los políticos que se oponen a Trump, que lo denuncian o disienten de él, incluso muy tímidamente, son expulsados del partido y terminan sus carreras políticas. ¿Cómo explicarán los historiadores la manera en que el Partido Republicano se ha convertido en un culto a la personalidad de un hombre? De un hombre con muchos fallos, además.

Creo que la historia no va a tratar nada bien esta era, ni a la gente que estuvo dispuesta a secundar esto. Como has dicho, un gran partido político (y digo “gran” en el sentido de grande, establecido desde hace mucho tiempo) se ha convertido en una especie de culto a la personalidad, donde la más mínima crítica te aniquila, te expulsa. Esa no es la forma en que se supone que funciona un partido político. Hay un líder en el país, el presidente, que tiene un poder desproporcionado, pero los partidos no deberían ser cultos a la personalidad. Se supone que son coaliciones de intereses unidas por cualquier tipo de ideología o programa político dominante, pero no deberían estar diseñados para facilitar las preferencias de un ser humano, en este caso Donald Trump, que no es muy democrático ni en sus ideas ni en la práctica.

¿Cómo sucedió esto? Lo hemos visto en cámara rápida en el curso del año pasado. Un ejemplo al que hay que poner atención, como tú referías, son las elecciones primarias de hace unos días, en las que perdieron algunos críticos prominentes de Trump. Nuestro sistema de elecciones primarias no es algo que los fundadores hubieran predicho: es una institución completamente defectuosa y se ha convertido en una forma increíblemente disfuncional de elegir a nuestros políticos y líderes, pero esa es otra historia. El sistema de elecciones primarias moviliza a los votantes más partidistas, así que es la gente más comprometida con Donald Trump, los ideólogos más extremos en su propio partido, la que está votando.

No hay duda, como se reflejó en las elecciones primarias, de que la habilidad de Donald Trump para castigar a la gente dentro del Partido Republicano que no sigue sus reglas sigue siendo increíblemente poderosa. La pregunta es qué va a pasar en las elecciones de medio mandato en noviembre, cuando habrá un grupo mucho mayor de votantes; no solo demócratas y republicanos, sino también un grupo mayor de votantes republicanos. Creo que entonces tendremos una mejor idea de lo que piensa el país en general sobre la presidencia de Trump. Pero no hay duda, como has dicho, de que el partido ahora es una especie de grupo de animadores de Donald Trump. Sospecho, y espero, que después de noviembre vaya a perder algo de eso. Y sospecho que, después de las próximas elecciones presidenciales (en las que ojalá no intente postularse de nuevo, aunque no puedo predecir lo que ese hombre va a hacer, es totalmente impredecible), el Partido Republicano se fragmentará en una lucha interna alrededor de cuál es su naturaleza ahora que Donald Trump se haya ido. El culto a la personalidad, espero, va a disiparse con su salida. ¿Qué tanto puede resucitar luego como un partido conservador? Creo que esa es una pregunta muy abierta.

Antes de llegar al final de nuestra conversación, quiero aclarar un tema fascinante para discutir contigo: el fascismo. Siempre has sido muy cuidadosa para distinguir entre populismo y fascismo, así que déjame preguntarte directamente: cuando la gente llama a fascista a Trump o al trumpismo, ¿está reconociendo el peligro o confundiéndolo?

Creo que hay dos partes en esa pregunta. La primera es tratar de caracterizar a Donald Trump y a sus acólitos; la segunda, caracterizar el sistema estadounidense bajo el mandato de Trump. Creo que esa es una distinción muy importante. Históricamente el fascismo no significó lo que existe en los Estados Unidos actualmente, que es una democracia a estas alturas sumamente defectuosa. Estamos viendo algo mucho más parecido a lo que creó Viktor Orbán en Hungría que a lo que existía en la Europa de entreguerras. Y hay muchas distinciones importantes ahí; una de las mayores, como se vio recientemente después de muchos, muchos años, es que es posible deshacerse de alguien como Orbán o Erdoğan en modos muy diferentes de los que necesitarías para deshacerte de alguien como Mussolini o Hitler. Entonces, creo que usar ese término confunde no solo lo que está sucediendo, sino cuáles son realmente las opciones de la oposición.

Donald Trump no es democrático en ningún sentido del término, tiene tendencias autoritarias y no hay duda de ello. También en su política es extremadamente, supongo que el mejor término para describirlo es el que usaste tú: nativista. No estoy segura de cuáles sean sus preferencias personales, en su vida precedente no ha sido particularmente prejuicioso en sus amistades. Pero claramente está dispuesto a facilitar y promover los puntos de vista y las preferencias políticas de gente como Stephen Miller, uno de sus asesores clave, quien claramente tiene tendencias de supremacista blanco. ¿Él mismo es un fascista? No lo sé, ni siquiera me gusta usar el término para eso, pero no tendría problema en usar el de nativista autoritario porque no hay duda de las cosas que ha hecho. No sé lo que hay en el corazón de Donald Trump; soy politóloga, no leo mentes, pero no hay duda de que sus políticas han sido nativistas y autoritarias. Y para mí eso es lo suficientemente malo.

Tú has estudiado, como pocas personas, el colapso y la historia de las democracias europeas, y el auge de los movimientos autoritarios. ¿Qué lecciones de Europa son genuinamente útiles para entender los Estados Unidos de la actualidad? Pero más que de la actualidad, hablemos del futuro. Por supuesto, Hungría es un ejemplo fascinante para todos nosotros. ¿Qué deberían aprender los estadounidenses de la derrota de Viktor Orbán? ¿Cuál es la enseñanza principal?

Déjame darte dos, una de las cuales se relaciona con tu pregunta inicial en cierto modo. Es muy importante reconocer que, incluso en el periodo trágico de la Europa de entreguerras, los fascistas, los nacionalsocialistas solo ganaron después de que los partidarios de la democracia ya habían empezado a perder o habían perdido significativamente. ¿Qué quiero decir con eso? Si miras cómo los fascistas llegaron al poder en Italia, o los nacionalsocialistas en Alemania, es muy claro que solo pudieron ganar seguidores y derrocar regímenes una vez que estos ya habían perdido apoyo y se habían debilitado. Así que ese tipo de gente, sean populistas o fascistas, o nacionalsocialistas, solo puede ganar el juego una vez que los partidarios de la democracia ya han empezado a perderlo. Y esto vuelve a tu pregunta inicial porque es muy importante reconocer que Donald Trump es un síntoma de la decadencia política de los Estados Unidos tanto como una de sus causas.

Su segunda presidencia ha sido mucho más tóxica y peligrosa que la primera. En la primera, en 2016, solo pudo ganar las elecciones y empezar a socavar las instituciones y normas políticas estadounidenses porque estas ya habían empezado a perder apoyo y legitimidad entre la población. Es impensable para mí que Donald Trump hubiera podido llegar al poder, digamos, en 2008; y, si de algún modo lo hubiera logrado, que hubiera podido salirse con la suya en las cosas que hizo después de 2024, o incluso de 2016. Así que lo primero que hay que reconocer es que los partidarios de la democracia deben perder el juego antes de que los autócratas de cualquier tipo (populistas, fascistas, nacionalsocialistas) puedan ganarlo. Esa es la primera.

La segunda se relaciona más específicamente con lo que pasó recientemente en Hungría, después de muchos años de gobierno de Viktor Orbán y muchos intentos de librarse de él mediante elecciones que no eran totalmente libres ni justas. Aunque no había una intimidación real en las elecciones, el sistema estaba muy manipulado a su favor. La única manera de ganar en esas circunstancias es cuando las oposiciones están totalmente unidas y sus integrantes están dispuestos a llegar a acuerdos para alcanzar la meta de la restauración democrática.

La persona que ganó en Hungría, Péter Magyar, es un político muy conservador. Originalmente era parte del movimiento de Orbán; desertó por diversas razones, seguramente se cansó de la corrupción y la decadencia que Orbán había facilitado en Hungría, no solo en el sistema político, sino en la sociedad en general. Pero es un político extremadamente conservador y por eso pudo traer a la coalición de oposición a suficientes simpatizantes de Orbán para impulsarla. Creo que la lección es que las oposiciones que quieren vencer a populistas o autócratas electorales –modo con el cual los politólogos se refieren a alguien como Orbán– realmente necesitan enfocarse en averiguar cómo persuadir no solo a su propio bando, sino también a suficientes votantes indecisos para sacar del poder al autócrata electoral, o al populista autoritario, como quieras llamarlo. A menudo eso significa renunciar a algunas de tus preferencias políticas.

Eso no quiere decir, y hay un debate enorme al respecto en los Estados Unidos, basar una campaña electoral enteramente en proteger la democracia, porque muchas veces la gente no se enfoca realmente en eso o no entiende exactamente lo que está sucediendo, sino diseñar una campaña que pueda persuadir a suficientes votantes indecisos del otro lado y no solo a los de tu mismo bando para sacar a esa persona del poder de manera pacífica. Esa me parece la lección de lugares como Hungría o Polonia. Tal vez incluso de Turquía, aunque ahí el populista autoritario o autócrata electoral optó por encarcelar a su oponente dificultando más las cosas. Pero así es como puede hacerse si al menos hay elecciones que todavía siguen abiertas a candidatos de oposición.

Déjame terminar nuestra conversación con esta pregunta inevitable: ¿la democracia estadounidense sobrevivirá a la prueba de resistencia de Trump? Permíteme hacerla aún más personal en cierto modo: ¿te sientes optimista –no sentimentalmente, sino como historiadora de la democracia y de la dictadura– respecto a que los Estados Unidos puedan emerger de este periodo con una democracia funcional, creíble, confiable?

Es una pregunta difícil. Creo que los Estados Unidos han atravesado algunos periodos deprimentes y difíciles en el pasado y han logrado salir de ellos; en ese sentido, creo que tenemos la capacidad de recalibrar. Sin embargo, veo a Donald Trump como una especie de culminación de muchas tendencias que vienen de tiempo atrás; creo que reconstruir una sociedad y una democracia sanas no es una tarea para una sola elección, por ejemplo, si el Partido Demócrata ganara las siguientes elecciones presidenciales. Creo que va a tomar muchísimo tiempo, porque las cosas que le permitieron a Trump llegar al poder y hacer lo que ha hecho son consecuencia de tendencias sociales, económicas y políticas muy degenerativas. Revertirlas, construir un sentido de comunidad en la sociedad estadounidense, un sentido de que estamos juntos en esto, de que nuestro sistema político está diseñado para ayudar a todos y no a algunos a expensas de otros, reconstruir la confianza en el sistema político estadounidense y en el sueño político americano, va a ser tarea de muchos ciclos electorales.

¿Creo que eso es posible? Por supuesto que sí. De lo contrario, simplemente renunciaría y pasaría tiempo en casa con mis libros, mis gatos, mis hijos, mis amigos o lo que sea. Pero tenemos que reconocer que no es algo que va a arreglarse para las elecciones de medio mandato ni para las siguientes elecciones presidenciales. La democracia siempre es un proyecto que requiere cultivación y renovación. Especialmente en un periodo de decadencia prolongada como este, tenemos que reconocer que nuestra tarea como estadounidenses durante la siguiente generación es pensar en modos de reconstruir nuestra sociedad, nuestra economía y nuestro sistema político para que vuelva a estar sano, para que pueda proveer beneficios a todos los ciudadanos y darnos fe en que nuestro futuro puede ser mejor que nuestro pasado.

Es un largo camino de regreso hacia la búsqueda comunal de la felicidad, ¿no es así?

Eso creo. ~

Traducción del inglés de Erick Hernández Morales.


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