Cómo empezó la Cristiada

El 3 de agosto, hace cien años, distintos pobladores del Bajío mexicano se levantaron en armas para ofrecer resistencia a la prohibición callista del culto católico. Sus testimonios y el análisis de lo ocurrido muestran que la Cristiada no solo fue una guerra de religión, sino un intento del gobierno por erradicar las raíces profundas del México rural.
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Eso fue hace cien años. En julio de 1967, Andrés Lira grabó en Santiago Bayacora, Durango, a don Pancho Campos, quien le dice lo siguiente (su testimonio aparece al inicio de la película Los últimos cristeros que puede verse y escucharse en YouTube):

Sucede que el mes de julio de 1926, apareció un manifiesto en la puerta del templo de este lugar, en el cual decía así: El 31 de julio de 1926 tendrán que ser cerrados todos los templos de la república mexicana y los sacerdotes tienen que ser expulsados a otros países.

Artículo 1. Todo individuo encargado de un templo, si repica campanas, será multado con cincuenta pesos y un año de prisión.

Artículo 2. Toda persona que enseñe a rezar a sus hijos, la misma pena.

Artículo 3. En toda aquella casa que haya santos, por consiguiente.

Artículo 4. Toda aquella persona que porte insignias en su cuerpo, por igual; y así sucesivamente hasta el artículo 30.

Dicho manifiesto nunca existió tal cual, pero capta la realidad de la crisis y corresponde a hechos reales.

Bueno, luego que vimos dicho manifiesto –prosigue Campos–, sentimos pues ciertamente que el gobierno es para que se respete, pero en tales y cuales cosas, esto no nos conviene y primero salta a pedazos la gente a que se haga lo que el gobierno diga. Inmediatamente nos reunimos para ver cómo le hacíamos y opinar cómo le podríamos hacer y tomamos el parecer a toda la gente si eran de conformidad para defender la religión y dijimos que sí, que estábamos dispuestos a pelear hasta morir. Luego nombramos un jefe para que se hiciera cargo y dispusiera lo que se debía de hacer. […]

El número de gente éramos cuatrocientos hombres y todos con el mismo gusto. La fiesta de Santo Santiago todavía se hizo y esperábamos que el señor cura, que era en ese tiempo el señor Pablo Martínez, nos hubiera dicho alguna cosa refiriéndose a lo que había ordenado; no nos dijo nada, nada más nos dijo que no nos dejáramos engañar de los falsos profetas y se retiró. La fiesta del 15 de agosto ya no se hizo, cosa que nos causó mucha tristeza. Fue cuando el gobierno mandó un oficio en el que ordenaba se hicieran dos inventarios de los santos que había en el templo y que luego se mandaran los santos y las campanas, cosa que nos causó mucho coraje. Luego mandó otro oficio en el que mandó una lista de diez hombres y en esa lista yo iba nombrado también para encargarnos del asunto y entonces le dijimos al jefe del cuartel que contestara que los hombres nombrados para dicho trabajo no habían querido hacer nada.

Otro día, 29, a las ocho de la mañana llega un auto; en él iban tres individuos; llegaron cerca del templo y echaron pie a tierra, luego se dirigieron cerca del templo preguntando a unos borrachines por el encargado del templo. Y luego les dijeron los borrachines: “¿Para qué lo quieren?” Y contestaron: “Para que nos preste la llave del templo, venimos a hacer el inventario que se les ha ordenado, ya que ustedes no lo quieren hacer.” Luego dicen los borrachines: “Aquí está la llave.” Y los agarraron a pedradas y a golpes y los desarmaron, antes no les hicieron otra cosa.

Luego nuestro jefe, Trinidad Mora, juntó la gente y dijo: “No dilata la federación en venir, júntense todos los que tengan armas.” Pues nos juntamos todos los que tenían armas, pero todas las armas no servían para nada; unas eran carabinas 30-30, otras eran 44, otras máuser; yo tenía un riflecito 25-35, pero todos con muy poco parque, unos con veinte cartuchos, otros con cinco y así sucesivamente. Yo tenía diez cartuchitos. Nos juntamos más o menos unos 140 armados y otros que no tenían armas, pero dijeron que en el combate se harían de armas y parque y que nos podrían ayudar; lo más cierto es que nos juntamos unos 285 hombres dispuestos a la batalla.

Se pusieron en emboscada:

Emprendimos la marcha muy contentos como si fuéramos a recibir dinero. Sería como la una de la tarde cuando allá viene la federación. “¡Listos, muchachos! No tengan miedo.” Los soldados no nos habían visto y cuando llegaron: “¡Viva Cristo rey!” Y tras y tras y más tras, y ai’ están cayendo los changos soldados hasta que corrieron y ai’ vamos detrás de ellos gritando: “Párense.” Recogimos armas y parque que nos dejaron, ai’ estamos muy contentos porque les ganamos, dando gracias a Dios que nos ayudó a ganar.

Quien escuche a don Pancho se dará cuenta del carácter espontáneo del levantamiento. Luego empezó la guerra en grande. Ahora toca la memoria viva de don Ezequiel Mendoza Barragán, del rancho de las Pingüicas, municipio de Coalcomán, Michoacán:

Como yo vivía por los cerros, nunca leía periódicos, pero comencé a oír por el año 1925 que el gobierno perseguía a personas católicas que más servían a la Iglesia de Cristo y me pareció oír la afligida lamentación de mi santa madre Iglesia que me decía: “Hijo mío, defiéndeme como puedas, mira que me andan maltratando esos malos mexicanos impulsados por Satanás que no me quiere porque él no quiere a mi señor Jesucristo rey.” Luego arreció la persecución callista. El señor cura don José María Martínez me dijo que era cierto que el feroz Plutarco Elías Calles perseguía de muerte a la santa madre Iglesia, pero que había que hacer unos escritos suplicándole a Calles que ya no persiguiera a la Iglesia. Centenares de personas firmamos los dichos papeles, se enviaron a Calles y a sus secuaces, pero todo fue inútil, se hicieron más cartas pero nuestras protestas fueron arrojadas al cesto de los papeles inútiles y los Calles se creyeron muy grandotes y más nos apretaron.

Yo –ignorante, pero con brío, al saber los nuevos procedimientos de la ley Calles– me exalté y quise tapar el sol con un dedo y me fui a conquistar gente armada y dispuesta a la guerra en defensa de la libertad de Dios y de los prójimos; y cuando ya conté con treinta hombres los dejé listos para cuando yo los llamara y adonde los llamara. Dije a mis invitados: “Esperemos un poquito a ver qué arreglan los grandes, pues todavía tienen esperanzas de arreglar las cosas por los medios lícitos y sin llegar a los balazos.” Había mucha gente, pero pocas armas y casi sin parque. Como los tiranos callistas se extendieron más cometiendo toda clase de atropellos y fechorías contra los católicos, oí decir que muchos católicos se habían levantado en armas para defenderse del mal gobierno que operaba por Zacatecas, Guanajuato y Colima; estas noticias agrandaban a mi pobre corazón y ya quería jugarle yo también. Pero el señor cura Martínez no me dejaba porque él todavía le neceaba en que las cosas se arreglaran por la ley y no por la muey. Pero cuando don Eudoro González, de acuerdo conmigo, fue a Sahuayo, Michoacán, el gobierno lo martirizó hasta matarlo. Ya era tiempo que los verdaderos cristianos se unieran en todas partes y hacer un solo frente a los enemigos de Dios y de la patria. Ya llegó el tiempo de tomar las armas y defender nuestra Iglesia. Don Pedro Chávez, que no sabía nada de mí, me dijo: “Ya verás si le entramos” y seguí mi camino, pensativo, admirado. Don Pedro ya es un viejo de setenta años, tiene mucha familia, tiene mucho ganado, y dinero en pasta, y no es hombre para la guerra. No cabe duda que Dios a todos nos llama a que cumplamos con nuestro deber de amarlo sobre todas las cosas.

Así empezó la Cristiada en Coalcomán, en el sur de Michoacán. En Zacatecas, la improvisación fue también la regla, como me lo contó don Aurelio Acevedo, de Potrero de Gallegos, municipio de Valparaíso.

Viviendo en el rancho y con un ojo en Valparaíso, atento a las persecuciones callistas desde 1925, nos lamentábamos que no hubiera alguien que encabezara una defensa armada, pues no creímos que se pudiera conseguir la libertad por otros medios. Llegó el 1 de agosto de 1926 y el decreto callista entró en vigor sin que yo me diera cuenta, pues no salía del rancho. Los cultos del último de julio fueron un triunfo y a la vez una derrota; triunfó la piedad de los mexicanos y triunfó también Calles porque solo recibió débiles protestas que le hacían reír. De repente llegaron los agrarios a hacer una requisa de caballos por la orden que se les dio para ir a perseguir a don Pedro Quintanar, pues el día 15 de agosto había atacado la escolta de federales que llevaba al señor cura Luis Bátiz, preso por orden del general Eulogio Ortiz.

El domingo 15, efectivamente, llegó la federación a Chalchihuites para coger prisionero al señor cura y a otros tres muchachos de la Acción Católica. “Lo más probable es que don Pedro no pensaba emprender una campaña de desobediencia ni de defensa, pues había llegado a Chalchihuites para realizar una partida de cabras que llevó, porque estaba dedicado a este comercio. Todo el pueblo le pidió liberar al señor cura y a los muchachos. Quintanar y varios más se levantaron en armas contra la federación para seguir a los federales con el fin de quitarles a los prisioneros. Ellos andaban en coches, los alcanzaron y agarraron en combate en pleno campo raso, los federales perdieron y corrieron, pero antes mataron al señor cura Bátiz y a los muchachos.”

En 1992 el papa Juan Pablo II beatificó al padre Luis Bátiz y a los laicos Salvador Lara, Manuel Morales y David Roldán; los canonizó en 2000. Aurelio Acevedo se entrevistó con don Pedro Quintanar que pensaba seguir en paz:

“Sabemos lo que hizo usted y deseamos ponernos a sus órdenes. Tenemos algo preparado, pero no tenemos un jefe de prestigio que encabece el movimiento.” “¿Cuál es el plan que tienen?” “No tenemos ningún plan, solo sabemos que es necesario defender a la Iglesia de la brutal persecución en que la tiene Calles y es todo.” “Pos, hombre, yo ya me iba, pero está bueno, mientras ustedes se levantan allí, yo levanto dos o trescientos y le pegamos a Huejuquilla y después nos vamos al Valle [Valparaíso].” Lo que sigue es de cajón: nos despedimos y en la misma noche salimos y cuando llegué a mi casa encontré la noticia del levantamiento de los de Peñitas y Peñas Blancas [el 22 de agosto] y con ese motivo un alboroto tremendo porque no se esperaba que gentes tan pacíficas como aquellas vinieran a las armas. El domingo 29 de agosto, día de plaza, don Pedro Quintanar entró a Huejuquilla con su gente al grito de “¡Viva Cristo rey!” Y los gobierninos huyeron sin presentar resistencia. El número de los libertadores era grandísimo, pero no fue posible llegar a conocerlo exactamente debido a que todos los habitantes de aquel lugar habían sido armados con anterioridad para la defensa de los ataques villistas, y puede asegurarse que todos los armados y hasta los que no lo estaban, que serían pocos, estaban afiliados al movimiento libertador, pues se veían algunos con machetes, cuchillos y hasta algunos con palos.

Al enterarse los dirigentes de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, organización laica fundada en 1925 para proteger a la Iglesia católica de los levantamientos espontáneos, creyeron en la posibilidad de derrotar militarmente al gobierno para instaurar un gobierno católico. Grave error. De la misma manera, el gobierno se equivocó cuando creyó que en tres semanas acabaría con la guerrilla católica. Más que una guerra, dijo el general Amaro al general presidente Calles, va a ser una cacería. Según testimonios provenientes de los descendientes de don Plutarco, testimonios imposibles de corroborar, el general hubiera dicho en 1940 o 1941: “De saber que había una Virgen de Guadalupe en cada hogar mexicano, muy posiblemente no se hubiera hecho lo que se hizo.”

Lo anterior nos lleva forzosamente a preguntarnos qué idea del hombre, qué idea del mexicano, tenían el presidente Plutarco Elías Calles y algunos de sus colaboradores (no todos, en definitiva, ni Alberto Pani que optó por renunciar a su secretaría, ni Manuel Gómez Morin: ambos prefirieron irse un tiempo a Europa). Pero los actos de unos cuantos hombres pueden tener, sobre millones, consecuencias comparables a las que traen las perturbaciones y las variaciones del clima y del medio natural. De la misma manera que hay causas naturales que provocan un sismo, un ciclón, una pandemia, existen acciones humanas que afectan a millones de personas, quienes en su inmensa mayoría las sufren como si fueran caprichos del cielo, de las aguas y de la tierra.

Un puñado de obispos y de jesuitas convencieron al papa de que la única solución era la suspensión del culto público, decisión que fue la chispa en el barril de pólvora. La reacción de esos pocos hombres era, a su vez, provocada por la acción de otros pocos: los que tomaron la decisión de crear una Iglesia católica, apostólica, mexicana, o sea una Iglesia cismática para mayor coraje de los mexicanos y gran susto en la Santa Sede.

El presidente Calles tenía una idea fija, apasionadamente nacionalista y, pensaba él, racionalista: modernizar a un México orgullosamente soberano, lo que implicaba moldear al pueblo como barro en manos del alfarero. Para realizar dicho proyecto, la ley era revolucionaria y resolvía todos los problemas; por lo tanto, ante ella, el mundo debía caer de rodillas; por eso la “rebelión” de una Iglesia que no acataba la ley Calles de 1926, porque así lo había ordenado el papa, era un desafío inadmisible; de ahí que la ley debía aplicarse costara lo que costara. A principio de agosto de 1926, se cruzó la delgada línea roja, la línea de la sangre a la hora de los inventarios. El intento de inventario en Santiago Bayacora, donde no corrió la sangre, provocó la movilización del pueblo, el envío de los soldados y la guerra.

En Francia, en 1905, el gobierno y la Iglesia se enfrentaron rudamente a la hora de la nueva ley, abolición del concordato napoleónico, separación Iglesia-Estado, expulsión de las órdenes religiosas del país; llegó la hora de hacer los inventarios de los templos declarados propiedad de la república; corrió la sangre en algunos pueblos de Bretaña, del País Vasco, de Provenza. Poca sangre, una docena de muertos. El senador Georges Clemenceau, comecuras no menos apasionado que Adalberto Tejeda, el secretario de Gobernación de Calles, giró un telegrama a todos los prefectos ordenando la suspensión inmediata de todos los inventarios: “unos candelabros de bronce no valen la sangre de un solo ciudadano francés”. Ciento tres años antes, los jacobinos, en su asalto “racional” contra la religión –Fouché mandó escribir a la entrada de los panteones “La muerte es un sueño eterno”– no dudaron en masacrar a 250 mil “ciudadanos” de la Vendée, hombres, mujeres y niños, en lo que un historiador ha llamado el “genocidio franco-francés”. Los dirigentes revolucionarios mexicanos de 1926 admiraban a los jacobinos y no les tembló la mano a la hora de hacer correr la sangre: todo el mundo debía caer de rodillas frente a la majestad de la ley. Bien dijo Saint-Just, “el ángel de la muerte”: “Lo que constituye la república es la destrucción total de lo que se opone a ella.”

Así pasaron de la construcción real y positiva del país, con la colaboración del joven católico Manuel Gómez Morin, a la destrucción concreta de los paisanos. El conflicto religioso, imprudentemente provocado por el gobierno, a pesar de todas las advertencias del sagaz Álvaro Obregón, admirado por don Daniel Cosío Villegas –“Plutarco y los que inventaron la Iglesia cismática nos van a llevar a un pantano donde nos vamos a hundir todos”–, fue semejante a otros fenómenos de descristianización, en otras épocas, en otros países: un rito de purificación cuyo objeto era aniquilar una “tradición” insoportable precisamente por ser “tradicional”, por ser parte de un “antiguo régimen” imaginario. Estos constructores impacientes, que tomaban como modelo al vecino del norte con sus empresarios y sus farmers, encontraban en el catolicismo la explicación del subdesarrollo del país. De cierta manera, su frustración y su venganza contra los obstáculos encontrados cristalizaron, a la hora de la Cristiada, en el violento asalto militar contra el México rural que agrupaba al 80% de la población.

Luis L. León y Marte R. Gómez, colaboradores leales y entusiastas del presidente Calles, me explicaron, con mucha lucidez, cuál era su visión del México que encontraron y el proyecto al que quisieron ajustarlo. León me contó su asombro cuando estudió agricultura; según él, los campesinos no eran verdaderos agricultores, ni tampoco verdaderos hombres, puesto que se dejaban mangonear por los curas y los caporales, besaban la mano del sacerdote y del amo, se emborrachaban con licor, cohetes y religión. Siendo gobernador de Sonora, Calles había legislado contra el alcohol, a favor de la “ley seca”, contra el obispo y sus curas, contra los chinos, había combatido a los indios… Por cierto, la Cristiada fue precedida en 1926 por la última guerra contra los yaquis.

Si el Estado es un grupo de hombres emprendedores que no entienden al país real, al México profundo, entonces, tarde o temprano, el conflicto debe surgir a consecuencia del imperio ejercido por un pequeño grupo de hombres: minoría, ciertamente, pero minoría rectora que dispone de los medios burocráticos, administrativos y bélicos. Los revolucionarios, curtidos durante los largos años de guerras civiles de 1913 a 1920, sabían que las armas eran –en última instancia– el mejor argumento. Bien dijo el presidente Calles a dos obispos, al final de la entrevista de la última oportunidad, a fines de agosto de 1926: “Ya saben ustedes que les quedan solo dos caminos: o se someten a la ley o se levantan en armas.” Los obispos protestaron que de ninguna manera pensaban levantarse en armas, pero los católicos de Santiago Bayacora, Huejuquilla y Valparaíso ya habían ganado sus primeras escaramuzas. “El tirano es poderoso –dice don Ezequiel Mendoza Barragán–, el César quiere que los inferiores se arrodillen y casi lo adoren, pero muchas veces un hombre sencillo puede humillar la soberbia del poderoso. Tiene en nada nuestros ruegos y por eso ya no nos queda más que quitarles las carabinas y darles con ellas por entre quijada y oreja como lo hicimos en Tepeque [Tepalcatepec] hace pocos días y como lo andan haciendo en muchos lugares del país, aunque nos muéramos en esa santa pelea.” Y también, hablando del gobierno y de su ejército:

Más altas suben las nubes y el viento las desbarata; no hay plazo que no se llegue, ni deuda que no se pague; andando el tiempo voltea el año. Viéndolo bien, solo hay una luz y es la de Dios verdadero; por eso, pobre del pobre si al Cielo no va: lo ensillan aquí y le montan allá.

Por otra parte sabemos que en el Cielo se rebeló Satanás contra de Dios y le amenazó grandemente, pero Dios le dijo a San Miguel: “Vénceme a ese rebelde y échalo fuera de aquí”; San Miguel peleó contra el diablo y lo arrojó del Cielo a la tierra, pero aquí ha hecho creer a mucha gente que dizque él es el supremo gobierno en todo y mucha gente se ha creído de eso y él ha hecho que se peleen los hombres malos con los hombres de Dios. Nosotros queremos pertenecer a la buena familia cristiana de nuestro Cristo rey y de nuestra reina santa María de Guadalupe, aunque tengamos que pelear con esos diablos con cara de hombre, y aunque muéramos en cuanto al cuerpo, resucitaremos por Cristo cuando Él quiera.

¿Podía entender el César semejante discurso? Juan Rulfo me dijo, en 1967 o 1968, que este Estado odiaba al viejo México, despreciaba sus costumbres y su fe y lo hubiera cambiado con gusto por el menor de los estados de la Unión Americana. Sus dirigentes, nacionalistas modernos, no podían entender el patriotismo (el “matriotismo” decía su amigo “Luisito”, don Luis González) de los habitantes de la provincia y del campo que se mantenían con esos bienes relativos y mezclados que son el hogar, la fe, la cultura tradicional. Después de decir que conoce al Gobierno, uno de los personajes de El llano en llamas añade que de lo que no saben nada es de la madre del Gobierno, porque el Gobierno no tiene madre. Con eso todo está dicho. ~


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