No hace falta gran originalidad ni perspicacia para contrastar el mundo de los años noventa con el de hoy. Son radicalmente distintos en cuanto a la distribución del poder económico entre naciones y en cuanto a las desigualdades dentro de cada nación. Pero también difieren en el espíritu dominante, al menos en el mundo occidental.
Quizá se pueda empezar con la caracterización que hace Tocqueville de una época parecida en la Francia de los años 1830:
El espíritu particular de la clase media se convirtió en el espíritu general del gobierno; dominó tanto la política exterior como los asuntos internos: un espíritu activo, laborioso, a menudo deshonesto, generalmente ordenado, audaz por vanidad y egoísmo, tímido por temperamento, moderado en todo salvo en su gusto por el confort, y mediocre; un espíritu que, mezclado con el del pueblo o el de la aristocracia, puede hacer maravillas, pero que, por sí solo, nunca producirá sino un gobierno sin virtud y sin grandeza. (Tocqueville, Recuerdos de la Revolución de 1848)
Ese espíritu, “audaz por vanidad y egoísmo”, impregnó las sociedades desde dentro y determinó la política internacional. Nació, fundamentalmente, de la derrota del comunismo. Fue el espíritu optimista de un capitalismo resucitado, impulsado primero por Margaret Thatcher y luego por Ronald Reagan, y también por Deng Xiaoping, aunque él no lo llamara así. A mediados de los años ochenta, con Gorbachov en el poder en la URSS, el ascendiente ideológico del capitalismo como forma de organizar la economía, y del liberalismo como forma de organizar la sociedad, alcanzaba su punto máximo. Con la disolución del Pacto de Varsovia y la desaparición de la Unión Soviética, la dimensión ideológica y la geopolítica se fundieron en una sola. Fue el triunfo de una ideología, pero también el triunfo de un conjunto de países occidentales. Los dos triunfos eran distintos, pero muchos de sus beneficiarios los veían como uno solo: el triunfo de Occidente había sido posible gracias a la adopción de una ideología superior. En principio, nada impedía que otros alcanzaran el mismo éxito si aceptaban las mismas reglas. Es más, se decía que las potencias entonces dominantes no verían con resquemor el proceso de convergencia tecnológica y económica que eso implicaría porque –y esta era una parte importante de la ideología– el mundo estaba “condenado” a vivir en paz y armonía. Porque, ¿acaso el comercio entre naciones e individuos no crea una armonía de intereses y un mercado global que solo puede prosperar en paz, y acaso las naciones democráticas “satisfechas” (por usar la terminología de John Rawls) no se envidian entre sí ni codician territorios o riquezas, y por tanto no tienen necesidad de guerras?
¿Creían de verdad en el espíritu de los noventa quienes lo profesaban, y eran conscientes de que quizá lo creían porque les resultaba agradable, moral y materialmente? Siempre me ha costado responder a esa pregunta. Pero no tengo dificultad en describir y situar ese espíritu, sobre todo porque lo viví en un ambiente que probablemente lo reflejaba mejor que ningún otro lugar del mundo: Washington D. C., donde trabajé primero para una institución internacional y luego para un think tank estadounidense. Me encontraba en la encrucijada de un espíritu que había emanado originalmente de las clases dirigentes de Estados Unidos, pero que a comienzos de los noventa ya era aceptado por todo aquel que contaba en cualquier rincón del mundo. Todo aquel que contaba –es decir, quien tuviera cierta influencia política y económica–, y esa era la gente que yo trataba en Washington y sus alrededores, viniera del país lejano que viniera, creía en él. O parecía creer en él.
Era un espíritu que consideraba obsoleto el conflicto violento, que creía que todos los problemas podían resolverse mediante avances tecnológicos o fórmulas económicas. Veía la mercantilización de todas las actividades no solo como deseable en sí misma, sino como una herramienta hacia un mundo más próspero y pacífico. Si algún problema persistía, era porque aún no se había inventado una solución técnica para él, o porque todavía no se había creado un mercado donde ese problema pudiera subastarse y resolverse. Era, exactamente, el espíritu estrecho de la clase media que describía Tocqueville: sans grandeur, pero bastante inconsciente de ello y sin buscarla. No era un espíritu belicoso; era pacífico y confiaba en la perfectibilidad del hombre y de la sociedad. Era teleológico. No veía la historia como cíclica, sino como una línea recta ascendente.
Lo que muchos de sus adeptos no percibían era que ese espíritu también convenía a sus propios intereses materiales. No querían mirar esa parte, o probablemente se resistían a reconocerla incluso ante sí mismos. Y, de hecho, esa parte ni siquiera resultaba visible mientras sus intereses coincidieran con el espíritu de la época. Lo que creó problemas y, a la larga, destruyó el espíritu de los noventa fue que los intereses materiales de muchos individuos, y los intereses geopolíticos de algunas naciones, dejaron de estar bien servidos por él.
En el plano material, el ascenso de China y, más en general, de Asia, rebajó la posición económica de las clases medias occidentales y volvió redundantes o precarios sus empleos, mientras que, en el plano geopolítico, el ascenso de China desafiaba la posición dominante de Estados Unidos. Este doble cambio (a nivel individual y nacional) reveló profundas incoherencias en el espíritu de los noventa. Se sostenía que ese espíritu era “solidario” y cosmopolita; y en efecto lo era, mientras la mejora relativa del Tercer Mundo afectara a países y pueblos sin poder ni papel relevante a escala global. Pero en cuanto esa mejora se extendió lo suficiente –como ocurrió con China–, dejó de resultar deseable. Así que uno se veía obligado a concluir: la mejora del bienestar de los pobres es deseable solo mientras no afecte de forma notable al poder relativo y a la posición de los ricos. Una vez formulada esa salvedad, sin embargo, todo el espíritu pacífico y cosmopolita de los noventa queda al descubierto como una coartada ideológica al servicio de los intereses de los ricos.
Si vamos más allá y observamos las aplicaciones concretas de ese espíritu aparentemente generoso y cosmopolita, encontramos incoherencias cada vez mayores: se aplicaba de forma distinta a los amigos y a los demás. En palabras de Mark Carney: “sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era en parte falsa. Que los más fuertes se eximirían de cumplirlas cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según la identidad del acusado o de la víctima”. La autodeterminación política se aprobaba en un caso y se desaprobaba en otro; los principios liberales del multiculturalismo y la mezcla se celebraban en un caso y se condenaban en otro; la democracia, cuando llevaba al poder a partidos convenientes, era elogiada, pero el mismo mecanismo, cuando arrojaba un “mal resultado”, se ignoraba.
Cuanto más avanzaba la redistribución del poder económico y político, más visible se hacía la contradicción del espíritu de los noventa. Las reglas tuvieron que aplicarse con una incoherencia creciente, porque esa incoherencia ideológica era la única forma de mantener la superioridad material. Así, el espíritu de los noventa inició su descomposición, primero lenta y luego acelerada, hasta revelarse igual que el espíritu de tantas épocas pasadas: una ideología adoptada y promovida por las clases a las que sus reglas beneficiaban y que tenían interés en mantenerla. Una vez que eso se hizo evidente, también se derrumbó el elaborado andamiaje ideológico creado para que el sistema pareciera equitativo y promotor del bienestar global. Volvimos a la situación tradicional en la que ya no resultaba creíble revestir el interés propio con el ropaje de alguna ventaja general para la humanidad, y pasamos a tiempos más brutales, pero en muchos sentidos más sinceros, de lucha abierta movida únicamente por intereses propios.
P. D. La evidencia empírica de algunos de los puntos planteados aquí se presenta en mi libro La gran transformación global.
Traducción del inglés de Daniel Gascón.