con Julio Trujillo, in memoriam
Hay, sin embargo, quien resuelve
dejar la tierra, entrar
en las aguas finales de la desesperanza, la total
desposesión. El ojo de la aguja
se contrae, se vuelve
un paso angosto
donde la sangre encalla
dejándose la piel, el brillo carmesí
de sus escamas. Todo
se apaga, se oscurece, y el azogue
descabalga al cristal en los espejos
que no devuelven el saludo,
que ni siquiera nos conocen
porque ese rostro no es el nuestro
(¿lo ha sido alguna vez?). Nadie soporta
demasiada verdad, y por eso olvidamos,
nos hacemos los ciegos, como niños
que miran la pantalla
por la rendija de sus dedos. Solo algunos,
ante su mano abierta, ven la línea
de los años truncados, la carencia
de sentido, el baldío que planta su destierro
en cualquier dirección: detrás de la ciudad
y antes del cielo, en la trastienda vergonzante
a la que nadie accede. Puede haber rocas allá abajo,
o un malecón donde las olas baten
con furor minucioso. Puede ser una tarde de diciembre
con altas nubes cuya forma no importa,
porque todo se ha vuelto ajeno,
ilegible. Puede ser, y es un cuerpo
que cae en el vacío de sí mismo,
por el ojo de aguja
del día más pensado, recreado,
el más temido. El cuerpo
flota en las aguas como un tronco,
una bandera rota, pero el mar
no puede recordar más nombres de ahogados
y lo expulsa,
lo devuelve a los suyos, que otra vez
somos nosotros. Nadie más.
En esta gruta. En esta breve orilla
de arenas grises y palabras
que no saben mentir.
Si los viejos relatos que leímos
no fueran inservibles, haríamos
una hoguera para tu cuerpo
y mojarían tus cenizas
el salitre y la bruma.
En cambio, aquí seguimos, encogidos
hasta el hueso,
en corrillos volubles,
viendo llegar la noche,
esta vida que puja,
inexplicable. ~