Telémaco lee la correspondencia entre Calvino y Sciascia

Las cartas entre Italo Calvino y Leonardo Sciascia revelan un mundo de palabras escritas sobre piedra y papel, que dejó de existir en los años 80 del siglo pasado.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

¿Qué nos revela la correspondencia entre Calvino y Sciascia? Sobre todo, un mundo que ya no existe. Un mundo que ha durado siglos y siglos y que, en los años ochenta del siglo pasado, justo en el momento de la muerte de Calvino y de Sciascia, se hundió. Como si entonces la humanidad ya no pudiera soportar ese gran fardo de palabras escritas sobre la piedra y el papel en que, hasta aquellos años, creyó que había dibujado los jeroglíficos de su futuro.

Jean Paul, a principios de siglo XIX, dijo que “los libros son largas cartas enviadas a los amigos”. Con esta frase recogió para siempre la quintaesencia del humanismo. Dos siglos más tarde, Peter Sloterdijk, en nuestro mundo “postepistolográfico”, ofrece una variante a la frase de su compatriota: “el humanismo constituye una telecomunicación que, a través del arte de la palabra escrita, engendra amistad”.

En nuestra civilización, el humanismo ha representado, en efecto, esta facultad de hacer amigos por medio de los libros. La telecomunicación (τηλε significa “desde lejos”), antes de convertirse en la palanca principal de nuestra sociedad del espectáculo donde todo debe ser transmitido en tiempo real, encarnó, en su forma epistolar, el placer de comunicarnos a distancia con alguien que no estaba presente. Un placer que implicaba la expectativa, el aburrimiento, el ocio, pero sobre todo la carencia y el sentimiento del vacío. Un placer que, en nuestro mundo demasiado lleno, se apagó. Ni siquiera lo recordamos. Como si la memoria, no encontrando más instrumentos con los cuales practicar, se hubiera atrofiado.

Por esta razón, siempre incómodo con este mundo que ya no siente la necesidad de hacer amigos a través de la palabra escrita, he elegido como héroe a Telémaco: “aquel que lucha desde lejos”.

Mi Telémaco no busca a su padre de manera apresurada. Si el “niño es el padre del hombre”, eso no significa que haya que quedarse siendo niño toda la vida. Al contrario. Por eso mi Telémaco combate desde lejos una guerra escritural con el fin de hacerse hombre y de conservar su distancia de este mundo. Mi Telémaco, en efecto, no quiere vivir en un mundo infantil privado de la ausencia que hace viva cada presencia, privado del arte de la palabra escrita que tiene el poder de transformar el amor por el ahora en el amor por lo que está lejos. A través su telecomunicación, mi Telémaco intenta abrir un camino hacia todos los padres del pasado.

A pesar de que hacia el final de sus vidas nuestros padres Calvino y Sciascia sintieran crujir los puentes de la sociedad literaria –y, en consecuencia, de toda la civilización humanista moderna cuyas estructuras públicas y económicas estaban organizadas según sus valores–, los atravesaron con un paso inquieto, pero no menos fiel a la amistad nacida de la palabra escrita. De hecho, les dieron una importancia que hoy aparece incluso conmovedora. ¿Conmovedores Calvino y Sciascia, dos de los escritores italianos más lúcidos de la segunda mitad del siglo XX? Esto confirma hasta dónde nos hemos alejado de ellos y hasta dónde su época está irrevocablemente acabada.

Pienso en el joven Sciascia que, desde la provincia absoluta de su pueblo natal en Sicilia, Racalmuto, escribe a Calvino para que le envíe un libro que quiere revisar y, al mismo tiempo, lo invita a participar en una pequeña revista recién nacida. Pienso en Calvino, joven mánager de la editorial Einaudi de Turín, que le contesta a vuelta de correo, mostrándose disponible. Pienso en el amor y el interés con los que Calvino lee un cuento de Sciascia, aconsejándole unas correcciones e incitándolo a trabajar todavía un poco en ello. O cuando le agradece su artículo sobre El barón rampante, llamándolo “el mejor de los lectores”. O cuando Sciascia, por su parte, llama a Calvino su “primer lector”. Pienso en el intercambio continuo de libros entre ellos y en sus múltiples intereses comunes. Y luego pienso en sus comentarios que parecen flechas puntiagudas clavadas en el futuro: “De nuestra generación, solo tú y Pasolini (y Pasolini ciertamente no por sus novelas) mantendréis la cabeza a flote”, escribe Sciascia. “Los demás vivirán al día.” Y Calvino que, en 1960, justo antes de la salida de El día de la lechuza, escribe a su autor: “Sabes hacer algo que nadie sabe hacer en Italia: el cuento documentario sobre un problema, dotándolo de información completa con vivacidad visual, elegancia literaria, savoir faire, gran vigilancia de la lengua, gusto ensayístico (lo que se necesita y no más), color local (lo que se necesita y no más), marco histórico nacional y de todo el mundo que te salva del regionalismo, y una integridad moral que nunca cesa.”

¿Y qué se puede añadir al juicio crítico de Calvino sobre El Consejo de Egipto, obra donde Sciascia mezcla su “pasión histórica” con la sátira y “la mistificación filológica”? Nada. ¿Y sobre su obra de teatro El diputado? Tampoco nada. Aquí Calvino, como si estuviera delante de un espejo, parece reprochar a Sciascia lo que él mismo no logra alcanzar: “¿Cómo es posible que este maldito buen hombre no pierda nunca la compostura y desempeñe siempre su misión de moralista cívico? ¿Cómo es posible que no se le vea nunca surgir en persona, con su demonio interior, bajo su aspecto lírico y privado y no público e histórico, con su ‘mito’ y su ‘locura’?” En la misma carta del 26 de octubre del 1964, Calvino se detiene sobre lo que los críticos definen como su filiación al Siglo de las Luces, pero subraya las diferencias. Confiesa no sentirse un verdadero hijo de la Ilustración. Menciona que en su obra claro que existe un gusto por el siglo XVIII, no obstante, tiene que confrontarse con otras tradiciones: “el cuento fantástico-romántico, el non-sense, la fumistería”. Sciascia, en opinión de Calvino, es, por el contrario, un hombre de la Ilustración “riguroso”, cuyas obras poseen siempre ese “carácter de lucha civil” que la suyas nunca han tenido. ¿Pero es realmente así? ¿Cuándo las cosas para Calvino tienen una sola lectura? También Sciascia, entre sus bastidores, guarda “una serie de cargas explosivas bajo los pobres pilares del Siglo de las Luces”. Es decir, el relativismo de Pirandello, lo cómico de Gógol, la presencia continua y contigua de España y Sicilia, o sea “los polvos trágico-barroco-grotescos” que Sciascia, según Calvino, intenta no mostrar, o mostrar muy tímidamente, quizás porque no puede romper del todo tanto con el aplomo de Voltaire y Diderot como con la compostura de Manzoni. “¡Conviértete en hispano-siciliano hasta el fondo! ¡Incluso en árabe-siciliano!” De esta manera, Cervantes ganará sobre la novela del siglo XIX, continúa Calvino, y “¡tú vas a ser realmente universal!”.

En los años setenta, la correspondencia va decayendo, para desaparecer casi del todo en los ochenta (apenas dos cartas).

Hay una, la del 5 de octubre de 1974, que vale la pena leer y releer bajo la luz de la de 1964 (no por casualidad son las dos cartas más largas).

Calvino acaba de leer Todo modo de Sciascia. Al principio es un poco reticente con los discursos teológicos. Luego, empieza a entusiasmarse. Admira la “versión infernal de Italia bajo el partido de la Democracia Cristiana”. Le gusta buscar las citas literarias y filosóficas del libro. Encuentra su fondo común en el enlace Voltaire-Pascal, lo que confirma su idea de que en lo profundo de cada escritor éclairé hay siempre una apuesta metafísica. Se enfrenta a la solución de los tres asesinatos de la novela, hasta tal punto que llega a formular cinco hipótesis sobre el verdadero culpable que ni la policía ni el protagonista parecen haber encontrado.

¡En estos intentos, llenos de gozoso desperdicio analítico, destinados a resolver un misterio que debe quedar sin respuesta, está todo Calvino! ¡Y, a su manera, todo Sciascia! La desmitificación intelectual no puede nunca ganar completamente a la verdad novelesca.

No sé a cuántos amigos, conocidos y desconocidos de estos dos escritores llegaron sus cartas. Nuestra telecomunicación ya no pasa a través del arte de la palabra escrita sostenida por el amor a lo que está lejos. Ya no es una telemaquia, una guerra combatida desde lejos. Nuestra sociedad mediática y mediatizada comunica y establece vínculos afectivos y sociales a través de redes que solo prefieren lo que está cerca, lo que se ve, lo que se toca, poco importa si es real o virtual. Nuestro mundo no quiere el misterio. Por eso ni siquiera puede amar los enigmas sin soluciones y sin un verdadero culpable. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: