Fotograma de La maison du vent , de Auguste Bernard Kouemo Yanghu.

Descubrimientos del Festival de Cine de Venecia

Más allá del aplauso y el reflector, en Venecia se proyectaron cintas de Camerún, India y Polonia que ofrecen perspectivas novedosas sobre historias conocidas.
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La emisión número 83 del Festival Internacional de Cine de Venecia inició el pasado 2 de septiembre y finalizará este sábado con la entrega de los distintos premios y reconocimientos en la competencia oficial y en las diferentes secciones paralelas. Al momento de escribir estas líneas no aparece todavía algún filme favorito para ganar el León de Oro, aunque si tomamos en cuenta el aplausómetro –al que no hay que hacerle mucho caso, porque hay que recordar cómo le aplaudieron en Cannes a Emilia Pérez–, es posible que Wild Horse Nine (McDonaugh, 2026), un thriller ubicado en el Chile de 1973 en pleno golpe de Estado contra Salvador Allende, pueda llamar la atención no solo del jurado en Venecia, sino de los votantes de la academia hollywoodense rumbo al Oscar 2027.

A propósito de aplausos, al otro lado del océano, en el Festival de Telluride, en la noche del estreno de The debut (2026), la más reciente cinta dirigida por Jesse Eisenberg, se reportó no la cantidad de minutos de batientes palmas que recibió el filme sino el insólito hecho de que la protagonista, Julianne Moore, recibió una carretada de aplausos después de una escena clave… ¡a mitad de la proyección! En fin: espere, de aquí en adelante, la medición del aplausómetro no solo después sino a la mitad y, ¿por qué no?, hasta antes de que empiece la película, como un acto de fe cinefílica.

En todo caso, y volviendo a Venecia, más allá del glamur, las noticias y las anécdotas, también hay buen cine por descubrir en el festival más antiguo del mundo. Incluso, es en las secciones paralelas, las alejadas de los grandes nombres, en donde suelen aparecer algunas de las más novedosas y, por lo mismo, más audaces miradas fílmicas. En ocasiones se trata de historias más o menos conocidas: lo nuevo es la perspectiva, la posición desde donde se narra.

Este es el caso de La maison du vent (Camerún – Benin – Francia – Bélgica – Qatar – Arabia Saudita, 2026), ópera prima del camerunés Auguste Bernard Kouemo Yanghu presentada en la sección Orizzonti y filmada en Yaundé, la ciudad natal del cineasta debutante. Josette (Josette Kwanya) es una anciana viuda, con una media docena de hijos que viven –y progresan, quiere ella creer– en diferentes países de Europa. Uno de sus hijos, ¿el mayor?, le suele mandar dinero para construir una nueva casa y cuando el flujo se detiene por alguna razón que luego sabremos, la señora pide prestado para terminar ese nuevo hogar en el que, ella está segura, su hijo vendrá a vivir con ella.

Cierto día, Josette se encuentra con la salerosa jovencita Sarah (Moudjeu Pouadeu), quien sobrevive como vendedora ambulante en las calles de Yaundé porque ha cortado todo lazo con su familia. Sarah le ayuda a Josette a cobrar un giro porque la señora ha perdido su carné de identidad y, como pago por el favor, la desconfiada señora accede a ser la mamá de la muchacha frente al prometido francés que está a punto de llegar de París para oficializar la inminente boda.

El guion escrito por el propio cineasta parte de una premisa digna de cualquier comedia hollywoodense de costumbres, pero Kouemo Yanghu tiene otro tipo de objetivos, temáticos y estéticos. Por una parte, la sobria puesta en imágenes evita cualquier explotación de la precariedad económica que retrata y, al mismo tiempo, su romantización. Josette no tiene mayores problemas económicos porque todos sus hijos, en mayor o en menor medida, se preocupan de ella; al mismo tiempo, queda claro que la obsesión de la señora por terminar su nueva casa tiene poco que ver con la construcción misma, y más con el hecho de que quiere ver a sus hijos. La cinta da de lleno en el blanco emocional por su contención melodramática, bien encarnada por la octogenaria Josette Kwanya, a quien, por cierto, está dedicada la película, pues la santa señora falleció en 2024, poco después de finalizar el rodaje.

Lovers in the blue night (India – E.U., 2026), segundo largometraje de Anuparna Roy, está construida, como el filme camerunés, alrededor de las consecuencias de la migración y también forma parte de la sección Orizzonti, en donde Roy ganó el año pasado el premio a la mejor dirección con su notable primer largometraje Songs of forgotten trees (2025).

Los amantes de la noche azul del título viven en los márgenes de Mumbai: un marido y una mujer bangladesíes que han llegado a la India huyendo de los deslaves, las inundaciones y la miseria –ella se prostituye hablando en una cabina con sus alcoholizado clientes, él vende veneno para ratas para luego ir a enterrar los roedores en un descampado–, además de un ladrón de casas que  se dedica también a acarrear “voluntarios” para mítines políticos y un diligente empleado en la casa de citas en la que trabaja Amina, la joven esposa bangladesí que apenas puede articular algunas frases en hindi.

Las vidas de los cuatro personajes se entrecruzan inevitablemente no solo porque Omran, el serio ayudante de padrote, se acerca a Amina después de cierto malentendido romántico, sino porque el tímido marido matarratas Karim entablará una inesperada amistad con Sukka, el audaz ladrón y operador político, que pasará a algo más serio a partir de la tácita aceptación de los mutuos deseos reprimidos. Como sucedía ya en Songs of forgotten dreams, centrada en una joven trabajadora de un call center y una aspirante a actriz que comparten el mismo departamento, la directora Roy no condena a sus personajes a la desesperanza. Siempre habrá oportunidad de salir adelante, sobre todo cuando uno deja de mentirse a sí mismo.

La mentira es lo que sostiene la forma de vida de la protagonista de Cudze rzeczy (Polonia, 2026), apenas segundo largometraje del prolífico director televisivo Grzegorz Debowski, filme presentado en la misma sección Orizzonti.

Kasia (extraordinaria Monika Sabina Kwiatkowska) y su abusivo novio, que no deja de pendejearla todo el tiempo, viven de robar departamentos clasemedieros en Varsovia. La técnica es sencilla: se visten como afanadores, esperan fuera de algún edificio y, luego, cuando alguno de los inquilinos sale y deja la puerta abierta, los dos entran a barrer, trapear, lavar ventanas y, por supuesto, a revisar qué departamento está solo para proceder a robar “las cosas de otras personas”, que es lo que significa el título original del filme.

En uno de esos golpes, Kasia encuentra el cadáver colgante de un hombre que se ahorcó en un departamento al que, evidentemente, se acababa de cambiar, pues está lleno de cajas sin abrir. Después de que el violento novio es detenido por robar en un supermercado, una liberada Kasia decide regresar al piso del suicida para reportar su muerte y, luego, hacerse pasar por su doliente novia para, uno supone, ver qué ventajas puede obtener de lo que dejó el muertito.

El guion escrito por Debowski es ejemplar por su discreción dramática.  Entendemos las intenciones de Kasia al hacerse pasar por la “prometida” del pobre tipo que se quitó la vida prácticamente al mismo tiempo que ella misma las descubre. Vemos con ella los dibujos muy deudores de Robert Crumb que solía hacer el suicida Piotr, la acompañamos a ver a su anciana madre senil y nos damos una idea de la vida del hombre fallecido cuando Kasia conversa con la hermana y con la exesposa que no quiere acordarse de él. La cámara en mano de Stanislaw Horodecki, nerviosa al inicio, cuando acompañamos a Kasia en los robos de los departamentos, sigue igual de inestable cuando vemos sus denodados afanes por interpretar el personaje de la novia devota, de la mujer generosa que quiere saber más de ese hombre que, aunque sea brevemente, dice que amó.

Hay algo del inabarcable humanismo del mejor Krzysztof Kieslowski en esa silenciosa ladrona de casas que se apodera no de los objetos valiosos de su última víctima, sino de todo lo que hizo posible esa trágica vida segada inexplicablemente. El desenlace permanece fiel a la discreción con la que se mueve Kasia y termina resultando más devastador emocionalmente de lo que uno podría imaginar. No sé cuántos minutos le aplaudieron a esta película en Venecia, pero si hay algo de justicia en el mundo del cine festivalero –spoiler: no siempre la hay–, Cudze rzeczy debería ganar uno o varios premios. Ya veremos qué pasa este sábado. ~


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